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Jueves 27 abril 2017

La guerra antigua

Alfonso Lastras Martínez

El 6 de septiembre de 1977 fue lanzada desde Cabo Cañaveral la sonda espacial Voyager 1 con la misión primaria de estudiar a los planetas gigantes Júpiter y Saturno, lo mismo que a Titán, el mayor satélite de este último. Una vez completada su misión primaria, la nave Voyager 1 continuó una trayectoria espacial que la ha llevado a internarse en el espacio interestelar. En estos momentos la sonda se encuentra a una distancia tal que las señales que emite tardan unas 17 horas en llegar a la Tierra.

El Voyager 1 es además conocido porque lleva a bordo un disco fonográfico de cobre recubierto de oro con 115 imágenes de la Tierra, además de mensajes en 55 idiomas y grabaciones de música de diversas partes del mundo, incluyendo una pieza de música mexicana –El Cascabel de Lorenzo Barcelata en versión de mariachi–. Todo esto con el objeto de hacer saber de nuestra existencia y de nuestra cultura a los hipotéticos extraterrestres que por casualidad pudieran toparse con la nave en un futuro remoto.

Dado que la guerra y los conflictos entre grupos es una de las características que más distinguen a nuestra civilización, no han faltado las críticos que hacen notar que ninguna de las imágenes enviadas al espacio refleja dicha característica. Esto habría sido debido a la pretensión de los impulsores del proyecto –encabezados por Carl Sagan de Cornell University– de no presentarnos ante los extraterrestres como una civilización agresiva y dada a los conflictos.

Por otro lado, como parte del proyecto “The last picture”, en noviembre de 2012 fue lanzado al espacio adherido a un satélite de comunicaciones un disco de silicio en el que se encriptaron cien imágenes de la Tierra. El propósito del proyecto era, no tanto hacer saber a los extraterrestres de nuestra existencia, sino el de crear una cápsula del tiempo que preservara nuestra memoria en una escala de tiempo geológica.

Con relación a esto último, los impulsores del proyecto “The last picture” hacen notar que a la altura a la que orbitan los satélites de comunicaciones –unos 36,000 kilómetros– no hay rozamiento con la atmósfera de modo que dichos satélites permanecerán en órbita de manera indefinida –a menos que por accidente choquen con un meteorito o sufran algún otro percance–. La información almacenada en el disco de silicio será de este modo y en principio preservada hasta que el Sol crezca y engulla a la Tierra, lo cual ocurrirá algunos miles de millones de años en el futuro.

En contraste con el proyecto Voyager, “The last picture” no tiene reticencias en mostrar nuestro comportamiento violento e incluye una fotografía de una explosión nuclear, lo mismo que de soldados durante la Primera Guerra Mundial portando máscaras antigás.

Por lo demás, al margen de cualquier actitud de pretender ocultar o hacer explícita nuestra vocación guerrera a los hipotéticos extraterrestres o terrícolas del futuro remoto, es interesante preguntarnos por el origen de esta vocación. En este punto los especialistas no se ponen de acuerdo. ¿Eran violentos los grupos de cazadores-recolectores nómadas? O bien ¿Es nuestro comportamiento violento producto del sedentarismo que trajo la invención de la agricultura, como una manera de defender un territorio o un depósito de alimentos?

Con respecto a esto, un artículo publicado esta semana en la revista “Nature” por un grupo internacional de investigadores encabezados por Marta Mirazón Lahr de “Cambridge University” en el Reino Unido, se reporta un estudio llevado a cabo con los esqueletos de cuando menos 27 individuos, que fueron encontrados semienterrados en Nataruk, cerca del lago Turkana en Kenia. Los esqueletos corresponden a cazadores-recolectores, tanto hombres como mujeres, que murieron hace unos 10,000 años.

Diez de los esqueletos están bien preservados y esto permitió determinar que pertenecieron a individuos que tuvieron una muerte violenta. Algunos por golpes en la cabeza y otros por facturas producidas por proyectiles o instrumentos cortantes. Igualmente, la disposición en la que fueron encontrados los restos de dos individuos hace pensar que al morir estaban atados de manos. Fue también encontrado el esqueleto de un feto o de un recién nacido junto a los restos de la que sería su madre.

Los descubrimientos de Mirazòn Lahr y colaboradores sugieren que la violencia existía entre los grupos de cazadores-recolectores y que ésta no está necesariamente relacionada al sedentarismo. Los mismos investigadores, sin embargo, ofrecen una explicación alternativa, según la cual hace 10,000 años la vida entre los cazadores-recolectores tenía algunos de los elementos propios del sedentarismo. En todo caso, concluyen, “los muertos de Nataruk son un testimonio de la antigüedad de la violencia intergrupal y de la guerra”.

Así, de un modo o de otro, resulta que la guerra nos ha acompañado por un largo tiempo, ya sea como resultado de nuestra evolución como especie, o bien como un elemento intrínseco a nuestra organización social. En estas condiciones ¿deberíamos ocultar nuestra verdadera naturaleza a los extraterrestres? Dado que la probabilidad de que alguien encuentre en un futuro distante alguno de los mensajes enviados al espacio es prácticamente nula, esta pregunta es quizá ociosa. Y lo es, sobre todo, porque enviar mensajes al espacio en una botella no pasa de ser una actividad divertida.

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