Fundador:
Miguel R. Valladares García

jueves 13 diciembre 2018

Baches

Yolanda Camacho Zapata
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on Twitter

Hace unos días veía con mis alumnos el tradicional ensayo de Gaetano Mosca, La Clase Política. La premisa es simple: existen dos tipos de personas: gobernantes y gobernados. Quien gobierna, no es un ente solitario, sino que tiene alrededor un grupo de personas que, a pesar de no ser la cara frontal de la administración, sí constituyen una clase compacta de tomadores de decisiones.

La clase política, como la denomina Mosca, puede ser un ente perfectamente visible, como, por ejemplo, los miembros de un gabinete. Sin embargo, también pueden estar no tan identificables, tomando en consideración que no únicamente temas técnico-políticos se incluyen en la agenda pública, sino también asuntos económicos o de comunicación social. Ahí, la clase política se difumina, pero no significa que sea inexistente, simplemente sus actores tardan un poco más en revelar sus caras.

Ahora bien, cuando la clase política enfrenta un evidente cambio que culminará con su relevo, resulta importante asegurarse de llevar a cabo la transición de manera que en el proceso no se generen vacíos de poder que sean ocupados por otro tipo de fuerzas que, aprovechando la coyuntura, se instalen en espacios donde posteriormente sea imposible removerlos. Así, lo más inteligente es que quien ejerza el poder, lo ejerza hasta el último día, de manera que se disminuyan las posibilidades de que los espacios de decisión sean dejados vacantes y que después sea difícil retomarlos.

Oportunamente, la clase teórica, coincidió con la visita a nuestro estado del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, quien está a unos pasos de tomar de manera formal, la titularidad del Poder Ejecutivo de la nación. Ha llamado mucho la atención que, desde el mismo día de las elecciones, se generó una especie de relevo anticipado. Temas que corresponden al presidente la república comenzaron a ser ya tratados por el presidente electo. De ambos lados se notaba una especie de comodidad. Por parte del equipo del presidente en funciones, había incluso rostros de alivio. Por el otro lado, la alegría de quien finalmente pudo conseguir ganar una elección. Al haber esta clase de conformidad por ambas partes, pareciera que se establecía una especie de pacto de relevo sin sobresaltos.

Sin embargo, lo complicado viene al momento de querer comenzar a formular planes que se pueden traducir más bien en acciones encontradas entre quienes formalmente ocupan una posición todavía en el gobierno federal, y quienes van a llegar a sustituirlos. Viene a la mente, por ejemplo, el caso de la carta enviada por quien será la titular de Conacyt a quien actualmente lo dirige, en donde solicitó la suspensión de varios programas desde ahora, de manera que no se entregaran ni se comprometieran recursos para el 2019. Independientemente de lo razonable o no de tal petición, o incluso de que sea factible dado que, por ejemplo, las convocatorias Conacyt están ya presupuestadas en este año y resultaría tremendamente complejo no ejercer ese recurso, está la problemática del dilema de los huecos de poder que se generan si un relevo de clase política no es cuidado.

Si un futuro funcionario (y el caso de Conocayt es únicamente ejemplificativo, más no exclusivo), se siente con la capacidad de pedir a un funcionario actual que se realice tal o cual cosa desde ahora, es porque las condiciones le hacen pensar que puede ya decidir. Efectivamente, aunque el tono sea (como lo fue) respetuoso y netamente en el ámbito de la sugerencia, no podemos pasar desapercibido que, en otras condiciones, en donde hubiera un real ejercicio de poder, no se atrevería siquiera a pensar en sugerir nada por el momento, sino que más bien estaríamos observado planes que iniciarían para el primero de diciembre y no antes.

Una cosa es tener una transición pacífica y civilizada, y otra muy distinta es cerrar la cortina de la administración federal antes de la hora oficial. Conozco, por ejemplo, numerosos empleados de ese sector a quienes ya no se les renovaron sus contratos desde principios de este mes, dejando a instituciones federales trabajando con déficit de personal de un 40%, dado que el personal llamado “de estructura” o de planta, es únicamente poco más de la mitad de los trabajadores. Es casi natural observar a finales de cada sexenio, este impasse de relevos de trabajo, pero generalmente ocurre al inicio de la administración nueva y mientras ésta se acomoda y toma su propio ritmo, pero no de manera tan anticipada. Y esto, evidentemente, traerá ciertos retrasos a trámites y servicios, dado que no habrá suficientes personas trabajando en lo que debe de resolverse.

Sin embargo, lo que más deber preocupar no es que quienes terminan en diciembre hayan decidido cerrar el establecimiento desde ya, o que quienes inauguran el último mes del año, comiencen a ejercer funciones de facto desde ahora, sino que, al existir esta situación, es muy posible que se estén propiciando vacíos en áreas no tan visibles del estado y que sea ahí donde personajes o grupos comiencen a ocupar espacios y decidir, al ver que quienes debería de tomar decisiones ya no lo hacen y quienes quieren hacerlo, aún no tienen las facultades normativas.

Los vacíos de poder son como los baches en las calles en épocas de lluvia: no se notan, pero existen y en el momento menos pensado, causan descalabros. Dejar de ejercer el poder anticipadamente causará daños al igual que los causará quienes lo hagan de manera anticipada. Lo malo, es que somos nosotros los que acabaremos sumidos en baches rellenos de agua sucia.

Minuto a minuto