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Miguel R. Valladares García

viernes 15 diciembre 2017

Legislar desde la obscuridad

Jorge Chessal Palau
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(Primera parte)

Uno de los grandes misterios en nuestro México, tanto a nivel federal como local, es el saber la forma en que se decide sobre el qué y cómo legislar. No hay en las exposiciones de motivos de las diferentes leyes, nuevas o reformas a las existentes, razones lo suficientemente pertinentes para que los poderes legislativos se pongan en marcha, por lo general y salvo contadísimas excepciones.

Las más de las veces se habla de situaciones genéricas, abstractas, construcciones que parten de inferencias personales o sugeridas por terceros, a las cuales diputados y senadores dirigen su atención, sin tener el sustento necesario para actuar.

Veamos un ejemplo: una exposición de motivos señalaba, refiriéndose a la Constitución, que ésta “…señala las garantías que todo acusado debe tener en un juicio criminal; pero en la práctica esas garantías han sido enteramente ineficaces, toda vez que, sin violarlas literalmente, al lado de ellas se han seguido prácticas verdaderamente inquisitoriales, que dejan por regla general a los acusados sujetos a la acción arbitraria y despótica de los jueces y aun de los mismos agentes o escribientes suyos. Conocidas son de ustedes, señores diputados, y de todo el pueblo mexicano, las incomunicaciones rigurosas, prolongadas en muchas ocasiones por meses enteros, unas veces para castigar a presuntos reos políticos, otras para amedrentar a los infelices sujetos a la acción de los tribunales del crimen y obligarlos a hacer confesiones forzadas, casi siempre falsas, que sólo obedecían al deseo de librarse de la estancia en calabozos inmundos, en que estaban seriamente amenazadas su salud y su vida.”. Si supone que hablamos de la iniciativa para reformar el sistema de justicia penal en el año dos mil ocho, está en un error; es la exposición de motivos del constituyente de mil novecientos diecisiete sobre el mismo tema.

Como puede verse, nada cambió en noventa años en la justicia criminal, no obstante que, entre ambas fechas, la propia constitución había sufrido más de quinientas reformas y las leyes penales fueron modificadas incontables ocasiones.

Si una situación dada es objeto de atención del legislador, se realiza una reforma legislativa y, luego, el problema subsiste igual a como era antes, es que algo falló en el diseño de la norma y, por tanto, la acción legislativa fue inútil.

Y así como éste, muchos ejemplos más. Sea real o no el problema, la apreciación que se haga del mismo puede torcer la línea correcta, lo que se adereza con las aspiraciones personales de los políticos, que pretenden dar soluciones normativas donde no resulta necesario.

Ya Erasmo de Rotterdam, en su Elogio de la locura hablaba de los jurisconsultos, refiriéndose a los hacedores de leyes, señalando que: “Entre los eruditos, los jurisconsultos reclaman el primer lugar, y cierto es que ningunos otros se muestran tan satisfechos de sí mismos cuando, verdaderos Sísifos, suben eternamente la piedra urdiendo en su cabeza centenares de leyes, siempre con el mismo fanatismo, sin importarles un bledo que vengan o no vengan a pelo, amontonando glosas sobre glosas y opiniones sobre opiniones, y haciendo creer que sus estudios son los más difíciles de todos, por reputar que, cuanto más trabajo cuesta una cosa, por lo mismo más mérito tiene.”. Estos actuales jurisconsultos, los diputados y senadores, no han desmerecido nada la mención de Erasmo: normas sin razón y sin motivo; situaciones necesarias de normar, pero que se abordan con productos deficientes, confusos y absurdos.

No cabe duda que, desde la obscuridad de una inteligencia ausente, muchas leyes nacen solo para entorpecer el desarrollo, la vida social y el orden mismo.

La próxima semana seguiremos en este mismo tema.

@jchessal

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