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Miguel R. Valladares García

domingo 16 diciembre 2018

Desesperación de migrantes los obliga a saltar la valla

El Universal
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Tres hombres sin camisa, uno detrás de otro, se mantienen agazapados, con las orejas pegadas al muro de lámina que divide Tijuana de Estados Unidos, juegan al teléfono descompuesto y uno le susurra al otro hasta que el joven, al final de la fila, le dice entre señas a un pequeño grupo de migrantes que es momento de brincar.

Al mirar la cámara corren, se pierden entre la maleza de la hierba seca, entre los pequeños cerros y cañones que se forman en Los Laureles, una colonia en el noroeste de la ciudad, pegada a la muralla.

Carlos Eduardo es un hondureño de 23 años que llegó a Tijuana hace más de tres semanas, acompañado de más de 6 mil migrantes centroamericanos. “Viajamos juntos pero una vez parados frente al muro a cada quien le toca rascarse con sus uñas”, dice. Durante la última semana ha visitado más de tres veces el área de Playas de Tijuana porque es donde, le dijeron, cualquiera podía brincarse al otro lado para entregarse a las autoridades estadounidenses para pedir asilo.

Prefiere hacerlo así, porque si no tendría que esperar hasta tres meses en México hasta que Estados Unidos decida recibirlo para analizar su caso. Puede ser más tiempo, le han dicho otros migrantes que llegaron desde septiembre y aún hacen fila para cruzar. “Nomás estoy esperando el momento”, dice Carlos, que en su país sólo sabe cultivar la tierra, “si no es esta semana va a ser la otra, pero de que me voy, me voy”.

El domingo pasado cerca de 30 migrantes, entre ellos por lo menos 10 niños, cruzaron el muro cuando el sol aún paseaba encima se la ciudad. No sólo fueron ellos, la Patrulla Fronteriza reportó que durante las protestas del 25 de noviembre al menos unos 42 migrantes cruzaron el muro en dos puntos diferentes, uno en el centro y otro en la libertad, a un costado del aeropuerto.

Óscar, un mexicano de más de 50 años recién deportado, cuenta que en los últimos cinco días ha visto por lo menos unos cinco intentos de cruce, justo en el Cañón de los Laureles, a unos cuantos metros de donde trabaja en un obra, a un lado de un puente peatonal que está a la entrada de Playas de Tijuana.

Echado en el asiento de un carro viejo, se protege de la lluvia. Desde ahí, en el lomo de un cerro enclavado en un sitio privilegiado puede observar ambos lados de la frontera, un camino que durante la última semana ha sido el escenario de la peregrinación para los migrantes que, ante la desesperación, prefieren brincar la muralla.

“Esos güeyes no se andan con cosas”, dice el hombre nayarita, al recordar su deportación y cómo las autoridades de ese país que tanto extraña lo echaron de vuelta, “allá uno tiene que cumplir la ley, no es como acá, viera qué diferente, a esa gente que se cruza igual de rápido la van a echar”.

Durante la tarde, cuando preparaba la mezcla del día, se paró a observar el muro. Rumbo al sur, con un poco de lluvia, alcanzó a ver unos pequeños puntos negros, uno tras otro, moviéndose discretamente, pero con rapidez. Sorteaban las piedras y los desniveles de un cerro inestable que se clavó en medio de dos países.

“Eran como unos 10 monitos, igual, se cruzaron. Llegaron los policías de los dos lados, trataron de convencerlos de no cruzar pero… pues ya ve”, recuerda Óscar, “pobre gente, todo lo dejaron y todo lo perdieron, ya lo hacen por desesperación. Están bien cerquita, pero lejos, lejos de llegar”.

Según cifras del ayuntamiento, desde mitad de noviembre hasta la fecha han llegado unos 6 mil 200 migrantes de la caravana, que primero fueron concentrados en un albergue en Zona Norte, pero desde el fin de semana pasado fueron trasladados unos 2 mil 500 a El Barretal, en el este de la ciudad.

Del resto, unos 600 se rehusaron a cambiar de sede, otros 800 regresaron a su país, los menos están desperdigados en distintos refugios o rentan cuartos, y los demás en algún punto de la frontera, intentando cruzar.

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