Fundador:
Miguel R. Valladares García

Sábado 23 Septiembre 2017

Especial: Un turinés reforesta el Real

En tierra ajena, prestada en la región pedregosa del Altiplano, un italiano nativo de Turín cultiva 12 mil árboles al año; su objetivo es reforestar con sus recursos manchones de esa empobrecida región que en el pasado fue motivo de orgullo para la colonia española.

Oliver Guevara / Pulso
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter

ALBERTO-MARTINEZ134816A un costado del cementerio de Real de Catorce, donde los restos antiguos de una época de abundancia son reclamados por la tierra y la piedra inerte, hay vida floreciente guiada por unas cuantas manos.

Un hombre originario de Turín, la tercera ciudad italiana en importancia, capital del Piamonte, rodeada por los Alpes y con abundante naturaleza, decidió sumarse a la aridez de Real de Catorce y pasar de una altitud de 240 metros sobre el nivel del mar, a los 2 mil 700 metros que tiene el pueblo mágico del altiplano potosino.

Hace 32 años que Mateo Borgui decidió quedarse en México, atraído por el misticismo de la cultura Huichol, su amor por la naturaleza y la esterilidad de un pedrusco que vivía de su gloria pasada.

El turinés venía por un mes a estudiar las culturas indígenas y conoció a su esposa, luego de decidir cambiar el paisaje mediterráneo por el desierto, evento que modificó su conciencia, se estableció definitivamente.

“En la helada del 12 de diciembre, un mayo de hace 17 años, se quemó toda la sierra, de ahí surgió la idea de hacer el vivero, ayudé a apagar el fuego que consumió cerca de 100 mil hectáreas y de ahí surgió la idea de querer reforestar la tierra, crear conciencia”, explica Mateo.

Desde ese momento pidió prestado a los ejidatarios un poco más de un cuarto de hectárea para crear un vivero, el campo elegido para hacer germinar la vida se encuentra al lado del terreno destinado a enterrar cadáveres.

El espigado italiano hizo varias trampas para captar agua y sacó un escurridor de una mina ubicada a 2 kilómetros, para lo que tuvo que adquirir 2 mil 200 metros de manguera para llevar el líquido por medio de la gravedad.

Mateo obtiene cerca de 55 mil litros de agua al año por medio de dos cisternas, una de 30 mil litros que se abastece de lluvias y otra de 25 mil litros que logra por medio de vasos comunicantes de la mina abandonada.

En su vivero, Mateo cultiva árboles para reforestar poco a poco manchones de 50 metros cuadrados en la sierra, pide permiso a los ejidatarios para cercar y plantar árboles de fresno, cedro, piñón, diferentes tipos de encino y especies como el “pinacatillo”.

La principal barrera de Borgui, además de la incomprensión de algunos habitantes y la necedad de algunas autoridades locales, es el pastoreo, el ganado, el mordisco de una chiva a un árbol en ciernes, puede acortar su crecimiento hasta por dos años.

SIEMBRA POSITIVO

“Estoy regalando 5 mil árboles al año, en todo el municipio hay árboles de este vivero, hay que crear un poco de conciencia, mi objetivo es sembrar 120 mil hectáreas, apenas llevo 5 mil, los cuales ya llevan más de dos metros de altura”, dice Mateo.

Mientras sus pasos nos guían, sus pies que son seguros, como si fueran independientes de las órdenes del cerebro, cuidan de no pisar la vegetación, las plantas apenas florecientes, en cambio uno se da cuenta de la propia ignorancia, uno no sabe nada de semillas, avanza recto por donde el pie tienta seguro, aunque aplaste vida.

Dentro del vivero hay 350 árboles creciendo entre la piedra por medio del sistema de goteo, Mateo es fiel creyente de la fertilidad con once hijos y uno en camino, cuenta que quiere crear conciencia, dejar el vivero para las generaciones nuevas, afirma que ningún pueblo mágico tiene un vivero como el de él.

“Este proyecto lo hice también para hacer una transformación de la energía negativa en energía positiva, poco a poco, con nuestras posibilidades, tuviera mucho más árboles, pero mas o menos, ahorita logramos, mas o menos, un 20 por ciento de reforestación contra un 7 por ciento de la Semarnat”, nos dice Mateo.

Su dedo apunta manchones de la sierra donde se ven árboles; regala los árboles a quien quiera, después de hacerlos crecer entre piedra durante un año, los saca del confort del vivero para que se acostumbren a la vida difícil, cuales hijos, los lleva después a sembrar al monte donde sobreviven por ellos mismos.

Este año lleva 500 árboles producidos, los lleva de la mano en su crecimiento y con un español ya perfecto nos muestra el invernadero, los toma de las hojas como el vástago de su esfuerzo, su empleado Emilio va sembrando en macetas la incipiente raíz que deberá esperar una temporada para aferrarse a la tierra.

LA VOZ DEL DESIERTO

Mateo no ve el interés de la mayoría de los pobladores por reforestar, tiene que pedir permiso para sembrar y ante las negativas, adentrarse donde la infertilidad lo llama, las autoridades locales no se han acercado a preguntar, no acude nadie a pedir enseñanza y muchos consideran que 15 años es mucho tiempo para esperar a que crezca un árbol.

A pesar de que les ha explicado a los pobladores que el piñón se vende en 120 pesos el kilo y que también se siembra agaves, palma y tepozán –la cual rompe la piedra- para producir fibra, ya que hay mucho mineral y se requiere alcalinidad para que crezcan los árboles, no hay mucho interés.

“Les digo que en el monte crecen más lento, alrededor de quince años y en siete u ocho años tienen el beneficio, pero no quieren entender. Tenemos que dar algo, devolverle a la tierra poco de lo mucho que nos ha dado, he sembrado 5 mil árboles, pero falta mucho, donde hay tierra no me prestan, yo reforesto donde no hay nada”, dice Borgui.

Antes de despedirnos, Mateo nos dice que ha oído rumores de que el terreno donde está el vivero, quieren usarlo para colocar una escuela, dice que no quiere pelear, que si el pueblo no quiere vivero, “ahí está, yo no lo hago para mí, ojalá se quede para las generaciones que vienen, se puede mantener con una o dos personas”, nos refiere. ¿Por qué aquí habiendo otros predios? Medita un rato mientras ve a su empleado Emilio plantar con entusiasmo las raíces de los futuros árboles en macetas y responde con un lacónico “no sé”.

Minuto a minuto

Toda la sección