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Miguel R. Valladares García

domingo 16 diciembre 2018

Del deber de disentir

Marco Iván Vargas Cuéllar
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[Spoiler alert: nadie posee

el monopolio de la razón]

Quien entiende de política parte de una máxima: el disenso es una condición permanente. En una sociedad donde la pluralidad es una manifestación de la realidad compleja, la democracia permite establecer espacios de representación de las muchas voces existentes. Esa es la razón por la que en el diseño de nuestras instituciones, es tan necesaria la existencia de la representación plural. Usualmente suele pensarse que los partidos políticos son las únicas instancias de representación de los discursos presentes en una sociedad. Luego la realidad nos demuestra que ni los partidos ni las instituciones alcanzan para dar voz a todos. De ahí salen nuevas corrientes de la democracia participativa, la que busca reconocer, visibilizar y presentar a los sin voz, a los ciudadanos no organizados, a quienes tienen algo que decir y no saben cómo hacerlo, o a quienes aún sin tener algo que decir, resultan afectados por las decisiones de quienes los representan.

Voy más allá. En una sociedad que se precia de ser plural, el disenso es una señal de salud democrática. Si prestamos algo de atención al diseño de los mecanismos de conformación de los poderes públicos, observaremos que existen espacios de representación que están llamados a equilibrar el poder en el nombre de la sociedad plural. La elección del Ejecutivo obedece a la lógica de que el vencedor lo gana todo, independientemente del porcentaje de votación alcanzada con respecto al total de la votación emitida, la constancia de mayoría le alcanza para ocupar todas las posiciones de toma de decisiones en la administración pública que encabeza. Cosa distinta ocurre en el Legislativo donde en México tenemos un sistema mixto: las y los diputados electos en distritos uninominales donde quien gana ocupa el asiento, pero también las y los diputados de representación proporcional que por diseño, representan al voto de los ciudadanos que optaron por alguien que no ganó.

Hasta ahí todo bien (excepto para quienes piden la desaparición de la representación proporcional, pero no discutiremos eso ahora). La representación formal de la sociedad plural requiere disenso en la discusión de los asuntos públicos. Los que entienden de dialéctica citan a Hegel y explican al mundo como resultado del desarrollo y la lucha de sus contradicciones. La síntesis es la solución que proviene del choque de argumentos entre adversarios. Y si esto es así, de entrada habría que anotar en el prontuario de las virtudes políticas al tratamiento del disenso como condición indispensable para decidir.

Hoy aspiramos a que este saludable disenso se mantenga virtuoso siempre y cuando cumpla, por lo menos, con dos condiciones: La primera es que exista siempre una justificación racional del desacuerdo; la segunda es que quien decide, lo haga representando también a los otros.

Pero el disenso también despierta perversiones políticas. Quien carece de madurez y oficio político se abandona a la soberbia, o acude a la estridencia incendiaria. Hubo un tiempo donde el mayoriteo y los albazos (que vergüenza usar esas palabras, tan bien que íbamos) eran el tratamiento habitual para garantizar la eficacia política frente a la minoría contestataria.

Es curioso. Me pregunto si esta incapacidad de decidir desde el disenso está determinada por el código genético de la política o bien si es un reflejo de nuestra propia incapacidad social de confrontarnos de manera virtuosa. Hagamos que la democracia funcione con muchas voces y oídos bien abiertos. Pidamos una política de intercambio de razones; para luego es tarde. Los soberbios, los gritones, las cartulinitas y los sombrerazos se pueden quedar afuera, no los necesitamos.

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