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Miguel R. Valladares García

domingo 19 agosto 2018

El drama oculto de vivir sin agua

Mientras directivos de la DAPAS ganan sueldazos, el servicio para indígenas es en extremo deficiente

Leticia Nieto / Pulso
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Ciudad Valles.- Una cruda realidad que muestra el abandono, la marginación y el desinterés de los gobiernos por cumplir con los más desprotegidos, se observa en la zona indígena donde los más de 17 mil habitantes, incluidos niños y ancianos, tienen que caminar hasta por media hora por una cubeta de agua que captan de pozos insalubres.

Del sistema de agua que dejó de operar desde la semana pasada, sólo a cuenta gotas les ha llegado el vital líquido en los dos años posteriores a la colocación de las llaves, a pesar de que acceso al agua es un derecho elemental de todo ciudadano.

En la comunidad de San Antonio Huichimal, Idalia Hernández Martínez de 13 años de edad, acompañada por sus primas Rocío Reséndiz también de 13 años y la pequeña Azucena Reséndiz Hernández de sólo nueve, todas ellas con cuerpos frágiles denotan en su rostro cansancio, pues sus vacaciones escolares se han transformado en un ir y venir al pozo más cercano ubicado a un kilómetro y medio de su casa, sin importar los intensos rayos solares y lo pesado del “acarreo” cumplen con su tarea en el hogar, llevando el agua que se ocupa para lavar los trastes, la ropa, bañarse y en ocasiones también para consumirla pues sus padres no tienen el suficiente dinero para comprar agua purificada.

“Hay otro pozo cercano, pero está lleno de lama verde y basura, cuando se hizo el puente se tapó casi por completo de tierra y pasan los carros cerca y lo dejan sucio”, señalan las niñas mientras caminan al lugar donde se abastecen y que un área ubicada casi al final de la comunidad. Después de caminar por una de las calles tienen que tomar una vereda pequeña entre el monte, exponiéndose a la mordedura de una víbora.

El pozo que aseguran es el más limpio, está rodeado de lodo, lleno de agua obscura, con hojas y palos de la misma naturaleza que lo rodea, exponiendo a las pequeñas a caer en la profundidad pues extraen el agua con una cubeta sujeta al mecate.

Así como las pequeñas, está la señora Nicolasa Hernández, quien desde las seis de la mañana inicia su viacrucis por el agua, y ya a las once de la mañana mostraba su cansancio, “hoy pensaba lavar la ropa, pero con éste ya son cuatro acarreos que hago y ya me encuentro muy cansada hasta mañana lavaré tenemos una semana que no llega ni una gota en las llaves, siempre hemos batallado, nunca ha sido constante el servicio, y aunque han solicitado las autoridades del ejido el apoyo al Ayuntamiento no nos responden no quieren traernos pipas de agua, les hemos propuesto que pagamos por nuestra cuenta pero nadie nos escucha”.

La afligida ama de casa que para poder lavar su ropa tuvo que recorrer en estas cuatro vueltas, un total de 12 kilómetros acarreando en su carretilla depósitos de agua de veinte litros, señala que lo más preocupante son los abuelitos, pues la fuerza física no es la misma y les impide hacer este acarreo, “mi suegra, la señora Epifanía Hernández, está enferma de su columna, pero como puede lleva sus pequeños botes de tres y cinco litros de agua para lo más indispensable, el pasado sábado mientras daba vueltas al pozo, llegaron los de Salubridad y al checar el bote más grande que estaba llenando descubrieron que tenía maromeros y tiraron todo el agua, sin siquiera preguntar ni ponerse a pensar en las horas de esfuerzo que le llevó a mi suegra poder llenarlo”.

Testigo de este desinterés marcado por las autoridades de no cumplir con el servicio de agua, se observa en la lectura de los medidores, pues a dos años de haberse instalado apenas y rebasan los litros que una familia normal en la cabecera municipal gasta en un año.

Esta cruda realidad sobre cómo las familias de la zona indígena sufren por el agua, contrasta con los sueldos altos que reciben los directivos de la DAPAS, la vida de lujos del líder sindical y los millones de pesos que se “invierten” mensualmente para asegurar el servicio.

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