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Miguel R. Valladares García

viernes 19 octubre 2018

Shinkansen

Ramón Ortiz Aguirre / Pulso
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Querido amigo,

Viajar en tren siempre ha sido una de mis debilidades, tal vez por el hecho de que uno de mis abuelos fue ferrocarrilero o por aquel tren Lionel que en una Navidad me trajo Santa Claus. Como quiera que sea, cada vez que puedo me subo a uno de estos transportes, y, por eso, uno de los mayores atractivos que inicialmente tenía en este viaje era abordar el llamado “Tren Bala”, el cual es patrimonio del Japón y se considera una de sus maravillas tecnológicas.

Todo mundo lo conoce como el Shinkansen, lo cual significa “línea troncal”; sin embargo, por su velocidad es más popular en la traducción como “tren bala”. Toda la historia de este tren dio comienzo a mediados de la década de 1950, cuando decidieron construir una nueva línea ferroviaria que permitiera comunicar en un tiempo corto a las ciudades de Tokio y Osaka, y para poder alcanzar este objetivo se estableció una alianza entre las empresas Kawasaki, Hitachi, Mitsubishi y Sumitomo. Entre todas, desarrollaron la ingeniería necesaria para que la compañía JR con sus distintos ramales pudiera dar servicio a velocidades inimaginables para aquellos años y que en nuestros días nos siguen asombrando.

El 1 de octubre de 1964 empezaron a circular los primeros trenes bala a una velocidad máxima de 210 kilómetros por hora, ¡pero hoy se desplazan a más de 350! Se tiene previsto que, para el año 2020, alcancen los 380 kilómetros por hora.

En este momento te estoy escribiendo a bordo del tren bala en su trayecto de Tokio a Kioto, y es como si el tren aún no saliera de la estación, pues no se siente de ninguna forma la gran velocidad. Me asomo por la ventanilla y veo como el paisaje se va difuminando, y me resulta difícil comprender esta perfección en la ingeniería. De verdad que nos emociona poder utilizar del sistema de transporte ferroviario más avanzado del planeta, en un carro que brilla por su pulcritud, en donde priva el silencio y en una pantalla se va presentado la ruta que seguimos, indicándonos el momento preciso en que arribaremos a la siguiente estación, así como el tiempo en que partirá para continuar el viaje.

La salida fue extremadamente puntual, ni un minuto más ni un minuto menos, y sin que un inspector pasara a revisar nuestro boleto, pues aquí la gente respeta el andén y la puerta de abordaje, nadie ocupa el lugar de otro, el respeto es absoluto.

Las señoritas sobrecargos pasan por el carro y nos preguntan si estamos a gusto, si se nos ofrece algo en espacial y nos indican que el wifi es libre.

Está experiencia es sencillamente maravillosa.

Minuto a minuto