Fundador:
Miguel R. Valladares García

Viernes 19 septiembre 2014

El trineo

Yolanda Camacho Zapata

Mi hermana y yo vimos una vez el trineo de Santa Claus. Como ya les he contado, traigo por ahí algo de sangre tamaulipeca, así que cada año nos lanzábamos a las lejanas tierras del norte a visitar a la parentela, que vive en plena frontera con Estados Unidos. Una vez, nos hospedamos en un hotel del otro lado del río Bravo, y una vez habiendo cenado con la familia, regresamos a dormir. Fue entonces cuando mi hermana y yo vimos por la ventana una luz que se acercaba y que nos dio prueba científica de que el trineo con Santa venía justo hacia nosotros. Hasta escuchamos las campanas, los cascabeles y las risas del barbón. Obviamente corrimos a dormirnos y al otro día, debajo de nuestras camas, aparecieron unas cajas de cartón y adentro, sin armar, unas bicicletas de color rosa con unas tiritas colgando de los manubrios y una canastita pequeña adelante. Cargamos con todo y cajas a San Luis y con esas bicis mi primo Armando nos enseñó a andar con tremendos zacatorrazos de por medio.

De eso me acordé el día en que pocos años después, mi mamá, muy propia ella, nos sentó a mi hermana y a mí en el comedor y nos anunció que Santa Claus no existía. No al menos, de la forma en que nos lo imaginábamos. Por supuesto que para aquél entonces, los rumores en la primaria estaban a todo lo que daban e incluso compañeras mostraban la cara de quien con placer malsano rompe la ilusión de alguien más. Vaya, que ya de sorpresa, sorpresa, no me cayó, pero si fue un duro golpe. Me acuerdo incluso, que ese día tenía frente a mí un plato amarillo de plástico servido con una chuleta ahumada y puré de papa a lado que se quedó intacto porque el hambre se me fue. Sentí que algo se rompió dejando un hueco que no estaba como para llenarlo con pedacitos de chuleta.

Luego, valoré mucho más que Santa hayan sido mis papás. Ya les he contado que hubo época de vacas raquíticas en casa y aún así, nunca nos faltó en Navidad la ilusión de un regalo que aparecía mágicamente en el arbolito. Después, aprendí a valorar no tanto la ilusión irracional, sino la esperanza interminable. Soy, orgullosamente, miembro del Club Scrooge, fundado por el difunto Germán Dehesa, porque en primera, me choca la cursilería y hay fechas que quitan toda buena razón por andar empalagando con puras falsedades. Creo fervientemente que no hay mejor magia que la que uno produce; que no hay mejor amor que el que lavar los platos al parejo y saca la basura cada tercer día y que no importa si olvida el aniversario, si se acuerda que falta leche en el refri. Claro, los detalles son importantes, pero no lo más importante. Por eso, me chocan los regalos de chocolates y cenas a la luz de las velas cuando la pareja se ignoró todo el año; las tarjetas de “Eres mi súper amigo” cuando no fueron para ir a darle un aventón a su casa ya cuando estaban muy borrachos, o para acompañar cuando se necesitaba ahogar las penas y mentar de madres, por pura solidaridad, contra aquella mala mujer que dejó a nuestro cuate cual trapeador de mercado en domingo por la noche.

Ahora, mi esposo y yo fungimos de Santa. Nuestros hijos hacen sus pedidos y nosotros los surtimos, escondemos y llegado el momento vemos las caras fantásticas de nuestros chavillos. Y no tanto porque nos encante la idea de un hombre con evidente sobrepeso haciendo malabares, sino porque todavía los niños tienen derecho de creer que si obran bien, habrá una recompensa. Que ser todo el año trabajador, honesto, generoso y constante trae beneficios; los hace mejores persona y los prepara para ser adultos decentes. Uno merece, a cualquier edad, una palmada en la espalda, un agradecimiento, y saber que todo va a estar bien.

Hace unos días, les conté de las trece almas que entibiaron la mía fungiendo de duendes anónimos para surtir un regalo de niños en necesidades extremas que escribieron sus cartitas al hombre de rojo y las entregaron en DIF municipal. Hace un rato, vinieron del DIF a recoger los regalos de setenta almas bondadosas que me contactaron para sumarse a la causa. No venían en trineo con renos, pero yo escuché clarito las campanas y cascabeles de ese día cuando mi hermana y yo, vimos a Santa. Muy pronto, algún niño se despertará y sabrá que la esperanza siempre vale la pena, aunque no tenga sobrepeso, ni traje rojo, ni barbas.

Envío: A las setenta almas. Gracias profundas, con todo mi corazón.

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