Fundador:
Miguel R. Valladares García

martes 17 julio 2018

La vida después del anexo

Naomi Alfaro / Pulso
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Empieza con fiestas, que resultan cada vez más frecuentes, se busca la bebida “para pasar el rato”, aparece desapercibida hasta que se convierte en un aspecto primordial en la vida. Así surge la vida de varias personas que resultan alcohólicas, como es el caso de Ernesto.

A la una de la tarde es difícil ignorar los rayos del sol. Envuelto entre su cobija las ganas por levantarse desaparecen, le invaden sentimientos de flojera, sueño, estrés, cansancio, todo a consecuencia de su condición como alcohólico. Pasa a la habitación contigua a través de una tela que figura como puerta, ésta aparta su cuarto del resto de la casa.

Han pasado 3 años desde que Ernesto fue paciente en la Clínica “Fuerza para seguir”. La experiencia marcó su vida porque ahora piensa más en el valor de las cosas más sencillas, como su plato de comida, con todo lo que no tuvo por 3 meses; las porciones que servían se asemejaban al tamaño de su puño, con la llamada “Sopa de oso” (sopa de lentejas) y verduras. Ahora puede acompañar sus comidas con un refresco, durante su estancia en el anexo le resultaba casi imposible, tenían que compartir entre todos los pacientes un limón, un chile, una tortilla…

¡La primera vez que obtuvo un refresco desde el día de su ingreso le supo a gloria! Las prioridades cambian en esta estancia: ese refresco era el gesto de sus familiares para demostrar el apoyo y la atención que le ofrecían, le remitía a su entorno, y era su escape de la comida que le servían en aquel entonces.

Durante los primeros 45 días al ingresar al Centro de Rehabilitación son aislados, sin visitas, sólo los pensamientos de un adicto en tratamiento, sin posibilidad de ahogarlos y perderse en el desconocimiento de los sentimientos de angustia, desesperación al estar fuera de su contexto, de su entorno.

Confiesa que al afrontar todo aquello, llegaba la desesperación y deseaba suicidarse, pero no encontraba con qué.

Reconoce que debe mantenerse ocupado, tiene que mentalizarse y busca comprar cosas para el trabajo, un puesto de tacos situado en la cochera de su casa. El calor aumenta conforme el paso del tiempo, lo que le recuerda al primer día que salió del anexo, donde podía observar las cosas con otra perspectiva, quizá poniendo más atención a lo que le rodeaba, lo primero que notó, fue la luz enceguecedora de aquel día, como si fuera la primera vez que viera la luz del sol con esa magnitud.

Contemplaba el tiempo libre que ahora, en su reinserción social, le era disponible. Pudiendo despertar cuando él se sintiera listo para comenzar el día (alrededor de la 1 de la tarde), e inclusive disponiendo de cierto tiempo libre, así como los domingos y lunes, donde puede realizar actividades, como jugar futbol, que se le ha vuelto un hábito ahora. En el anexo debían levantarse a las 6AM para hacer limpieza. A las 8 AM le servían el desayuno –aun viendo con desagrado los platillos que le servían y acordándose del hambre que le quedaba después de las porciones que le servían-. De 9 a 9:30 tenían junta, a partir de esa hora hasta las 12 eran libres de pasear en el patio, y después tenían que asistir a otra junta hasta la 1:30, volvían a comer a las 2 y descansaban 1:30 hrs; solían tener un aproximado de 5 juntas de lunes a domingo. Los domingos permitían visitas familiares pasados los 45 días de incomunicación, pero no existía contacto directo. Los parientes podían llevarle cosas al paciente, de aseo personal, o algún alimento, e inclusive cigarros; el contacto se realizaba a través de una cámara, Ernesto le hacía señas a la cámara, realizaba ademanes de abrazos y mandaba besos, acompañados de alguna frase de agradecimiento, “Carnal, te quiero un chingo” solía decir.

El día que ingresó, lo acompañaron su papá, hermano, y una vecina –misma que había recomendado la Clínica, pues su esposo fue paciente ahí-; antes de dirigirse al Centro de Rehabilitación, en compañía de su hermano preguntó si podía tomar una cuba, él desconocía la duración del programa, pero su hermano, consciente de que eran 3 meses de rehabilitación, decidió ceder ante su deseo. Entró en mal estado. Cuando cerraron las puertas del lugar fue cuando comprendió la magnitud del problema, a continuación, lo llevaron al “Cuarto de Valoración” -es un espacio donde los internos te observan y te cuidan mientras permaneces acostado-.

Usualmente las personas que ingresan ahí llegan alcoholizadas o drogadas, están en reposo durante 3-4 días, y cada vez que se intentan levantar es probable que vuelvan a dormir, “¿Qué quieres?” Le preguntaban a Ernesto cada vez que se despertaba, él hacía señas de que necesitaba algo de beber, tenía sed, lo único que le ofrecieron durante este periodo de valoración fue té de manzanilla. Después de este tiempo, le asignaron una litera y empezó con el programa de rehabilitación que se rige bajo los “12 pasos de AA” y reflexiones diarias.

Su hermano, Ricardo, fue quien le sugirió el ingresar a un anexo, consideró esta decisión por 6 meses después de que una vecina le comentara sobre ello debido a que su esposo había sido internado por la misma condición. Su hermano estaba cansado de ver la calidad de vida que tenía y el daño que hacía a los demás. Alcoholizado era imposible estar con él debido a las actitudes que tomaba, se ponía muy pesado, grosero, por lo que los demás procuraban evitar estar en el entorno de personas bajo esta cuestión. La bebida podía transformarlo completamente, fue la razón de muchos problemas y discusiones. “Una adicción puede destruirte en todos los sentidos” sostiene Ricardo; debido a la bebida se pueden perder muchas cosas, incluyendo a la familia.

