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Miguel R. Valladares García

lunes 20 agosto 2018

Macron se adueñó de las celebraciones del Mundial con un “show” mediático

EFE
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Con los puños alzados, el cuerpo ligeramente inclinado y la cara exultante, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, personificó la alegría de su país por la victoria en el Mundial de fútbol y protagonizó una foto histórica que condensa su dominio de la comunicación política.

La instantánea tomada en la tribuna del estadio Luzhniki de Moscú tras el primero de los cuatro goles muestra una gestualidad desmesurada, lejos de los corsés de un cargo cuyo protocolo ha exigido en otras ocasiones para hacerse respetar ante los ciudadanos.

“Mueve su cuerpo como para inscribirse mejor en la dinámica del acontecimiento. Posa para la posteridad. Su voluntad icónica, aquí, habla más a la leyenda que a la mera actualidad”, consideró el especialista en Historia de la Comunicación Arnaud Benedetti en las páginas de “Le Figaro”.

Según el autor de “Le coup de com’ permanent”, que analiza en ese libro la estrategia comunicativa del jefe del Estado, Macron aprovechó la energía del momento “para intensificar el volumen de su presencia”.

El presidente explotó esa euforia ante los franceses y el mundo con un sentido de la oportunidad que, en plena época de las redes sociales, no tardó en hacerse viral sin importar si fue sincero o impostado.

Porque aunque esa fotografía engloba la final, su actuación se extendió luego al campo y a los vestuarios, con una arenga en mangas de camisa y un entusiasmo respondido con la misma intensidad por los jugadores.

“¡Os dije a vosotros y al entrenador que trajerais la segunda estrella y lo habéis hecho!”, dijo en un discurso a gritos con el que, según Benedetti, “reactivó esta idea del hombre que no se equivoca” al recordar su profecía.

Los “Yes, sir!” (¡Sí, señor!) con los que futbolistas como Pogba contestaban cada estímulo ofrecieron un momento de comunión magnificado por el hecho de haber ido acompañado por un soldado herido en Mali.

Su inmersión en el momento quedó reflejada también en el terreno de juego, donde al presidente no pareció incomodarle la intensa lluvia mientras abrazaba a los jugadores o tomaba entre sus manos sus cabezas.

O con el “dab”, el paso de baile que estira un brazo y pliega el otro hacia el pecho mientras se baja la cabeza, que Macron hizo solícito cuando Benjamin Mendy le preguntó cuál es el gesto del momento.

Lejos queda la seriedad con la que reprobó a un estudiante por haberle llamado “Manu” en un acto oficial en el que, delante de las cámaras, exigió al adolescente que se refiriera a él como “señor presidente o señor”.

A la espera de si las encuestas reflejan el posible rédito político de la victoria, Macron demostró una versatilidad que pasa de la autoridad a la cercanía, y que en pleno éxtasis colectivo apenas ha recibido críticas.

El recibimiento hoy de la selección en el Palacio del Elíseo, que los “Bleus” visitarán tras darse un baño de masas en los Campos Elíseos, le permite endosarse de nuevo el traje de presidente que contiene las formas sin borrar las sonrisas.

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