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Miguel R. Valladares García

jueves 20 septiembre 2018

De escaleras y barrotes

Jesús Silva Herzog Márquez
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La escalera atrapa. Un político es preso de sus peldaños. El instrumento que utiliza para trepar determina, más que el punto de su ascenso, la naturaleza de su mando. El ambicioso se envanece, por supuesto, con la fantasía de la libertad. Está convencido de que la escalera es solamente un instrumento. Al llegar a la cima podrá tirarla. ¿Qué importa cómo se asciende si al final del día se llega a la cima? El político se convence de que, una vez que llegue al poder, decidirá con libertad, con anchísima autonomía. Si hoy se ve forzado a pactar es porque es necesario para subir pero está seguro de que, una vez en la cúspide, hará lo que quiera. Lo correcto, naturalmente. No se da cuenta de que la ruta lo atrapa. Que la vía de ascenso configura los retos, las ventajas, las cargas del poder. Dime cómo subes y te diré cómo resbalarás. No es casualidad que la primera pregunta que planteó Maquiavelo para pensar el poder haya sido precisamente esa: ¿cómo se adquiere el principado? ¿Lo has heredado o quieres conquistarlo? ¿Te llega por casualidad o te has dedicado a ganarlo? ¿Has hecho pacto con los poderosos para hacerte del reino o te has aliado a los débiles? El florentino sabía que la forma de llegar al poder sellaba su ejercicio. Heredar el reino no era lo mismo que arrebatarlo; seguir las reglas para ascender no era lo mismo que romperlas. En la batalla que se elige para conquistar el poder se esculpe el poder que podrá ejercerse. Y ahí mismo se trazarán sus limitaciones.

Quiero decir que el camino al poder no es inocente. Que los medios someten a los fines. ¿Podría hablarse en estos días de una maldición del poder? Sí: el modo de tu ascenso será tu perdición. Aquello que te enorgullece hoy te arruinará mañana. Si un político está dispuesto a aliarse con la escoria, se someterá, tarde o temprano a ella. Si destroza las reglas, tendrá que enfrentar la consecuencia de su temeridad. Si las acata disciplinadamente, quedará atrapado en la red. Si ha destruido a un partido, que no cuente con él… Nadie tiene derecho a invocar inocencia: eres lo que haces; cargas lo que has hecho.

El Frente por México (así creo que se llama esta semana) es uno de los acontecimientos de la temporada. Una verdadera sorpresa o, si se quiere, una hazaña. Nunca creí que esa izquierda y esa derecha pudieran reconciliarse para formar una opción electoral. Fueron nuestros extremos: los herederos de Gómez Morin y de Lázaro Cárdenas. El PAN, el PRD y otro partido que acostumbra cambiar de nombre postulando a un mismo candidato con la noble intención de salvarnos del PRI y de López Obrador. A decir verdad, no es claro qué quieren. Nadie sabe lo que proponen porque no van más allá de la vacuidad del “cambio de régimen” pero es claro cuáles son los polos de su enemistad. La candidatura de esa alianza se habrá moldeado en incontables cenas, cafecitos, conversaciones, comidas, juatsaps, brindis, desayunos, conferencias. Por supuesto, para definir la candidatura no eran necesarios los votos, ni las asambleas, ni las convenciones, ni las encuestas, ni los debates. Tres votos bastaban. ¿Para qué entorpecer con democracia la epopeya de un cambio de régimen?

Si hablamos hoy de amenazas a la democracia, podríamos empezar por la amenaza que representa el “Frente”. Aniquilar al PAN, como lo hizo Ricardo Anaya, es abrirle el paso al caudillismo que viene. Nada nos hace tan vulnerables al autoritarismo como la desaparición de ese partido. Si algo podía cuidarnos del populismo autoritario era la presencia de una formación política con ideas y reglas. Anaya destruyó a Acción Nacional para hacerse de la candidatura presidencial. Por eso no puede contar hoy con un partido al que ha liquidado. Hábil como fue para negociar con sus adversarios, no fue capaz de aceptar la disidencia dentro de su partido, no supo dialogar con la crítica interna, no toleró la discrepancia en su partido. Arrinconó a los críticos, los condujo al precipicio y los invitó al salto. Nadie puede sorprenderse: si algo obstaculiza el crecimiento del Frente es precisamente el éxito de Anaya en su partido. Su victoria, es decir, su imposición, obstruye el crecimiento de la alianza. Sus enemigos más temibles eran, hace unos meses, aliados. La escalera de su ambición ya lo castiga. Los escalones que usó son sus barrotes.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

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