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Miguel R. Valladares García

martes 17 julio 2018

El laberinto de olores y sabores tras el que se esconde el vino de oro (FOTOS)

EFE
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Los 45 catadores que participan este año en el concurso Catad’Or, uno de los más prestigiosos de Chile y América Latina, tienen la difícil tarea de sortear un laberinto de olores y sabores formado por cerca de 600 vinos, hasta decidir cuál de ellos merece ser condecorado con la medalla de oro.

En esta edición, la vigésimo tercera de la competición, el grupo de enólogos, periodistas y productores que componen el jurado probaron cientos de vinos procedentes de 15 países diferentes.

Una tarea a la que se encomendaron durante esta semana, tiempo en el que deliberaron hasta dar con un ganador, el cual será anunciado el próximo lunes en el evento de premiación que tendrá lugar en Santiago.

Para ello, según explicó a Efe el productor ejecutivo del concurso, Roberto Olmos, los expertos solo conocieron el año de la cosecha y la cepa, ya que la botella “está tapada y numerada”, lo que permite realizar una “cata a ciegas”, el sistema “más objetivo posible”.

Además, otro de los detalles más curiosos, continuó Olmos, es que las degustaciones, entre las que se incluyen no solo vinos sino también espumosos y piscos, tuvieron lugar temprano en la mañana, para que los sentidos no estuvieran “intoxicados” con otros sabores y olores.

Una vez situados, los catadores pudieron colorear sus paladares con 45 variedades del jugo de uva al día como máximo, según el consenso establecido por la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), para lo cual deben realizar tandas de 15 entre las que toman un descanso de unos veinte minutos.

Para la enóloga portuguesa Lisete Osorio, principal punto de referencia para identificar la calidad de un producto es fijarse en su “armonía”, es decir, en la relación que existe entre el “plano visual, el olfativo y el gustativo”, detalló a Efe.

Bajo estos parámetros, indicó el director de Catad’Or, Pablo Ugarte, es posible distinguir las tendencias que han marcado la evolución de la industria vinícola con el paso del tiempo.

La actual, precisó, ha pasado de la predilección por productos “muy maderosos” a otros “más frescos”, que hacen un uso “más austero de la madera” y dejan espacio a la “fruta para expresarse”.

Un cambio que se encuadra dentro de las fluctuaciones de un mercado globalizado y dinámico, prosiguió Ugarte, al que se ha sumado recientemente un grupo cada vez mayor de viticultores jóvenes y productores a pequeña escala, quienes han recuperado una tradición histórica en Chile y se han “atrevido a hacer su propio vino”.

“Ya sea el trabajo de estos jóvenes o el resurgimiento de las cepas patrimoniales y los vinos campesinos, en ambos casos hemos visto integrarse a la industria existente un sinnúmero de ofertas de muy limitada escala que le ha otorgado más diversidad al vino chileno” dijo el director del concurso.

Aún representan un pequeño porcentaje del total de botellas exportadas, ya que algunas de las tiradas que realizan estas bodegas o viñas pueden rondar las 1.000 o 1.500 unidades, pero su impacto ha atraído a expertos internacionales que recorren los valles de Chile en busca de viejas recetas familiares.

Ugarte recordó una historia en particular, acerca de una mujer que vivía en uno de estos parajes naturales en el sur de Chile, a quien fueron a visitar tras conocerse que había obtenido una medalla y un diploma en una edición anterior de Catad’Or.

“Tuvimos que mostrarle el diploma y decirle que era verdad. Para ella fue un reconocimiento inaudito que se amplió a toda su comunidad, ya que a partir de las distinciones que ganaron tanto ella como varios vecinos de la zona, crearon una ruta de las medallas patrimoniales”, indicó el director del concurso.

Es por ello que la organización también trata de que “los catadores se ensucien los pies”, en palabras de Olmos, ya que también participan en visitas a las viñas o a las bodegas familiares para que puedan intercambiar ideas e impresiones acerca de una pasión que los une a pesar de hablar idiomas distintos.

Y es que aún compitiendo contra los mejores productos de países como España, Líbano, Australia o Italia, el vino chileno goza de un cuerpo sano.

En 2017, el país austral produjo 949 millones de litros de vino, una cifra que le sitúa entre los diez mayores productores del mundo, pero que no alcanza el éxito cosechado en 2015, cuando llegaron a los 1.286 millones, según datos del Servicio Agrícola y Granadero (SAG), dependiente del Ministerio de Agricultura.

Unas cifras que para Ugarte reflejan el “excitante futuro” que tiene por delante el vino chileno, ya que todos ellos, desde los de las grandes firmas hasta los de pequeña producción, tienen una identidad territorial que los hace “únicos e irrepetibles”.

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