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Miguel R. Valladares García

miércoles 12 diciembre 2018

A un año del 19-S: Viaducto 106, heridas que no cierran

Pulso
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CIUDAD DE MÉXICO (EL UNIVERSAL).- El edificio de Viaducto 106 sobrevivió a los terremotos de 1957 y 1985, pero sucumbió ante el del 19 de septiembre del año pasado.

Un año después las heridas siguen abiertas. Mónica Arellano perdió a su hijo en el derrumbe. Era imposible que Rodrigo hubiera muerto en su segundo día de trabajo y a poco tiempo de formalizar la relación con su novia.

El edificio donde laboraba fue modificado: se autorizó un comercio, en donde el muro de soporte fue sustituido por una cortina de acero y se colocó un espectacular.

El dueño presentó documentos de otra obra para evadir su responsabilidad.

Heridas abiertas

“¡Yo creo que mi hijo ya se murió!” La señora Mónica Arellano quería aventar el teléfono. Quería teletransportarse de Ixtapaluca a la Narvarte, saber el destino de su hijo, superar miles de autos, esas miles de personas, el concreto que le impedía llegar hasta Rodrigo. Tocarlo, decirle lo que fuera, cargarlo como a un bebé, regañarlo por asustarla así.

Todos le pedían que se tranquilizara. Era imposible que su hijo hubiera muerto en su segundo día de trabajo, a unos días de formalizar su relación con la novia, de nombre Salomé, y menos un 19 de septiembre. Además, él le prometió que vendría lo mejor: “Ahora sí mamá, dormiré mis horas completitas”, le dijo días antes. “Me dará tiempo de hacer muchas cosas”.

— “El edificio en donde trabaja Rodrigo no está señora, se cayó”— gimió Salomé en la línea telefónica.

La joven llegó como pudo a Viaducto 106. Esperaba ver un edificio y se encontró con un bloque de concreto y varilla. Un monstruoso espectacular sobre él, un ejército de personas usando sus manos para quitar esa montaña de piedras y un olor a gas en el ambiente.

A sus 47, Mónica viajaba en un auto que se movía a destiempo. Era como una carroza lánguida, fúnebre. Removía las señales que, meses antes, le anunciaban que su hijo podría morir. Como cuando él quiso comprar unos boletos para ver el Cirque du Soleil en diciembre y ella sintió una especie de dolor en el vientre y pensó: “¿Y si mi hijo no llega a esa fecha?”.

Era impensable. A sus 27 años, Rodrigo parecía el hombre más sano que hubiera podido criar: alto, masudo, sonriente, ideal para el futbol americano que practicó en el CECyT 11, donde estudió. La señal más fuerte que Mónica no supo interpretar, el odioso presagio, fue ese sueño que la despertó semanas antes. Estaba ahí, viendo a su hijo pequeño y regordete, a ese “pelos de maíz” en su carriola, cuando de pronto desaparecía. Se le esfumaba. Sólo veía una llovizna de sangre.

— “Soñé que no estaba, me angustió”— contó a su familia al despertar, antes de localizar a su hijo.

— “Te voy a ir a ver el próximo sábado”— le prometió él más tarde.

Y ahí estuvo todas las semanas siguientes, incluyendo el fin anterior, cuando planeó con Salomé reunir a los padres de ambos con el pretexto de las fiestas patrias, para formalizar su relación de dos años. En la mente de la señora Mónica ahora todo eso parece lejano. Hay una especie de mala suerte que no puede asimilar. O sí, pero no lo sabía de momento: el edificio en donde trabajaba Rodrigo fue modificado, tenía un espectacular imposible en su azotea y la empresa hacía todo al margen de la ley. En las investigaciones nadie hablará de eso. Un infortunio.

Viaducto 106. El arquitecto Antonio Abud Nacif estaba orgulloso del edificio que acaba de entregar: Viaducto 106.

Era octubre de 1957 y tenía 29 años. Todavía no sabía que, al tiempo, se convertiría en el más importante arquitecto que Líbano, el pueblo de sus padres, haya dado a México. Hizo obras como la Embajada de ese país, la Iglesia de Nuestra Señora del Líbano y el Centro Libanés. La inauguración de este último recinto se hizo cuatro años más tarde. Ahí, le estrechó la mano el presidente Adolfo López Mateos, quien expresó: “El que no tenga un amigo libanés… ¡que lo busque!”.

