Fundador:
Miguel R. Valladares García

miércoles 19 septiembre 2018

Merecimiento

Alex Karuna / Pulso
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El saber merecer es una de las actitudes más complicadas para la mente egoica y conviene reflexionar sobre qué tanto nos permitimos merecer un estado libre de sufrimiento en este inicio de año. Comúnmente se asocia el ser merecedor de ‘lo bueno’ como resultados de acciones ‘buenas’ de acuerdo a lo que nos han dicho de debemos hacer en nuestra familia, escuela o templo. Asimismo, según esta visión seremos merecedores de ‘lo malo’ si transgredimos los principios morales que rigen los diferentes grupos sociales. No obstante, desde una visión integral de la espiritualidad, el saber merecer implica reconocer dos aspectos de nuestra experiencia diaria. El primero se refiere a los actos que llevamos a cabo como personas: seguir una conducta compasiva, ayudar a los demás o al menos no dañarlos. En ese caso el merecimiento es que aceptamos la oportunidad de compartir un acto de amor sin esperar nada a cambio, ni siquiera ‘sentir bonito’ porque ayudamos a alguien más. Somos merecedores de estar en ese tiempo y espacio para ejercer el derecho de actuar con compasión así que aceptamos esas condiciones con total apertura. Si decidimos actuar desde la ira, la envidia o celos, estamos mereciendo las consecuencias lógicas de construir esos pensamientos: contracción física, rigidez mental y dureza de corazón. El merecimiento no es premio o castigo, es simplemente la consecuencia lógica de aquello que estamos dando a la vida a cada instante. Es quitar la idea de manipular al entorno o a los demás creyendo que si soy compasivo entonces todas las personas van a ser compasivas conmigo; si yo doy fidelidad me van a ser fiel; si yo ayuda entonces me ayudarán, etc. Ese pensamiento llena de expectativas y, por lo tanto, de frustraciones. Por eso el saber merecer es todo un arte de vivir.

Es saber que todo lo que estoy experimentando es porque lo merezco, me guste o no, lo haya buscado o no. No es para generar culpables sino para aceptar nuestra condición actual y entonces decidir si queremos sembrar nuevas semillas de compasión o quedarnos en el sufrimiento. Cualquiera de esas opciones nos dará lo que nos merecemos según la intención con las que las hagamos. El segundo sentido del merecimiento se refiere a lo que ya somos. Esa paz no se gana, se compra o se pierde, en realidad es parte de nuestra naturaleza. Merecemos ser lo que somos, y lo que somos no se refiere al personaje que interpretamos en la obra dramática de la vida temporal, sino al Ser que está presente en cada instante y lugar. El sabernos merecedores de lo que experimentamos como personas y saber que en un nivel más profundo ya somos merecedores de la paz, nos invita a vivir con más gozo, responsabilidad y armonía.

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