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Miguel R. Valladares García

domingo 19 noviembre 2017

Contra la corrección política

Yolanda Camacho Zapata
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Francamente, estoy preocupada. He notada últimamente cómo el discurso políticamente correcto nos está comiendo la honestidad. Quisiera decirles que el asunto se ha convertido en tema exclusivo de las clases gobernantes, pero no. Pareciera que toda la sociedad quiere ahora caer bien y lo hace a través de un discurso tejido de todo tipo de correcciones, en donde la honestidad queda enterrada bajo capas y capas de palabras bonitas. Pareciera también que cada vez tenemos más miedo a herir con palabras, pero también que cada vez tenemos muchas, pero muchas más personas que gustan vivir sintiéndose ofendidas. Las abuelitas dirían que estamos criando personas que tienen el cuero muy delgadito.

No me malentiendan, creo que las palabras pueden ser un arma mucho más devastadora que cualquier bomba. Es cierto también que la honestidad puede ser tan hiriente como decir una gran mentira u omitir deliberadamente la verdad; pero también quizá debemos comenzar a cuestionarnos si es momento de comenzar a desenterrar las opiniones propias y sin miedo, hablar lo que se crea, aunque no sea políticamente correcto.

El buen diálogo exige respeto. En gran medida, los discursos políticamente correctos se crearon debido a la falta de respeto entre dialogantes, que, inmaduramente, convertían sus verdades en armas hirientes e insultos sin más fundamento que su mal entendido derecho a expresarse. Al buscar un punto de equilibro, nació la corrección política y con ella una serie de palabras “propias” para usarse en público (mucho más si se está frente a un micrófono y cientos de personas) y generó una lista de conceptos que no debían de decirse jamás en público. Evidentemente, muchos contribuyeron a la elaboración de tal lista y aunque no fue publicada en el periódico oficial del estado, quedó en la usanza que habría ciertos temas que no debían tocarse, mucho menos usando ciertas palabras.

Es verdad que desde décadas atrás, han existido temas que se han designado como escabrosos, los cuales había que tratar, preferentemente, únicamente en lugares donde no se causaran problemas. Muchos de nosotros hemos escuchado aquello de que si uno quiere llevar la fiesta en paz, no hay que hablar de política o religión, por ejemplo. Claro, en espacios donde coincidan las personas justas, hablar precisamente de esos temas se vuelve una delicia argumentativa con altos valores nutrimentales. Sin embargo, los últimos años a la religión y a la política se han sumado cualquier cantidad de temas: derechos de las mujeres, bodas entre personas del mismo sexo, cuidados de los animales, tipos de comida. Mencionen un tema y ahora resulta que hay a su lado un tabú que, de ser verbalizado, pueda ofender a alguien. Recuerdo una película de esas para pasar el rato en donde un grupo de amigos trataban de emparejar a uno de ellos con una chica y la pareja anfitriona cocina un roast beef con zanahorias caramelizadas para presentarlos durante la cena. La mujer en cuestión resulta abstemia a la carne y tampoco come vegetales, ya que al ser desenterrados de la tierra, para ella fueron asesinados. Así, se crea un momento incomodísimo y el resto de la velada acaban todos sin hablar. La corrección política nos acabará volviendo mudos.

Estoy de acuerdo que hay ciertos temas que para ser visualizados deben de llevarse al estrado público en conjunto con una serie de cambios de lenguaje. Es claro que el lenguaje del odio puede alcanzar lo ordinario y, por tanto, había términos que sencillamente ya no cabían en el discurso de una sociedad moderna. Sin embargo, me preocupa mucho que la corrección política comience a deshacer el derecho a la crítica. Veo en la crítica la necesaria médula de cualquier sociedad que busque madurar y reconstruirse. Si de entrada comenzamos a amainarla con la autocensura, yo no veo entonces para dónde podamos crecer.

Ahora bien, la crítica inmadura está cargada de insultos. Confunde los argumentos con los adjetivos y se escuda en una libertad de expresión que, mal entendida, resulta una larga cobija para el odio, la intolerancia, el racismo y la violencia. Sin embargo, los largos silencios que puede causar la corrección política son igual de perversos, porque desarticulan el diálogo, lo matan sin siquiera haber empezado. Esto, sin agregar que quien se escuda en las correcciones, se priva del intercambio de ideas.

Alguna vez alguien me hizo ver que los primeros entrenadores en incorrección, son los hermanos. Quienes tenemos hermanos sabemos que el mundo no es unívoco. Hay que negociar los préstamos de juguete, las horas de atención de los padres, los eventos del fin de semana, y si compartimos recámara, las horas de luz por la noche, el volumen del radio. Los hermanos son la gran fuente de argumentación y defensa; pero también son el punto donde se aprende a concertar intereses, ceder ideas y encontrar el punto medio que genere un balance armónico en casa. Nada más sabroso que recordar los buenos pleitos de la infancia entre hermanos, en donde al paso de los años, uno entiende que mi necedad por tener las luces prendidas hasta altas horas, resultaba tan absurda como la terquedad de mi hermana por quedarse dormida escuchando música. Uno vive al final, entre la tenue luz de la lámpara de buró, mientras la música bajita inunda la habitación y nadie se muere por ceder.

Me conflictúa mucho que las generaciones nacidas de los ochentas para acá crezcan sobreprotegidos, cuidados en capelo de cristal blindado que no deje traspasar las delicias de saber que hay un montón de ideas en contra de lo que piensan como verdadero, sólo porque nadie los ha cuestionado con algo distinto. Los estamos aislando bajo pretexto de evitarles cualquier ofensa. Sin embargo, los estamos dejando solos. Solos y sin defensa ante los que les presenten cualquier idea absurda. Se la van a creer. Estamos criando una generación de ingenuos que carecerán de la necesaria caballería que lleva haber escuchado cincuenta mil opiniones sobre un único tema.

¿Estaremos enterrando la verdad? ¿escondiendo la crítica? ¿abandonando el diálogo productivo? ¿estaremos abstrayéndonos de los temas fuertes alegando sensiblerías? ¿dónde acaba la honestidad y empieza la corrección política?

Ahora enfrento la disyuntiva: ¿mandaré esta columna al periódico para que la publiquen, o será políticamente incorrecto escribir en contra de la corrección política?

Bendito sea el universo, que ha hecho que me siente bien la incorrección.

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