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Miguel R. Valladares García

lunes 19 noviembre 2018

La cruel e inhumana política migratoria de Trump

Redacción / Pulso
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Lic. Raúl Vega Castellanos

Ante la noticia que ha generado un (nuevo) alud de críticas a la administración del orate estadunidense Donald J. Trump de practicar la cruel y abusiva separación de familias que llegan a sus fronteras uno no puede más que enfurecerse de la indignación.

La agencia periodística norteamericana ProPublica, ha denunciado dicho atropello valiéndose de un estremecedor audio. Un audio que es difícil de escuchar sin conmoverse, un audio en que se sienten los alaridos de niños centroamericanos pidiendo por sus padres. El resultado de escuchar esta grabación es una profunda rabia e impotencia.

El desesperado llanto de 10 niños centroamericanos es interrumpido por la voz adulta de un indolente agente fronterizo que osa burlarse comparando los llantos y gimoteos con una orquesta sin maestro. Después escuchamos la descorazonadora esperanza de una niña que recita de memoria el número de teléfono de su tía, migrante ilegal también, para que la rescate de aquella sinrazón. Los niños de la grabación tienen entre 4 y 10 años y aunque se les ofrecían bocadillos y juguetes, eran inconsolables.

Si uno mira las fotografías de los campos de retención, uno mira jaulas, colchonetas improvisadas y mantas térmicas que difícilmente alcanzan para cubrir las necesidades básicas de cuidado humano. A estas mismas imágenes la ex primera dama republicana Laura Bush reaccionó comparándolas con los campos de reclusión japoneses y estadunidenses durante la Segunda Guerra Mundial, “uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de los Estados Unidos” enfatizó.

La política migratoria de cero tolerancia del infame Trump, que criminaliza un cruce sin papeles, ha llegado a su punto más álgido y se ha convertido más que en una medida disuasoria en un abierto abuso y violación de los derechos humanos y valores universales más básicos e inalienables.

Sobre todo si consideramos que ya son 2,300 los niños que, entre llantos y agonía, son separados de sus padres, es aún más doloroso pensar que más de 100 de ellos no rebasan los 4 años de edad. La Academia Estadunidense de Pediatría ha condenado la práctica subrayando que las experiencias altamente estresantes de separación familiar provocan un daño irreparable al desarrollo de por vida al alterar la arquitectura cerebral de un niño.

Afirmar que la horrible medida es únicamente una consecuencia lógica de la aplicación de la ley es mentiroso e incendiario. No existe, es inconcebible siquiera que la haya, una ley que obligue a separar a los niños de sus padres cuando cruzan una frontera y deban entonces ser enjuiciados. Estas enloquecidas prácticas nazis son producto de la retorcida mente megalómana de Trump.

La incoherencia y contradicción que nos hace pensar en serios trastornos mentales es que el Fiscal General Jeff Sessions, haya citado la Biblia para tener una justificación religiosa de esta locura.

No podemos dejar de lado la manipulación mediática típica de Trump que intenta insultar la inteligencia pública afirmando que esta es una política migratoria destinada a la disuasión cuando, para los que tenemos algunos dedos de frente, no es más que un bullying internacional, un bullying que es profundamente insensible e incluso criminal, un abuso infantil con todas sus letras. Por otra parte, Trump está usando el drama de los menores separados como forma de presión para lograr la reforma migratoria que desea, esta incluye los 25 000 millones de dólares para sufragar su capricho del muro en la frontera con México, que constituye una de sus promesas estelares.

Esta política del terror y el acoso deja de lado que la gran mayoría de personas que llegan, tras un arduo periplo, a la frontera México-Estados Unidos, son personas que se ven obligadas a huir para preservar su integridad física, moral y familiar. Familias enteras que escapan a la violencia y el narcotráfico que estraga a las naciones centroamericanas, que huyen con la esperanza de una vida digna para ellos y sus hijos.

Toda nación soberana tiene todo el derecho de salvaguardar sus fronteras y evitar que criminales las crucen. A lo que no se tiene derecho es a criminalizar a aquellos que lejos de ser el peligro están en peligro. No se tiene derecho al abuso infantil ni a usar a los niños como peones de un enfermizo juego político, al contrario, el abuso y la negligencia infantil agravian los valores básicos de las naciones y ponen en tela de juicio las ideas fundamentales sobre las que se asientan.

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