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Sábado 19 Agosto 2017

De plagios a plagios

Alfonso Lastras Martínez
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La semana que hoy termina, el CONACyT hizo llegar a los miembros del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) un comunicado vía Internet en el que se dan a conocer las sanciones que el SNI impuso a los investigadores Rodrigo Núñez Arancibia y Juan Pascual Gay por fraude académico; específicamente, por haber plagiado material publicado en diversos artículos y libros por otros investigadores. La sanción impuesta por el CONACyT a ambos investigadores fue la pérdida de la distinción como miembro del SNI y la imposibilidad de regresar al mismo por 20 años.

Rodrigo Núñez Arancibia es de nacionalidad chilena. Después de graduarse con una maestría en Chile vino a nuestro país en donde en el año 2004 le fue conferido un grado doctoral por el Colegio de México. Este grado, sin embargo, le fue retirado hace unas semanas al comprobarse que su tesis doctoral era en realidad un plagio casi total del libro “La revolución empresarial chilena” publicado en 1997 por la investigadora chilena Cecilia Montero Saavedra y por lo tanto carecía de la originalidad demandada por el Colegio de México.

Antes de ser descubierto como plagiario, Núñez Arancibia había realizado una exitosa carrera académica que lo llevó a ser contratado como investigador por la Universidad Michoacana y a ser admitido en el SNI. Todo esto basado en una asombrosa e intensa actividad que se extendió por más de una década que lo ha llevado a ser caracterizado como un “plagiario serial”. Para tener una perspectiva de la amplitud de dicha actividad, vale la pena leer el artículo de José Antonio Aguilar publicado el pasado mes de julio en la revista NEXOS que lleva por título “El extraño caso del pirata Arancibia”, en el que se caricaturiza a Núñez Arancibia como un corsario en los mares de la academia, australes y septentrionales, los cuales “surcó durante más de una década saqueando a diestra y siniestra con absoluta impunidad”.

El segundo caso mencionado por el comunicado del CONACyT es el de Juan Pascual Gay quien, en un artículo publicado el pasado 30 de junio en el diario El Universal fue acusado por el escritor Guillermo Sheridan de haber plagiado en un 99% un texto suyo publicado en 1993 en la revista “Vuelta”. Una comparación del artículo de Pascual Gay –publicado en el año 2000 en la revista catalana “Arrabal”– con el original de Sheridan no deja margen para dudar que se trata de un plagio burdo. A raíz de esta acusación, Pascual Gay fue destituido de su puesto como investigador del Colegio de San Luis.

Las acusaciones de plagio no son, por supuesto, nada nuevo y en el campo de la literatura ocurren de manera frecuente, involucrando incluso a autores muy connotados. Tan connotados como Alfonso Reyes, quien en 1954 fue acusado de plagiar un texto corto sobre Julio Verne del escritor George Kent, publicado en la revista “The Saturday Review”. Si bien el plagio fue más que evidente y Reyes tuvo que reconocerlo, hubo quien consideró que había cometido solamente un pecado menor. Que no de juventud, pues en esos momentosel escritor tenía 65 años–y ninguna necesidad, por supuesto, de plagiarle textos a nadie.

El plagio de textos de ninguna manera se limita a la literatura o las ciencias sociales y se da en todos los campos científicos.Para averiguar la magnitud con que ocurre esto y cómo impacta al desarrollo de la ciencia, Daniel Citron y Paul Ginsparg de Cornell University llevaron a cabo un estudio sobre la práctica de duplicación de textos en diversos campos científicos. Dicho estudio, publicado en la revista “Proceedings of the National Academy of Sciences” el pasado mes de enero, se realizó con la base de artículos conocida como arXiv.org que comprende casi un millón de artículos en áreas de la física, las matemáticas, la ciencia de la computación, y la biología, entre otras.

Citron y Ginsparg encontraron que, si bien la duplicación de textos en estas áreas es una práctica bastante extendida, ésta se da en gran medida en condiciones que pudieran considerarse aceptables. Es, por ejemplo, frecuente que un investigador reúse en nuevos artículos frases publicadas en artículos previos de su autoría –lo que técnicamente es un auto plagio–. No es tan frecuente, en contraste, que un investigador se apropie de un texto ajeno sin citar su origen. Según Citron y Ginsparg, además, el plagio sistemático se centra en un reducido grupo de especialistas, de modo que una gran mayoría de investigadores son ajenos a dicha práctica.

Y lo más importante, Citron y Ginsparg, encuentran que los artículos que contienen material reciclado de artículos anteriores son menos citados que otros artículos con material original. El número de citas por otros autores que recibe un artículo de investigación es una medida del impacto que ha tenido, de modo que los artículos con material plagiado tenderían a pasar sin ser notados por la comunidad científica y su influencia en el desarrollo de la ciencia sería menor. Así, si hemos de creer a Citron y Ginsparg, la ciencia no sufre demasiado por el hecho de que haya quien plagie de manera sistemática. Y posiblemente, por extensión, lo mismo podamos aplicar a la literatura.

De lo anterior podemos concluir que si bien hacer del plagio un modo de vida puede ser peligroso, como nos lo demuestran los acontecimientos recientes, existe un elemento de racionalidad que impulsa a algunos hacerlo, pues puede ser al mismo tiempo una actividad redituable. Más difíciles de entender son, por otro lado, las motivaciones por las que un escritor de gran envergadura decide plagiar un texto menor.

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