Fundador:
Miguel R. Valladares García

lunes 10 diciembre 2018

Patinar en hielo es cosa de niños

El municipio pide un aval de adultos a los menores que quieren entrar a la pista de hielo de Fundadores; debería ser al revés.

Redacción / Pulso
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter

La temperatura de la ciudad rondaba los 8 grados en los primeros días de operación de la pista de hielo temporal que el municipio instaló en Fundadores. Sin embargo, eso no impide a la gente formarse con más impulso de la novedad que conocimiento en el arte de deslizarse sobre la fría superficie y hacer ochos perfectos en ella.

Un arco con el invasivo color amarillo en varios puntos de la ciudad da la bienvenida a “La Fiesta de Invierno” a potosinos y turistas, varios de ellos formados desde temprana hora afuera de las gradas que el ayuntamiento ha instalado como medida de seguridad. La fila tiene 40 personas y siguen llegando, muchos de ellos son niños de entre 10 y 13 años que una a vez ahí se enteran que deben buscar a una persona mayor de edad para poder entrar, ya que el aval es un requisito que pide la pista.

Dos chicas de 16 años que acabo de conocer, Alma y Daniela, vamos en esto juntos.

La espera se prolonga alrededor de 40 minutos. Adentro, varios niños depositan un globo en el “Árbol de los deseos”, un inflable que permite escribir mensajes en estos globos y lanzarlos para juntarse en la cima, el día que la estructura se llene serán liberados; a su lado está la casa de Santa, con el personaje navideño fuera de ella, está en su descanso mientras habla con integrantes del staff.

La fila avanza a paso lento, un integrante se acerca a la gente avisando que la próxima entrada será en 20 minutos, poco a poco se concentra más y más multitud, finalmente, en punto de las 6 de la tarde es momento de ingresar. En la entrada firmó el pase de Alma y Daniela. La pista se encuentra debajo de un toldo blanco, con luces navideñas colgadas en la entrada, varios renos de plástico y esferas en el techo, pero también pancartas de publicidad de los patrocinadores. Del lado derecho están unas gradas casi vacías, la mayoría de las personas no están sentadas, sino haciendo otra fila, ahora para poder ingresar a la pista y conseguir los patines. Pocos quieren “ver patinar”; la mayoría quiere estar en la pista aunque no tengan ni idea de cómo pararse en los patines.

En la segunda entrada recogen los boletos y cambian sus zapatos por patines, hay tan solo 5 bancas medianas para una “tanda” de más de 40 personas, así que la gente se pelea por un espacio para poder sentarse a ponerse el equipo. La mayoría batalla para calzarse los patines y hay poco personal asesorándolos. Hay que hacer algo de tripas corazón porque la mayor parte de los patines se encuentran mojados y no falta quien haga muecas de desagrado. En el acceso, una chica apoya dando su mano a aquellos que ve menos competentes para moverse.

Pero el apoyo de la chica se acaba una vez ingresado y entonces hay que dejar el orgullo en casa porque de la novedad se cae en cuenta que deslizarse sobre el hielo es menos fácil de lo que uno imagina viendo estampas de patinadores canadienses y noruegos. La mayoría se aferra al barandal mientras trata de mantenerse de pie con algún decoro. Señoras suplicaban ayuda mientras del otro lado su esposo, o una amiga más “aventada” se limitaban a observar el pánico ajeno riendo a carcajadas. Con los niños es otra cosa. Sin miedo al ridículo que ataca a los mayores, dominan más rápido la situación.

Alma y Daniela, las chicas a las que avalé como adulto, ya se habían ido por su cuenta. Una mujer estuvo a punto de caernos encima dos veces a mí y a su hijo.

Delante de nosotros un par de chicas pedían a sus amigas del otro lado de la barda que les tomaran fotos juntas, lo que complicó más el tránsito de la señora y muy molesta se atravesó en la foto, que no la dejaban avanzar como ella deseaba. Una niña de unos 4 años rebasó aquel cuadro de incompetentes abriendo espacio sin mucho esfuerzo.

Uno pierde poco a poco el miedo al hielo y el lugar se ambienta con música electrónica reproducida en una bocina acatarrada de mala calidad. En los 30 minutos de la tanda, 6 personas cayeron, la mayoría señores que se levantaban con una capa de hielo marcada en la espalda y el orgullo algo magullado por el “ranazo” en público. En el centro de la pista, lejos de los barandales a los que se aferra todo adulto, los niños patinan por todos lados y sin seguir ningún orden. Si por capacidad fuera, los pases para adultos deberían firmarlos los menores.

La posición en el patinaje cansa la espalda. Los niños no tienen para cuándo cansarse. A la hora de devolver los patines, todos mojados por el hielo derretido, una fila de personas más larga que la del turno en el que entró. Muchos adultos con más novedad que idea de enfrentarse al hielo. Adentro tendrán que dejar el orgullo cuando los rebase una niña de 4 años.

Minuto a minuto