Pero lo que movió a Abud Nacif no sólo fue la amistad. Quienes le conocieron lo consideraron un hombre entregado, con una visión particular. Sus padres adoptaron el paisaje mexicano al ser perseguidos. Debieron dejar esplendorosos amaneceres frente a las montañas color verde y arena del norte de Beirut para asentarse en México. Antonio nació aquí y se aferró a la arquitectura, en la UNAM.

El edificio de Viaducto 106 es del tipo modernista e iba bien con el periodo del apogeo económico que algunos llaman “Milagro mexicano”. Lo ideó con ocho niveles de luminosas viviendas que armonizaban con la trepidante vida urbana con la que todos soñaban.

Habían pasado menos de tres meses del sismo más grande que, hasta entonces, se recuerde en la capital, el del 28 de julio de 1957. Pocos pueden apartar esa imagen de su mente. Estaban dormidos porque eran las 2:43 de la mañana cuando el suelo se despertó. El Ángel de la Independencia voló y cayó. Ese año nadie sintió alivio al caminar por el Paseo de la Reforma y ver ese pedestal vacío hasta que el Ángel voló de nuevo y fue recolocado el 16 de septiembre de 1958.

Nacif no temía que algo así le pasara a su edificio. El movimiento telúrico magnitud 7.7 ni lo movió, tampoco lo hizo el de 8.1 que derribó decenas de inmuebles 28 años después, el 19 de septiembre de 1985. ¿Qué podría salir mal?

Sueño a la deriva. — “Les presento a Rodrigo Rodríguez Arellano, él será el encargado de la logística”— dijo orgulloso Daniel, el dueño de la empresa de control de plagas que, dicen, lleva su apellido, Baluher. Rodrigo no lo supo, pero algunas chicas lo miraron. Era grande, blanco y sin cabello, con unos ojos verdes como los de su madre. Llevaba una camisa a cuadros, de leñador, ideal para su corpulencia.

La mayoría sintió alivio por su presencia. Él estaba ahí para poner orden. Estudió logística y durante muchos meses previos dedicó sus noches a organizar unidades de la empresa Semex, que reparaban letreros y semáforos en la Ciudad.

Acá no sabían ni enviar autos con técnicos a las colonias. Las plagas hacían de las suyas porque los pedidos se perdían. En su primer día de trabajo, el 18 de septiembre de 2017, Rodrigo exploró su nueva oficina, la que compartió con el supervisor. No era lujosa, de hecho, alguna vez fue una habitación. Grupo Baluher (Biotecnología en control de plagas, S.A . de C.V., oficialmente) rentaba tres departamentos convertidos en oficinas; eran cuatro, pero decidieron reducir áreas.

Todo en esa empresa era reducción. Los trabajadores, sin importar el sueldo, cotizaban en el IMSS sólo 117 pesos a la quincena en una sociedad llamada Admopem o la empresa Arly promotora. En caso de fallecer, el IMSS no les respetará la cotización real y la indemnización será paupérrima. Nadie quería dejar a su familia así, pero era mejor tener trabajo.

Una de las jóvenes “tonteaba” con Rodrigo. Le gastaba bromas sobre una fotocopiadora. Él sonreía, pero era tímido. Al menos así lo percibían sus compañeros. Rodrigo exploraba su zona de trabajo: eran departamentos pequeños, de paredes blancas y ventanales amplios. Alguien colocó cristales en las habitaciones para darle un aspecto de oficinas. Lo más curioso es que había una cocina, sin estufa, con un refrigerador, lavabo y microondas. Todo parecía improvisado.

Sobre sus cabezas. — “¡No mames! ¡Está temblando!”— dijo un joven que dejó de tener nombre a partir de ese momento. La empresa en la que trabaja le pidió callar y él obedeció. Habló desde el anonimato, como todos sus compañeros.

Él lo sabía: “La pinche escalera sólo era para dos personas, ¿a quién se le ocurrió hacer oficinas?”. En junio de 2010 la Secretaría de Desarrollo Urbano y de Vivienda (Seduvi) consideró que este edificio, de entonces 53 años, era apto para albergar el ajetreo de oficinas, “apegándose al programa delegacional” de Benito Juárez.

