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Miguel R. Valladares García

sábado 21 julio 2018

De prioridades

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Para aquellos que nacimos en el siglo XX, y tuvimos la oportunidad de transitar por algunas de sus décadas, nos será fácil recordar aquel periodo gubernamental en que hasta para los eventos privados se podía contar con la presencia del gobernador. Así, podíamos gozar de cualquier evento social sabiendo que podía o no ir incluida su presencia, y elegir el de nuestro agrado.

Casi pareciera que al momento de alquilar cualquier salón o jardín de eventos sociales, podía cerrarse el trato por la misma cantidad, apostillada con la interrogante ¿con gobernador o sin gobernador?

Eran años en los que la figura del tío Polino estuvo asociada permanentemente con aquella afamada cadena de rosticeros aviares, en los que se daba cobertura gastronómica para bodas, quinceañeras y banquetes. Eran años desde luego, en los que la tranquilidad de provincia era de armiño, sin mácula alguna de violencia; años en que los mismos gobernadores transitaban por las calles como cualquier ciudadano de cédula cuarta, sin más séquito que el de los consabidos burócratas aduladores, caudatarios, turiferarios, y un chofer que hacía también las veces de asistente de tierra. No más

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La socialización de nuestros gobernadores, en la década de los ochenta, no era cosa nueva; muchos habrán visto las fotografías de la época en que el gobernador el general Reynaldo Pérez Gallardo, mejor conocido en el bajo mundo como la lagartija, asistía militarmente ataviado a la inauguración de los cines Azteca y Alameda.

Pocos años después el Alazán Tostado, también como gobernador, y su esposa doña Leola Pue Cavazos de Santos Rivera, eran recurrentemente invitados de honor a los cocteles y bailes de La Lonja. Tocó al viejo Santos inaugurar el Casino del STIC, y alguno de los céntricos cines que luego acabaron en pornógrafos. Su tesorero y sucesor en el cargo, Ismael Salas, potosino de cepa y raigambre al fin, también se la discutía socializando; fue él quien inauguró el legendario Cine Avenida.

La cosa sin embargo no era nada más socializar, las necesidades públicas de la ciudadanía –salvo las de democracia– eran resueltas de una manera expedita y precisa; abigeos, asaltantes, y violadores, eran sancionados en el momento por un ministerio público habilitado para tales fines, y ejecutados en el lugar donde se les sorprendía delinquiendo. Nunca, al menos no que nos hubiéramos enterado, ni los hombres de sociedad, ni los ínclitos varones de dios como el obispo Anaya y Diez de Bonilla, o el virtuoso presbítero Ricardo Basilio Anaya y Legorreta, cuestionaron los actuares de la justicia de los gobernantes. Y es que había prioridades.

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Menos de una década atrás, a fines de los años treinta, cuando el general Lázaro Cárdenas estuvo residiendo en San Luis Potosí, con motivo de la rebelión del general Saturnino Cedillo, no sólo tuvo tiempo de enfrentar militarmente a su ex ministro de agricultura; en un alarde de sangre fría, caminó por la plaza de Ciudad del Maíz, reducto cedillista por antonomasia, en la capital del estado recorrió los hangares y fue invitado de honor en comidas organizadas por las cámaras empresariales y organizaciones diversas.

En el mismo nivel, el de los presidentes de la República, el inefable Gonzalo N. Santos refiere: a don Venustiano Carranza tenía tiempo hasta para la siesta, y al pinche loco d Echeverría no le alcanza el día para hacer pendejadas. Hay prioridades –y se comprenden– de todo tipo entre nuestros gobernantes.

Y es que a propósito de la vida social de nuestros gobernantes y sus prioridades en el ejercicio de su encargo, recordé que hace casi un mes, durante la visita a esta ciudad de Julio Patán y Alejandro Rosas, autores del libro México Bizarro; comentaba con ellos en cierto tugurio de los arrabales del viejo San Luis, gracias al jolgorio comunicativo acicateado y liberado por el alcohol, que en la segunda parte de su libro, deberían agregar algún capítulo dedicado a nuestro actual gobernador.

No es posible que mejor hubieran dedicado, en el referido libro, un apartado para describir los conceptos morales de don Gonzalo, y no se hubieran enterado cómo en medio de la crisis de combustible energético; el caos generado por el tránsito de las calderas gigantes en los caminos potosinos, y la violencia que asolaba diversos puntos de nuestro estado, el doctor Juan Manuel Carreras se trasladó por helicóptero a los rumbosos festejos de Rubí, la quinceañera que tuvo la festividad más concurrida de la que se tenga noticia en nuestro estado. Ni el destape de Silva Nieto.

Anécdota que debe ser recogida en ese libro que se ha convertido en un flamante anecdotario de absurdo surrealismo mexicano.

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Es que no alcanzo a comprender, quizá por cierto atrofiamiento de mis capacidades interpretativas, las prioridades de nuestro gobernador el doctor Juan Manuel Carreras.

Si ya realizó, en medio de diversas crisis que atravesaba su estado, un viaje en helicóptero para asistir a unos quince años en el corazón del altiplano, quizá porque fue de anónimo pajecillo o padrino, no es posible que no hubiera asistido a recorrer la zona dañada por la espantosa granizada de esta semana que concluye, en la zona de Venado y que la dejó en una bárbara situación de emergencia. Hay prioridades, en efecto.

Y queda demostrado que no para todos son las mismas, como el caso del alcalde con licencia, Ricardo Gallardo, para quien es una prioridad que su franquicia familiar gane de senadores para abajo, aunque en la presidencia se vote por otros, no el triunfo del partido con el que hizo azul alianza. Veremos cuáles son las prioridades de la ciudadanía en las urnas.

Dicen los que saben, y los que no, repiten: que hoy es domingo familiar; disfrútenlo pero no se excedan.

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