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Miguel R. Valladares García

lunes 10 diciembre 2018

Por Asamblea de la ONU, Nueva York vive una semana de “pesadilla”

El Universal
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No hay imagen mental de Manhattan que no sea de caos, de miles de personas, animales y vehículos saturando sus principales avenidas, centenares de luces y ruidos colapsando las calles, manadas de turistas cruzando de un lado para otro. Especialmente en “hora pico”: trajes y corbatas sorteando obstáculos, bicicletas esquivando niños y ancianos, silbatos de policías tratando de domar la ciudad.

Nueva York es la segunda ciudad más congestionada del mundo, empatada con Moscú y sólo superada por Los Ángeles. Si el día a día es un caos, durante eventos como la Asamblea General de las Naciones Unidas es una “pesadilla”, definición con la que coinciden la mayoría de taxistas y peatones que ven como las calles cercanas al edificio de la ONU se cortan para dar cabida a los más ilustres gobernantes mundiales, y encima, llueve.

“Es un completo dolor de cabeza”, comentaba un chofer a varios periodistas locales. La Asamblea General de este año, la edición número 73, espera recibir cerca de 200 jefes de estado y de gobierno -entre ellos, Donald Trump y Enrique Peña Nieto-, sus comparsas y acompañantes. Y, con ellos, unas medidas extremas de seguridad.

Todavía sería peor si asistieran presidentes como los de Rusia, Corea del Norte y China, con peticiones muy especiales de seguridad. La presencia de Nicolás Maduro de Venezuela, otro de los que exigen medidas extras, está casi descartada.

“Es una tarea hercúlea”, aseguraba hace unos días el jefe de inteligencia de la policía local de Nueva York, Thomas Galati. “Cerca del 95% de los líderes mundiales estarán en Nueva York, así que estaremos dedicando muchos recursos”, explicó.

No hay cifra oficial de efectivos policiales que van a estar patrullando las calles de Nueva York durante esta semana, ni cuántos soldados ni miembros del Servicio Secreto les van a apoyar. Lo único que se sabe es que el sonido de helicópteros es constante, los buceos por ríos y alcantarillas regulares, y lanchas armadas con metralletas pasean por el East River. Una defensa por tierra, mar y aire.

La protección terrenal es la que más dolores de cabeza provoca, especialmente los cierres de calles. Desde las cinco de la mañana, cada día de la semana, más de 10 calles, de las más transitadas de la zona este de Manhattan, quedan cerradas o con un paso limitado. Los carriles para las bicicletas quedan, directamente, inhabilitados: por ahí tienen que circular las casi 150 comitivas de vehículos oficiales que se calcula que cada día viajarán por la zona.

“Nos estamos preparando desde el año pasado, incluyendo el minimizar el impacto vehicular y peatonal”, aseguró James O’Neill, comisionado de la policía de Nueva York.

El tráfico es tan brutal que las autoridades calculan que la duración de un trayecto normal en la habitual congestión neoyorquina se puede triplicar durante esta semana.

No sólo es una pesadilla para carros, también para peatones. Controles de seguridad por todos lados, insuperables incluso con credencial oficial colgada del cuello: un rectángulo azul y fotografía que facilita las cosas pero no evita los problemas. Más de 230 bloques de hormigón imposibilitan cruces que en otro momento serían habituales.

El lunes, a pesar de no ser todavía un día grande, este periodista necesitó dos minutos para doblar una esquina por culpa del paso de dos comitivas presidenciales y un coche policial, elementos con prioridad superior durante la semana de la ONU, y más en cercanía de lugares “sensibles” como la sede de las Naciones Unidas.

Todo en aras de la seguridad, en una semana en la que además se esperan más de medio centenar de protestas -casi todas contra Trump. La preparación es al detalle, incluyendo respuesta a posibles ataques químicos o con drones. El coste total se sitúa entre los 20 y los 30 millones de dólares.

Por otra parte, está el problema que causa a los turistas. Los precios se disparan, con habitaciones de hotel que duplican o triplican precios, comercios que intentan ganar dinero con la llegada de delegaciones que pagan con viáticos oficiales; y, además, la imposibilidad de visitar la sede de Naciones Unidas por dentro, uno de los puntos más visitados de la ciudad.

“Esperamos que sea una gran semana. Todo el mundo está emocionado. Los Estados Unidos siempre estamos muy contentos de ser anfitriones. Los neoyorquinos quizá no lo estén… pero vamos a tener una gran Asamblea General de la ONU”, dijo el lunes Nikki Haley, embajadora de Estados Unidos ante la ONU.

El lema de esta Asamblea es “Hacer que las Naciones Unidas sean relevantes para todas las personas”.

Ser relevantes es un reto, pero que afecta a las personas, especialmente los neoyorquinos -y sus visitantes-, es un hecho.

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