El documento fue tramitado por el propietario Emilio Farah, quien heredó el inmueble de su padre, Farah Rihbany. La Seduvi permitió también, el 18 de septiembre de 2009, que la planta baja funcionara como taquería. Ya se había quitado un muro. En donde había concreto, colocaron una cortina de acero.

Los trabajadores de Baluher, incluyendo el joven sin nombre, sienten culpa. Piensan que debieron replantearse coexistir así, en esas condiciones de trabajo. ¿Por qué obviaron?, ¿por qué no reclamaron? Como cuando una chica de recién ingreso pensó que temblaba por el movimiento “natural” del edificio.

— “Tranquila, son camiones sobre Viaducto, siempre pasa. Acostúmbrate”— le advirtieron socarronamente.

Y qué decir de ese silbido que producía el espectacular a metros de sus cabezas. Era de la compañía Inmobiliaria y Diversificadora GIM. Esa empresa se inscribió en el Registro Público de Comercio en enero de 1995. Su dueño, Faustino Manuel García, reguló sus espectaculares en 2004. El programa de las autoridades retiró los anuncios exteriores de avenidas principales de la Ciudad de México, incluida Viaducto Miguel Alemán. La empresa tenía 22; le dejaron 15. Nunca se retiró el de Viaducto 106.

¿Dónde están? Nadie escuchó la alerta sísmica y en unos segundos ya todos estaban aglutinados en la escalera. Esa mañana hicieron el simulacro del sismo de 1985, pero ninguno se lo tomó tan en serio. Incluso nadie vio al chico nuevo, Rodrigo. Quizá ni participó.

El movimiento los confundió. Bajaron apurados en fila, queriendo eliminar al de adelante, siempre lento. El camino fue largo y la pequeña puerta abría hacia adentro. Hubo que dar un paso atrás, tropezarse entre cuerpos que decían “apúrate”, “salgamos”, “no quiero estar aquí”.

Una mujer fue de las últimas en cruzar bajo un sonido imposible de describir: ¿Acaso eran cristales?, ¿acaso una explosión?, ¿acaso el fin de todo? Giró. Estaba ahí, frente a una cortina de polvo que arropaba una luz insoportable, que ultrajaba el espacio de su lugar de trabajo.

— “¿Dónde están todos? Vamos a contarnos”— faltaban Javier, Gilberto, Joana, don Antonio y el chico nuevo. — “¿Cómo se llama el chico nuevo?”.

In memoriam

La señora Mónica recogió el cuerpo de Rodrigo la tarde del 20 de septiembre. Fue de los últimos. Un rescatista le había dicho que no era su hijo, sino un hombre de más edad. Entonces, ella rompió el cerco y se acercó; ahí estaba él. Había encontrado al pequeño de sus sueños. No estaba perdido. Yacía en sus brazos.

Costeó el velorio. Acudieron personas que ni conocía, como el, en ese momento cordial dueño de la empresa de su hijo. No se imaginó que un mes después le diría: “Hágale como quiera”, negándole una indemnización.

No fue la única sorprendida. La noche del sismo, el dueño pidió a sus trabajadores rescatar todo el material de su área de trabajo. Eso lastimó a muchos. Estaban enfocados en buscar a sus compañeros en los escombros, ¿quién querría buscar folders? Trabajaron 15 días más desde casa y, con donaciones, se reinstalaron en la Colonia del Valle. Ahí los visitó un tanatólogo, sin los jefes.

Les sacaron palabras sobre la relación con quienes murieron, nadie mencionó a Rodrigo, pero sí a Joana, la sonriente chica de recursos humanos o a Don Antonio, quien llevaba años ahí. O a Gil y Javier. También a Ale, la hija del portero que ese día no fue a la escuela por estudiar, a quien ya muerta le robaron 32 mil pesos de la tarjeta. Fue tan fuerte aquello del tanatólogo que muchos no acudieron a la segunda sesión. La tercera nunca se realizó. Los jefes decidieron suspender todo para continuar con la vida. Muchos estuvieron de acuerdo.

Odisea solitaria. Rodrigo no fue contemplado en la carpeta de investigación hasta enero, cuando su madre sorprendió a la agente del Ministerio Público, Eunice Pérez Mercado, quien llevó el caso.

— “No, no teníamos registrado a ningún Rodrigo”— le dijo la funcionaria.

Es un misterio por qué nadie lo incluyó de inicio, como si no hubiera existido. Por eso su madre se aferró al acta de nacimiento. Aunque no fue suficiente.

