Fundador:
Miguel R. Valladares García

martes 23 octubre 2018

Guatemala: La tristeza que no permite vivir

El Universal
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Foto: Especial/Agencias 

ESCUINTLA, Guatemala, julio 22 (EL UNIVERSAL).- Es como si hubiera caído un meteorito, o varios. Como estar en otro planeta. Inhóspito, gris, con grandes piedras en el suelo lanzadas como bombas desde el cielo. Así luce la Zona Cero, en las faldas del Volcán del Fuego, epicentro del dolor de cientos de damnificados que aún buscan con desesperación los restos de sus familiares. No los quieren dejar ahí, enterrados bajo tres, cuatro o hasta cinco metros de ceniza y piedra. Quieren decirles adiós, llorarlos en un funeral y darles “cristiana sepultura”, aunque sólo encuentren huesos calcinados, cráneos o cabello.

Ya pasó más de un mes de aquel domingo 3 de junio en el que empezó a llover lodo ardiente, que si te caía en la piel te la desprendía a pedazos, según testigos. Un mes de que las calles de San Miguel Los Lotes y el Rodeo, en Escuintla, se convirtieron en ríos de lava hirviendo que quemaban y destruían todo lo que encontraban a su paso. Un mes de que cientos de personas bajaron corriendo de la montaña, horrorizadas, por la potente erupción del volcán, mientras que otras, de forma inocente, se refugiaron en sus casas sin saber que aquella “humazón negra” también traía lava. Para ellos, su guarida terminó siendo como una olla exprés.

El Volcán del Fuego solía presentar actividad cada año, pero sólo echaba humo. Tristemente, el domingo 3 de junio de 2018 no fue así y el hermoso paisaje verde de esta zona se convirtió en un panteón en cuestión de horas.

Entre el shock y la búsqueda

Marlene Vázquez, ama de casa de 30 años, va todos los días a la morgue y a la Zona Cero para buscar a su familia o ver si alguno de los cuerpos hallados por las autoridades es el de su mamá, el de su hermana, su hermano, sus primos, tíos o sobrinos. Todos estaban en sus casas, en San Miguel Los Lotes, la colonia más golpeada de las cinco afectadas por el volcán. Muchos se quejan de que, en esta zona, la más popular, la gente no fue alertada con tiempo y muchos menos evacuada.

Desesperada, con palas y excavadoras rentadas, Marlene acude junto con su padre a la Zona Cero. Ha hallado cuerpos, 16 en total desde el 4 de junio, pero sólo de vecinos. “Al excavar con pala, tan sólo con medio excavar, se sacan varios cuerpos todavía. Hace unos días encontramos un cuerpo de una vecina. Se sacan ya sólo huesos, el cráneo y el pelo. Con el ADN, el forense los identifica. Tardan 15 días por lo menos en identificarlos”, contó.

El gobierno federal reporta 113 muertos y 332 desaparecidos (4 julio), pero tan sólo Marlene busca a 40 familiares. Y no es la única persona en esa situación. Las cifras oficiales podrían quedarse muy cortas. “No pienso rendirme hasta encontrar a mi familia y hasta que el gobierno declare el lugar `camposanto´. Hasta ahí ya no podría hacer nada, pero mientras tenga la oportunidad yo pienso que no me rendiría, porque no quedaría tranquilo mi corazón sin saber dónde quedaron”, agregó.

Nancy Fabiola García, de 19 años, es otra de las damnificadas ávidas por encontrar los restos de su madre, sus dos abuelos y otros tres familiares, a quienes vio por última vez apenas 20 minutos antes de la erupción. Otros seis parientes, cuyos cuerpos fueron hallados, murieron en la carretera hacia la ciudad de Escuintla alcanzados por la lava.

El 26 de junio, cruzando la maleza de la montaña y saltándose el cerco policial, Nancy acudió a la Zona Cero con su hermana y algunos amigos para intentar rentar una excavadora. Era la primera vez que visitaba su colonia desde aquel domingo. Para su sorpresa, San Miguel Los Lotes, como le habían contado, estaba completamente enterrada bajo lava ya seca. En la superficie sólo se asoman los segundos pisos de algunas casas, las más altas del lugar. A ras de piso se podían ver los techos de lámina de los hogares que quedaron bajo el suelo. “Aquí estaba mi casa”, dijo Nancy, colocándose sobre una montaña de ceniza y piedra de hasta cinco metros de altura. “Ahí vivía mi tío”, explicó, señalando una construcción a la que sólo se le veía el tinaco de la azotea. “Este río de ceniza seca era la calle”, añadió, apuntando a una ladera ubicada entre algunos árboles secos, quemados y uno que otro auto volcado.

Pero Nancy se fue ese día con las manos vacías. Autoridades de la Conred (Comisión Nacional para la Reducción de Desastres) ya no la dejaron estar ahí. Eran alrededor de las 13:00 horas y las nubes grises anunciaban lluvia. Permanecer en la Zona Cero, en medio de un aguacero, es muy arriesgado. Las piedras sueltas y algunos bancos de lodo, que aún se sienten como arenas movedizas debajo de tus pies, no permiten el trabajo de ninguna persona y, mucho menos, de maquinaria pesada.

Revictimizados

A un mes de la tragedia, el apoyo de voluntarios locales y algunos extranjeros es sorprendente. Sin embargo, la crisis también tiene otra cara. Lamentablemente, hay quienes están aprovechando la desesperación de los damnificados y la falta de apoyos del gobierno guatemalteco para lucrar. Los dueños de las excavadoras cobran a personas como Marlene y Nancy hasta 650 quetzales la hora (mil 950 pesos) por usar la máquina para quitar piedras y sacar restos de sus familiares o vecinos.

