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Miguel R. Valladares García

Miércoles 1 octubre 2014

Mantienen la tradición de arropar al niño Dios

El Universal

ALBERTO MARTINEZ75466-330x350“Es un negocio noble, pero donde ya casi nadie entra”. Don Saúl Uribe dice “noble” con un tono a medio camino entre la resignación y el orgullo, porque sabe que es uno de los últimos modistos de Niños Dios en la ciudad.

Tiene 38 años dedicados a esta actividad. Por eso, el cartel de la fachada de su tienda sorprende, pero no miente: “La casa de los Niños Dios”.

Basta cruzar el umbral de la puerta para creerlo. Es probable que haya más Niños en los 20 metros de su salón principal que dentro de cualquier iglesia del barrio de La Merced, lugar clave para el oficio; en sus calles Venustiano Carranza, Alhóndiga y Talavera, así como en el mercado Alfonso García Bravo, se concentra más de 80% de estos artesanos.

En la ciudad quedan mil 750 vendedores fijos que ofrecen sus mejores modelos para vestir a la figura, como parte de los preparativos del 2 de febrero, “Día de la Candelaria”, en el que cada año creyentes católicos los visten de gala.

Según la tradición religiosa, el origen de esta celebración se remonta a la época del nacimiento de Jesús, cuando luego de 40 días de que María dio a luz, junto con José llevó al Niño al Templo de Jerusalén para presentarlo ante los sacerdotes.

- De chineros a Niños Dios

En 14 de los 32 locales que hay en la calle Talavera, don Saúl, de sonrisa eterna, vende ropa, mobiliario, zapatería, incluso accesorios para adornar las figuras.

“Es un negocio muy difícil porque es de una vez al año y se está perdiendo todavía más porque ahora hay muchas religiones en la ciudad. Esperamos que el oficio se recupere con las nuevas generaciones cuando inculquen esta tradición, que significa el respeto a la vida y la cultura a la fe”, explica.

La necesidad económica, dice, lo llevó a dejar su carrera de arquitecto por un puesto en la calle. Los padres de su novia lo iniciaron en el negocio de esta imagen.

“Yo cortaba, ella cosía. Yo vendía, ella cortaba. Entre 60 y 70 vestidos hacíamos a diario en esa época. Nuestras manos terminaban llenas de lentejuela y chaquira”, relata alegre al recordar sus días como vendedor ambulante en la calle Venustiano Carranza.

El andador de Talavera es conocido también como “El Corredor del Niño Dios”, espacio que, impulsado por iniciativa de don Saúl, fue rescatado en 2011 por el Gobierno del Distrito Federal (GDF).

“Talavera en 1975, cuando iniciamos el negocio, era la cueva de Alibabá y los 40 ladrones. Era el refugio de los chineros, ésos que te hacían la llave china, desvanecías por falta de oxígeno y te sacaban los centavos. Hablé con el líder y le dije, ‘bienvenido’, pero también tengo derecho a comer. Un abrazo, una cerveza y parece que los ruegos se escucharon”, ríe.

Hoy, en esta calle, su negocio “Niños Uribe” abre sus puertas de diciembre a febrero, luego cierra nueve meses para alistar la producción del siguiente año.

Silvestre tiene más de 34 años de comprar en este lugar los vestidos que luego va a vender en el mercado de Tacuba. En los locales 1107 y 1108, continúa con esta actividad para evitar que se pierda. “Ya se repartió la venta, ya no es como antes, pero sí deja”, asegura convencido.

- Secretos de antaño

Afortunadamente, dice don Saúl, este oficio sigue dando de comer. Del número actual de vendedores fijos, hay 30 mil trabajos indirectos. En “Niños Uribe” laboran cerca de 80 personas. Una de ellas, Elizabeth, costurera, aprendió el oficio de su tía en un mercado cuando tenía 13 años de edad. “Una máquina es difícil, en esos entonces cortaba de más o de menos. Pincharme, jamás”, aclara.

Esta mujer que gusta de silbar canciones antiguas mientras cose los huaraches para el atuendo del “Niño Juan Diego”, confiesa entre risas: “Mi primer vestido lo diseñé cuando tenía 18 años, no me quedó exactamente como lo quería, pero me hubiera gustado que desfilara en esas pasarelas de la tele”.

Ahí también está Rubén, de 39 años, quien ha transitado por un sinnúmero de oficios dentro de la tradición de vestir Niños Dios, hasta que, finalmente, se acuarteló en el gremio de los cortadores de tela. “Y haré mi trabajo hasta que me muera”, sentencia.

Cortar las telas para los atuendos de las figuras fue el trabajo con el que se estrenó cuando tenía 18 años. En aquel entonces, mientras estudiaba, aprovechaba el tiempo libre para ayudar a don Saúl.

Desde entonces ha trabajado hombro con hombro con su maestro. También es sillero acreditado y atiende a los clientes en una de las tiendas de los Uribe que hay en Talavera.

“Mucha gente no conoce el oficio, no se lo creen cuando les platico de esto, pero aquí estoy, soy la prueba”, afirma este hombre que también confecciona los vestidos para los tres Niños que guarda en su hogar. “Ahorita los tengo de Ángel, de la Salud y de la Candelaria, para que no falte”, apunta.

- El Tejedor de Milagros

Don Saúl frunce el ceño y delicadamente arregla algunas de las figuras que lo reciben emocionado en el salón principal de su tienda, que quiere convertir en museo de este oficio. Aquí hay más de 300 figuras, como los “Niño Pá” de Xochimilco, “Niño de la Abundancia”, “Niño de las Palomas”, “Niño de Atocha” o “Niño de la Salud”.

Mientras los ojos del visitante no paran de mirar y mirar, hace su aparición el “Niño Cautivo” que, según cuenta la leyenda, un emigrante español lo traía a México en barco, pero un grupo de piratas lo hicieron cautivo. El español depositó toda su fe en la imagen para sobrevivir y llegó vivo al puerto de Veracruz. El retrato de este infante está en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.

“Me pongo a investigar sus historias cuando los clientes me piden que les haga un vestido. Para tener unas bases y sobre ellas diseñar. Lo que no vendo son disfraces como de futbolista o algo así. De hacerlo, jugaría con lo que tengo, que es mi fe”, afirma don Saúl.

El precio de los vestidos en los locales del corredor Talavera es variable, depende de la clase de la tela y los bordados, el ropón o vestido se puede encontrar desde 70 hasta 290 pesos.

También es posible adquirir huaraches, 15 pesos; cetros, de 8 a 15 pesos; coronas o resplandores, de 15 a 85 pesos; incluso sillas que oscilan en estos últimos montos, ya sea de plástico o madera.

El tiempo se ha acabado. Y mientras acompaña al reportero hasta la salida, don Saúl, el protagonista que le da vida a ese letrero de la entrada, se detiene frente a él y rompe el silencio: “Sabes que aquí me apodan el Tejedor de Milagros”.

Una breve pausa, rodeado por el bullicio de Talavera, y se despide orgulloso: “La calle es la universidad que todos quisiéramos tener, te enseña a defenderte, a valorarte, a comer, te da tristeza, pero también alegría. Y llegas entonces a ser lo que yo soy”.

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