Finalmente, un día entró a casa de Ernesto, y lo encontró tirado en la cama, al despertar observó que su hermano estaba muy ansioso, necesitaba alcohol, y pedía ayuda. Tomaba al grado en que se volvió una dependencia, lo requería para mantenerse activo, pero cuando su adicción le ganaba, lo tumbaba. Al verlo de esta manera comenzaron a ver las posibilidades, Ernesto recordaba las palabras de su hermano “Te ves mal, la gente te ve mal, todos te catalogan de borracho”, Ricardo sugirió que él podía apoyarlo ingresándolo al anexo, si él estaba de acuerdo “Qué onda, te echo la mano, te puedo echar la mano de esta manera, si quieres”.

Gente externa a su entorno social se percataba del problema que sufría, arrastraba una fama de agresivo, ofensivo e irresponsable, no se exentaba de las miradas prejuiciosas. Al principio se pensó que debido a que tenía un negocio, esa imagen podría afectarle en el trabajo, pues hay gente que etiqueta a personas por ese tipo de problemas, despierta el morbo sospechando qué hacía o cómo vivía como alcohólico, así como percepciones que le quedan a la gente, quienes usualmente hacen comparaciones “Fue alcohólico, puede recaer, era un borracho…” y celebran el hecho de que se haya internado en un anexo, o que ya no tome, que busque otros caminos lejos de la bebida.

Creció, junto con su hermano, familiarizado con la bebida, su padre consumía alcohol desde el nacimiento de ambos, desconociendo que esto aumentaba las posibilidades de que sus descendientes fueran adictos a esta sustancia. La primera vez que ingirió una bebida alcohólica fue hasta los 18 años de edad, por el contexto social, con sus amigos, por las fiestas; empezó como muchos de los jóvenes, salía de fiesta los fines de semana y el ambiente solía involucrar alcohol, se prolongó así por un periodo, poco sabría que es un arma de doble filo, y que además de ser un incentivo para disfrutar entre amigos, éste lo apuñalaría por la espalda hasta resultar en una adicción; gradualmente empezó a consumir más, hasta el punto en el que no controlaba su vicio.

Sentía la soledad cada vez más potente, deduce que su adicción se debió al gusto que le tiene a la bebida y a la falta de amor, consciente de que tiene miedo de acercarse a la gente bajo su condición. Describe sus relaciones como nulas, se cohíbe, aparta y abraza el temor por el qué dirán, se margina para que la gente no lo huela cuando está tomando. Lo invaden los miedos, desesperaciones, ansiedades, hasta quedarse con las ganas… de hacer nada.

El alcoholismo es una enfermedad física, mental y espiritual. “De repente piensas que sí puedes, y luego te gana”, reconoce. El alcohol se convierte en una prioridad, se crea la necesidad de tener la cerveza o el vino “aquí y ahora”. Como adicto, se toma todos los días y lo hace de manera compulsiva. Cuando regresó al trabajo y obtuvo dinero, el alcohol volvió a ser un aspecto primordial en su vida, apartando primero el dinero para éste, y después repartiendo lo demás para las necesidades del hogar.

Ahora, con su carro de tacos al ras de la banqueta de su local, la foto de su difunta madre y una imagen religiosa son su autoridad moral. En la pequeña cochera, acomoda sillas y mesas para los clientes; a su costado se encuentran salsas, verdura, limones y su caja registradora. Su hermano lo ve con admiración. “Es otra persona; es uno y otro, el antes y el después es muy marcado”, expone.

Al llegar la noche empieza a acomodar y prepararse para comenzar a trabajar, le acompañan su novia y su padre, de quien siente fue una parte responsable de su alcoholismo por el ambiente que le brinda. Después de algunos meses de sobriedad recayó en el hábito, el entorno en el que se desenvuelve una persona adicta influye, su padre tomando todos los días, no ayudó.

Durante esos meses sintió una gran desesperación y un vacío por no tener alcohol dentro de su sistema, pues además de ser una adicción psicológica, también era física, y su cuerpo dependía de esta sustancia.

Pensó en dejarlo por completo una vez con la visita de un “padrino” apodado “Chicoché”, un señor que tenía 13 años sin tomar. Cuando volvió a su rutina normal después del tiempo que pasó en el anexo el entorno le afectó, todos sus familiares consumen bebidas alcohólicas, y él se preguntaba “¿No podré tomar así como ellos? ¿Una o dos cervezas nada más?”; después de su tiempo de sobriedad volvió a tomar, y lo atribuye a dos razones: Como un premio por mantenerse sobrio por tanto tiempo, o como un escape a los problemas que esté enfrentando en el momento, aun estando consciente de que si vuelve a tomar, le generaría más problemas.

Recuerda que en el anexo le decían: “Aquí no hay bronca porque no tienes la posibilidad de tomar”. No había manera de volver a consumir, y a pesar de que había una desesperación fuerte y constante dentro de las instalaciones, logró acostumbrarse “La bronca no es aquí, es afuera, en la calle como consecuencia de las múltiples tentaciones, el dinero hace que te vayas al vicio otra vez”, dice..

Él recomienda con gran convicción que el método que más le ha ayudado a superar el vicio son los grupos de AA, pues si se llega a ingresar a una persona a un anexo sin su consentimiento, puede resultar contraproducente, debido a que saliendo, la persona puede desarrollar resentimiento hacia quien lo haya metido. En los grupos de apoyo realmente logras compartir lo que necesitas, te identificas con situaciones, o ves hasta dónde no quieres llegar, por lo que le ha sido de gran ayuda, sin mencionar a su familia, que agradece que sostenido durante este proceso. “La familia son los que te echan la mano, siempre vas a contar con ellos”.

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