Para ambas, más que su salud o encontrar un futuro hogar, la prioridad ahora es tener dinero para poder usar esas excavadoras. El dinero lo recolectan en los albergues, “boteando” entre el resto de los afectados por el volcán y los vecinos voluntarios de Escuintla, una ciudad de bajos recursos económicos.

Al pie de la carretera que te lleva a San Miguel Los Lotes, los damnificados negocian los precios con estas personas cada mañana y acuerdan las horas para “trabajar juntos”.

Junto con sus tres hijos y su esposo, quienes también sobrevivieron, Marlene vive ahora en Las Golondrinas, un polideportivo adaptado como albergue ubicado en la pequeña ciudad de Escuintla. Ahí dormirá junto con otras 150 personas los próximos 10 meses. A cada familia le toca de a dos catres, en promedio.

Su padre también sobrevivió, pero él está en otro de los más de 35 refugios que han sido levantados de forma improvisada en iglesias, centros deportivos, terrenos gubernamentales o casas privadas. La mayoría cuenta con agua potable y luz, aunque los servicios son regulados, para que les alcance a todos. Algunos albergues son oficiales, están a cargo del ejército y reciben ayuda del gobierno, pero la gran mayoría no.

La mayoría de los albergues son coordinados por vecinos voluntarios que se han movilizado por su cuenta para conseguir, por sus propios medios e incluso con dinero de sus bolsillos, víveres y donaciones. Sin embargo, ya empiezan a cansarse también, a perder trabajos o a tener conflictos familiares. “Perdí mi empleo por estar aquí [en el albergue] trabajando. Éste, además, era un lugar donde impartía clases de zumba [y ahora ya no tengo este espacio]. Ingresos económicos no hay y lo poco que podía tener se ha ido en comprar gas y agua. Nuestra plata se fue. ¿Qué va a pasar ahora? No nos va a alcanzar y vamos para 10 meses o un año (…) No nos damos abasto”, explicó Gidget Lorena Samayoa, 48 años, una de las tres coordinadoras del albergue Las Golondrinas.

La organización para mantener limpios los refugios, para dar servicios médicos, ordenar la ayuda que les llega cada día y evitar que se echen a perder la comida, el agua, las medicinas y la ropa, apenas comienza. Por ahora, muchos albergues reciben alimentos preparados y enseres domésticos donados, desde papel de baño hasta pasta de dientes, pero la gente teme que esa ayuda vaya disminuyendo con el paso del tiempo.

La convivencia, además, es complicada. El hacinamiento, el calor y las lluvias de la temporada agotan a los damnificados, los someten al posible contagio de enfermedades respiratorias o gastrointestinales, de contraer zika, chikungunya o dengue. Además, hay mujeres embarazadas, quienes requieren de un cuidado especial.

Otra fase de la crisis

La crisis en esta zona no ha terminado. Sólo ha entrado en otra fase. A los niños les urge retomar sus actividades escolares y los adultos, entre otras cosas, necesitan un acompañamiento sicológico constante, así como el apoyo necesario para que aprendan algún oficio o actividad que les dé sustento a largo plazo. La emergencia en Escuintla va para largo.

“A veces la tristeza no nos permite vivir cotidianamente. En el albergue participo en lo que puedo, pero igual la tristeza siempre va a estar ahí, porque no fue sólo un familiar, fueron muchos”, insiste Marlene, quien a todas luces padece un cuadro sicológico complejo ante el shock que aún vive.

Muestra fortaleza, valentía y coraje, es una mujer con muchas ganas de seguir adelante, pero al mismo tiempo se le ve frágil y devastada, sin tiempo tan siquiera de expresarlo porque ahora lo único que le urge es hallar a sus familiares.

“Después de todo esto, uno queda traumado realmente. Yo le agradecería a todos los que van a venir a ayudar que nos sigan visitando, porque hay muchas cosas que nosotros quisiéramos sacar [emocionalmente], pero a veces no se puede. Para nosotros es una parte muy dolorosa. Yo me considero débil, pero tengo que ser fuerte por mi hermana [que sobrevivió] y sacar fuerzas de donde no las hay”, cuenta Nancy, quien también vivirá los próximos 10 meses en Las Golondrinas junto con su hijo de tres años, su novio, su hermana y su cuñado.

Desde que fue instalado como albergue, Las Golondrinas ha recibido el apoyo de CADENA Internacional (https://cadena.ngo/usa/). La semana pasada, la ONG de ayuda humanitaria envió una segunda misión, con cuatro sicólogos y dos médicos, quienes dieron consulta y realizaron diversas actividades de resiliencia con adultos y niños. En los próximos días, gracias a la solidaridad de sus donantes, la ONG enviará una tercera misión con casi 80 casas temporales para acomodar mejor a las familias, para instalar aulas de clase, una cocina y bodegas para los enseres. El objetivo: sacar adelante a los damnificados de este refugio y acompañarlos durante la crisis más urgente de este proceso.

El gobierno del presidente “Jimmy” Morales ya está creando algunos albergues de madera en zonas seguras y se plantea la idea de otorgarle lotes a los damnificados, pero la realidad lo supera. Los esfuerzos oficiales no alcanzan para todos y la organización no es buena, lo que aún genera muchas incógnitas e incertidumbre entre la población afectada, que de por sí ya vivía en una situación de pobreza y marginación complicada, con altos índices de delincuencia y desempleo. La ayuda y la solidaridad internacional para los guatemaltecos asolados por el Volcán del Fuego es más necesaria que nunca.

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