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Miguel R. Valladares García

lunes 18 diciembre 2017

La Constitución de la ciudad

Jesús Silva Herzog Márquez
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Promulgada el día de San José, la constitución de Cádiz fue conocida popularmente como “la Pepa”. ¿Cómo se conocerá la constitución de la Ciudad de México? ¿”La ilegítima,” por ser fruto de una grotesca maquinación que negó representatividad al constituyente y por carecer de respaldo directo? ¿”La perica”, por su carácter declamatorio? ¿”La empalagosa”, por su cursilería? ¿”La tartamuda”, por sus abundantísimas reiteraciones? ¿”La Narcisa”, por su enamoramiento de sí misma? ¿”La bizca,” por su incapacidad de enfocar la materia que tenía frente a sí?

Ilegítima, sin duda. Ha sido publicada ya en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México. No se pidió la ratificación popular para una ley que han querido vender como refundación de la ciudad. No hay constitución democrática en tiempos recientes que haya comenzado a regir sin el voto aprobatorio del electorado. Pero esta ley que se vende como admirablemente democrática desconfía del voto. Sólo se nos llama a acatarla. La deserción democrática no está solamente ahí, en su autoritaria promulgación. Su cuerpo redactor no fue una asamblea plenamente representativa sino un cuerpo en donde coexistieron representantes y delegados. En la constitución impuesta intervinieron “diputados” con un solo voto: el del presidente de la república.

Debe reconocerse que la constitución capitalina es fiel a una tradición constitucional: la cursilería. El sentimentalismo nos viene de lejos. Un constituyente de la primera carta federal veía su trabajo como floricultura: hay que recoger las flores más hermosas para perfumar con la ley suprema los jardines de la nación. Así se ha querido escribir y leer la constitución: política vuelta perfumería. De ese modo se nos presenta la nueva ley capitalina: “Guardemos lealtad al eco de la antigua palabra, cuidemos nuestra casa común y restauremos, por la obra laboriosa y la conducta solidaria de sus hijas e hijos, la transparencia de esta comarca emanada del agua. Espejo en el que se mire la República, digna capital de todas las mexicanas y los mexicanos y orgullo universal de nuestras raíces.” No es retórica decimonónica. Ojalá lo fuera. Es empalagosa y muy contemporánea adulación del lugar común y elemental chovinismo pueblerino.

La vocación ornamental de redactores y constituyentes llena a la constitución de expresiones inútiles, de declaraciones jurídicamente inservibles pero grandilocuentes. Se deleita la constitución en rendir homenajes: elogia a mujeres y a indígenas, a trabajadores y a migrantes. Sería absurdo negar las aportaciones de cada grupo al desarrollo común pero, ¿es una constitución el lugar para halago? Pueden leerse, por ejemplo frases como ésta: “Esta constitución reconoce la función primordial de la actividad docente, su dignificación social (sic), así como la blablablá.” Bonito reconocimiento pero, ¿tiene sentido en una ley? ¿Sobre todo, tiene sentido el narcisismo de este texto que no deja de piropear a la ciudad de México como el espejo de la nación, el espacio abierto a los perseguidos, la capital de la inteligencia, una fuente civilizatoria?

La constitución aprobada sigue siendo un texto desordenado y terriblemente reiterativo. Si uno termina la lectura del texto ha leído mil veces una misma cosa. Al parecer, no basta asentar el principio de no discriminación. Hay que hacerlo una y otra vez. Hay que detallar cada hipótesis y reiterarla como si la repetición solidificara el derecho.

Se incluyen en la nueva constitución decisiones que corresponden a los gobiernos, se tratan materias que escapan a las competencias de la capital. Las autoridades capitalinas, por ejemplo, habrán de promover “condiciones para el pleno empleo, el salario remunerador, el aumento de los ingresos reales.” ¿Cuentan con instrumentos para lograrlo? Puestos en esas, ¿por qué no llamarlos a promover condiciones para la paz universal?

El estilo oratorio, el desorden, la torpeza técnica y la demagogia no son buen fundamento para una norma. Si conmemoramos el centenario de la constitución de 1917 con la promulgación de este documento dejamos testimonio de un siglo de ignorancia. Cien años empeñados en no aprender que la constitución ha de ser la ley que sujeta al poder, no el proyecto de quienes lo detentan.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Twitter: @jshm00

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