Debió desembolsar 2 mil 500 pesos ante el Notario Público 127 para que le certificara lo impensable: que es madre de su hijo. Es el documento que le exigió la subdirectora de la sucursal 228 de Santander, en donde él tenía una cuenta de ahorros y un seguro contra accidentes.

— “No, no creo que nos sirva ni el acta notarial”— gruñó la mujer. Entonces la señora tuvo que ir a la Condusef. Hubo tres audiencias y, meses después, le entregaron el dinero de su hijo.

Baluher no se hizo responsable por la muerte de su trabajador. La madre interpuso una demanda en junio de 2018. Mientras, mirará crecer a su nieto: su hijo Alan tuvo un bebé.

¿Qué habrá sido? Eran las 12:23 del 16 de octubre de 2017. Ha pasado casi un mes desde que Emilio Farah Martínez, de 57 años, vio derrumbarse el edificio que su padre adquirió en 1965. Es ingeniero civil, así que se preguntaba qué pudo haber pasado para que el sismo se llevara nueve departamentos y un local en la planta baja que arrendaba. El 7 de septiembre, al ocurrir el otro temblor magnitud 8.2, había revisado el edificio sin encontrar una falla o grieta.

Hasta ese día, cuando declaró ante las autoridades, pensaba que habían sido seis los fallecidos y no diez.

Recordó lo que pasó el 18 de septiembre, un día antes del sismo, cuando vio que en el predio colindante se hacían trabajos de construcción que dejaron a la vista los cimientos de Viaducto 106, pero no sabía si eso pudo producir el colapso. El 30 de enero presentó el contrato de arrendamiento de GIM publicidad y el nombre del ingeniero civil a cargo la obra del edificio colindante, la de Torreón 65. Nada más.

No habrá que esperar mucho para la resolución. El 22 de febrero, a las 8:00 de la noche, el arquitecto Miguel López Bringas, avalado por el ingeniero Máximo Romero, dio su peritaje al Ministerio Público basándose en fotos tomadas de los mapas de Google.

“Además de observarse también en esta imagen de Google Earth a un anuncio espectacular colocado en la azotea de este edificio. Esto generó un peso adicional (…) un elemento importante para el colapso del edificio”.

Pese a esas pruebas la conclusión se fue por otro rumbo seis días después, el 28 de febrero: “Se propone el no ejercicio de la acción penal por el delito de Homicidio-Homicidio culposo”.

El umbral. No hay culpables. Para la ley, todo lo ocurrido tras el temblor es casual. Una combinación del paso del tiempo y la mala suerte.

La investigación decía que la estructura se aferraba a parámetros del pasado, los de su construcción. No importó que, en esa misma resolución, se haya enfatizado que el dueño del edificio nunca aportó un documento sobre las modificaciones que sufrió el inmueble. Incluso que presentó papeles de otro lugar. “Tanto la licencia de construcción, solicitud de alineamiento y número oficial, memoria de cálculo y planos arquitectónicos, no corresponden con el edificio que se construyó en Viaducto 106”, acusa el oficio.

Las pruebas de laboratorio simularon el movimiento de seis columnas que tenían una menor capacidad para soportar el peso del edificio. Pero sin fotos, sin planos, sin documentos, no se consideraron cambios a la estructura original. Sólo se basaron en imágenes de Google.

— “¿Dónde sacaron los planos de otro edificio?, ¿quién autorizó así el cambio habitacional a comercial?, ¿por qué no sufrió daños en 1985?”— se preguntará Antonio Abud hijo, cuyo padre, el que ideó el proyecto, aún vive.

El hijo también es arquitecto y mostró una fotografía fechada en 1957, que nadie consideró en la investigación. A diferencia de la última imagen registrada en Google, ésta mostraba un muro que atravesaba verticalmente el inmueble. — “Esa modificación es la causa de su colapso”— opinó. Donde otros vieron un establecimiento, Abud hijo vio un muro de carga, una gran pared que daba soporte, reemplazada por frágil acero.

— “Eso fue suficiente para dejar el edificio inestable ante una eventualidad; a eso le sumas la estructura del anuncio y el terremoto. Ahí está la tragedia” — declaró.

La imagen es en blanco y negro. Muestra un edificio para vivir, con balcones y una pequeña puerta que no mide más de un metro. El umbral que no todos pudieron atravesar 60 años después.

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