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Miguel R. Valladares García

Sábado 19 Agosto 2017

Médicos y pacientes: el caso Charlie Gard

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Si ya la relación entre médicos y pacientes es ríspida, ¿qué hacer cuando el Estado actúa? Cuando los gobiernos se inmiscuyen en materia de salud, es frecuente que surjan otro tipo de embrollos entre enfermos y doctores. Quienes siempre pierden, son los pacientes, después los médicos y nunca, o casi nunca, el Estado. El advenimiento de las nuevas tecnologías y la posibilidad de mantener con vida a personas muy enfermas complican la situación. Ejemplos sobran. Así como la Medicina se aprende al lado de la cama —clínica significa “al pie de la cama”—, la ética médica se aprende a partir de casos paradigmáticos.

En julio de 2017 murió en Inglaterra Charlie Gard, un bebé de once meses de edad víctima de una enfermedad genética muy rara —encefalopatía mitocondrial por depleción de ácido desoxirribonucleico—; la enfermedad detiene primero, e inactiva después, la función de las células y de los órganos.

Los bebés afectados por esta patología sufren, entre otras anomalías, daño cerebral e insuficiencia respiratoria; para sobrevivir deben mantenerse conectados a un ventilador —primera disquisición: sin apoyo tecnológico el bebé fallecería—. Debido a la enfermedad, el afectado permaneció internado en un hospital londinense —segunda disquisición: sin recursos económicos la anomalía genética produciría la muerte con “rapidez”—.

En abril 2017, tres meses antes del fallecimiento, un juez británico y la Suprema Corte Europea de Derechos Humanos decidieron, obviando los esfuerzos de los padres, quienes buscaban ayuda de médicos estadounidenses para tratar a su hijo, que el apoyo tecnológico debería ser retirado —quinta disquisición: priva la opinión del Estado sobre la de los progenitores y quizás, no cuento con datos suficientes, sobre la de los médicos—.

La resolución de tratar o no a un menor de edad suele ser compleja. En algunas naciones —Inglaterra—, la opinión de la Corte prevalece sobre la de los padres; en otras —Estados Unidos—, los progenitores pueden decidir tratar a pesar de que “casi” no existan esperanzas. Los médicos, décima disquisición, pueden decidir no tratar al enfermo si consideran que el tratamiento será fútil.

Arnoldo Kraus

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