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Miguel R. Valladares García

Domingo 20 Agosto 2017

La víctima que venció a la “ouija del diablo”

El Universal
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ouijaDesde su liberación del penal de Atlacholoaya, la madrugada del 28 de mayo, Juanita Velázquez se resiste a sepultar su rutina carcelaria. De manera involuntaria despierta a la hora que lo hacía en la cárcel y pide comida como si continuara tras las rejas. Dos años de prisión, dice, modificaron su conducta, sus tiempos y fortalecieron sus traumas.

“Sí, es un trauma sicológico más que nada. Me he sentido muy mal a pesar de que estoy afuera… porque no sé si caminar o detenerme, estar en la casa o salir… no sé, o sea, todavía no me ubico que estoy libre o no”, dice la mujer que pasó 730 días en cautiverio acusada del delito de posesión con fines de venta de un narcótico denominado Clobenzorex.

Su detención, proceso y liberación cobró relevancia porque el artefacto que utilizaron los soldados de la 24 Zona Militar para ubicar el narcótico en supuesta posesión de la vendedora de comida fue el detector molecular GT200, cuya efectividad fue desacreditada por físicos de la Academia Mexicana de Ciencias.

Juanita Velázquez acusa que el uso del GT200 —a quienes los soldados llaman “la ouija del diablo”—, adquirido por el gobierno de Felipe Calderón para combatir al narcotráfico, le provocó un trauma sicológico y la ruina económica.

“En realidad, me he quedado en la calle, mi negocio se fue al piso, ya no tengo nada y con un trauma que no se para dónde jalar, si voy caminando o me quedo parada, no sé nada”.

Aún recuerda cómo llegaron los militares a su local, el 9 de marzo de 2011. “Se la va a llevar la chingada”, gritaron los soldados encabezados por el teniente René Espinoza Paz y el cabo Israel Montoya Sotelo.

En la primera revisión de su negocio los militares se portaron bien, dice la oriunda de San Luis, Guerrero, pero en la segunda ocasión “me puse muy nerviosa, me asusté porque entraron muchos, traían armas”.

Esa tarde pintaba su fonda situada en la calle Francisco I. Madero de la colonia San Isidro, cerca de la Ciudad Industrial del Valle de Cuernavaca (Civac), municipio de Jiutepec, cuando una decena de militares ingresaron e hicieron un cateo sin orden judicial. Nada encontraron. Salieron y detuvieron a una persona en un local cercano. Después regresaron a catear la fonda otra vez y extendieron su revisión al tejabán del patio.

De manera azarosa los soldados dieron con el veliz que una muchacha que trabajó en el negocio fortuitamente dejó encargado porque salía de viaje. No regresó. Cuando ellos lo abrieron, para sorpresa de la señora encontraron una bolsa con pastillas que resultaron ser anfetaminas.

“Me llevaron como a tres lugares, pero no nos recibieron y después me llevaron a la colonia Antonio Barona (Base de Operaciones Mixtas). Allí nos dejaron detenidas y después pasé a Atlacholoaya (Centro de Reinserción Social Morelos)”.

El recuerdo del primer día que pasó en la cárcel le provoca llanto porque tuvo que abandonar a su hija, una joven que padece retraso mental. Tiene alrededor de 27 años, pero actúa como una menor de seis años.

“Fue muy doloroso porque dejaba a mi hija sola. Está enferma y nada más vivía conmigo. Me preocupé mucho porque no tengo familia, nada más mi yerno y mi nieto… Mi hija la casada no estaba conmigo, ya nada más tengo a mi hija y estaba preocupada porque nadie se quedaba con ella”.

– La defensa

El caso llegó a manos del abogado morelense Juan Gabriel Vargas Téllez, quien, dice, confió en la inocencia de Juanita porque su forma de vida no correspondía a la de una vendedora de drogas. “Cuando una persona vende droga la tiene a la mano y los militares encontraron el narcótico a 20 metros de distancia, nunca pudieron sostener lo contrario”, relata.

Según la referencia de los militares, esa tarde hacían un “barrido” con la ayuda del detector molecular GT200, y cuando llegaron al domicilio marcado con el número 7 de la calle Madero encontraron un lugar de comida denominado “Antojitos Velázquez”. Allí, el GT200 habría apuntado hacia la fonda donde encontraron anfetaminas en un veliz.

Lo que realmente sucedió, narra el abogado, es que el veliz fue encontrado en un tejabán situado a más de 20 metros de donde se encontraba el negocio de su cliente.

– La desacreditación del GT200

En el proceso, la defensa aportó una prueba sustentada por físicos moleculares que se dieron a la tarea de investigar y comprobar científicamente para qué servía el GT200.

El abogado encontró en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) al doctor en Ciencias Alejandro Ramírez Solís, quien se interesó en el caso porque además es amigo del doctor Luis Mochán, entonces director de la Academia Mexicana de Ciencias, que ya había hecho algunas investigaciones con respecto al GT200.

Ramírez Solís aceptó ser el perito sin mediar compensación económica y entonces ofrecieron la prueba ante el juzgado. La jueza aceptó la prueba y requirió a la Sedena para mostrar el GT200, exhibir el manual de operación y que aceptaran una prueba de campo, cuya manipulación del artefacto correspondiera a los expertos.

El abogado dice que la valentía de la jueza y su autonomía de criterio permitieron que la Sedena exhibiera la ineficacia del GT200. Al principio la Sedena se negó a prestar el aparato, pero la jueza les dijo en la última instancia: “Si ustedes no quieren mandar el aparato, nosotros vamos a tener que llegar a las últimas instancias, esto es, al presidente de la república, porque necesitamos ese instrumento”.

En octubre de 2011, los militares José Saulo Pérez Lozano y Humberto Bernabé Reyes Pérez, expertos en el manejo del GT200, participaron en el protocolo denominado “doble ciego”, en la Academia Mexicana de Ciencias, con sede en el Distrito Federal.

El dictamen que ofreció el científico Alejandro Ramírez Solís, ante el Juzgado Cuarto de Distrito, cuya copia obra en poder de esta casa editorial, es contundente: “El aparato denominado GT200 es totalmente inefectivo para la detección de las sustancias y municiones involucradas como evidencia el presente caso”.

El dictamen dice que “el GT200 aparenta funcionar con 100% de eficacia cuando el operador sabe de antemano dónde se encuentra la muestra, y que arroja resultados tan malos como lo sería la determinación al azar cuando el operador no sabe dónde se encuentra la muestra”.

– Juanita, su suerte

Con la desacreditación del GT200, Juanita Velázquez abandonó la prisión a las 2:00 horas del 28 de mayo pasado, pero todavía está pendiente de cualquier recurso de apelación que presente la parte acusadora.

Mientras tanto, Juanita dice que intentará sobrevivir con la pensión mensual de 2 mil 500 pesos, y sobre todo habituarse a su nueva vida fuera del penal, aunque a veces exija comer, dormir y convivir como lo hacía en el penal de Atlacholoaya.

Su abogado espera ganar cualquier apelación para promover la reparación del daño moral y económico, de acuerdo con la reforma al Código Procesal de Morelos, cuyo texto establece que cuando alguien obtiene la libertad absolutoria el Estado debe resarcir los daños causados a la víctima.

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