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Miguel R. Valladares García

miércoles 15 agosto 2018

Hartazgo

José Santos Zavala
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En 2018 México vivirá el proceso electoral más complejo de su historia, se elegirán 629 cargos federales y 3,014 locales; participarán 87,879,838 electores; se instalarán 156,000 casillas con 1,400,000 ciudadanos como funcionarios de casilla. Millones de spots bombardearán a los mexicanos tanto en la radio como en la televisión; seremos testigos de una lucha sin cuartel donde cada protagonista es el bueno y sus adversarios los malos; abundarán las descalificaciones sin evidencias, verdades a medias, pero sobre todo promesas sin sustento.

Los mexicanos acudiremos a las urnas en un contexto de hartazgo social, causado por el incremento de la violencia e inseguridad en prácticamente todo el país; en la multiplicación los actos de corrupción por parte de funcionarios públicos; en el predominio de impunidad, pobreza y desigualdad. El piso de oportunidades para los mexicanos no es parejo para todos, por lo que las condiciones para un cambio en las estructuras de poder están dadas: corresponde a los electores tomar la decisión.

Según Consulta Mitofsky, en octubre de 2017, las instituciones con más bajo nivel de confianza son: 1) partidos políticos (4.4), sindicatos (4.6), diputados (4.8), policía (4.8), presidencia de la república (4.9) y senadores (5.0). Las instituciones con más alto nivel de confianza fueron: universidades (7.4), iglesia (7.1) y ejército (7.0); esta evidencia del sentir de los mexicanos muestra que no confía en las instituciones de la democracia, en aquellas que son producto de un proceso de elección.

Con datos de la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental, para el 70.42 % de los mexicanos el principal problema es la inseguridad y delincuencia, en segundo lugar, el desempleo (50.98 %), seguido por corrupción (48.47 %), pobreza (39.28 %), mal desempeño del gobierno (30.85 %), mala atención en centros de salud y hospitales (17.87 %), baja calidad de la educación (13.99 %), mala aplicación de los recursos públicos (8.32 %), falta de coordinación de los tres niveles de gobierno (7.24 %) y falta de rendición de cuentas (3.51 %).

En cada proceso electoral, la clase política encuentra más dificultades para convencer al electorado, sobre todo porque este tiene un nuevo perfil; para estas elecciones, el 29 % de la lista nominal es menor a 29 años; de los cuales 3.8 millones de jóvenes votan por primera vez; será este sector de la sociedad la que defina una nueva correlación de fuerzas políticas; este sector del electorado está informado mediante las redes sociales, cuestiona las decisiones centralizadoras, rechaza las jerarquías y unilaterales de la clase política, no se identifica con ella.

Otro reto de la clase política está en convencer a quienes no van a las urnas, es decir, combatir el abstencionismo, el cual ha sido muy alto. En elecciones presidenciales en 1964 fue del 30.67 %, para 2012 paso a 36.66 %; en elecciones intermedias federales fue del 38.6 % en 1967 y 47.38% para 2015. En San Luis Potosí, quienes no acudieron a las urnas en 1993 para elegir gobernador fue del 61.2 % y para 2015 disminuyó al 41.83 %. La principal consecuencia de este fenómeno han sido los bajos niveles de legitimidad de quienes resultaron electos.

Esta situación obliga a la clase política a transformar su estilo de interactuar con el electorado para convencerlo, primero para que acuda a las urnas y segundo para que su voto lo favorezca. Las tácticas dominantes utilizadas han sido: 1) el clientelismo, 2) caciquismo, y 3) corporativismo; sin embargo, su efectividad ha disminuido sobre todo por la transformación del perfil de la sociedad; el surgimiento de un electorado informado, cuestionador y predominantemente urbano son las causas del por qué transformar las formas de hacer política.

El clientelismo es la principal debilidad de la democracia mexicana, comprar los votos utilizando como instrumento a los programas gubernamentales ha erosionado aun más la credibilidad de la clase política; las autoridades electorales son ineficaces para combatir esta práctica corrupta de los procesos electorales, es un grupo de funcionarios que conoce las reglas electorales, pero no tiene la capacidad técnica, la sensibilidad ni la voluntad para hacerlo de manera efectiva.

La clase política es un grupo cerrado, es complicado ingresar a ella, son familias que mediante prácticas caciquiles heredan los cargos electorales, es común encontrar que el presidente municipal se lo hereda a la esposa, hijos o hermanos; lo mismo sucede en diputaciones tanto locales como federales; sus adversarios, con tal de obtener triunfos electorales, acuden a figuras del espectáculo o del deporte, que poco o nada saben de los asuntos públicos, terminando siendo manipulados y controlados por los eternos actores de la política.

Para la política mexicana el ciudadano no importa, sino la organización a la que pertenece, se hace política no para la sociedad sino para los sindicatos y las corporaciones, son ellas las que movilizan a los ciudadanos a los mítines, pero sobre todo el día del proceso electoral. Las grandes concentraciones son un monólogo, quienes hablan en nombre de la sociedad fueron designados mediante procesos nada claros; los actores políticos construyen discursos sin argumentos, sin evidencia empírica, que solo buscan construir ilusiones de un mundo mejor.

El hartazgo social, presente en los próximos procesos electorales es generado por el incremento de la inseguridad, violencia, corrupción, pobreza y desigualdad. Lo anterior demanda erradicar al clientelismo, caciquismo y corporativismo como formas de hacer política, es necesario poner en la agenda de la política al ciudadano y sus necesidades; llego el momento del cambio político, los ciudadanos libres tienen hoy, como nunca, el instrumento en sus manos:  el voto razonado.

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