Fundador:
Miguel R. Valladares García

lunes 20 noviembre 2017

Pago de marcha

Catón
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He aquí un chiste de humor rojo. Don Languidio Pitocáido llegó a su casa y le contó a su esposa: “El médico de la compañía me revisó de la cintura para arriba y me asignó media pensión”. “Pendejo -lo motejó ella-. Si le hubieras dicho que te revisara de la cintura para abajo te habría asignado pensión completa”… Sigue ahora un chiste de humor blanco. El hombre atraviesa por tres edades. En la primera cree en Santo Clos. En la segunda ya no cree en Santo Clos. En la tercera él es Santo Clos… Dos cosas hay que son fuente de problemas para el hombre: el sexo y el dinero. El primero lo inventó Diosito. Es la dulce -pero poderosa- incitación que el Creador puso en las criaturas para llevarlas a perpetuar su especie, instinto básico en los seres vivos. (Declaró don Chinguetas: “El sexo es la fuerza que mueve al mundo”. “Sí -confirmó su mujer-. Pero tú ya no empujas nada”). El otro manantial de males es el dinero. Sorprende que le demos tanta importancia, siendo que los únicos problemas que el dinero puede resolver son los problemas de dinero. (Decía un individuo: “Lo más importante en la vida es el dinero. La salud como quiera va y viene”). El dinero que se gasta más a gusto es el ajeno. De ahí que nuestros políticos dispongan con tan frívola prodigalidad de los dineros de los contribuyentes. El jugoso pago de marcha que los diputados se asignaron a sí mismos como bono de despedida es una grosera muestra de la inconsciencia de la casta política bajo la cual vivimos, prepotente y codiciosa, que se sirve con la cuchara grande en un país donde incontables mexicanos amanecen sin saber si ese día tendrán algo qué llevarse a la boca. Ética es lo que falta en nuestra vida pública. (Y estética también)… El vendedor puerta por puerta era joven y atractivo. La señora de la casa era igualmente joven y coqueta. Así no es de extrañar que después de un breve rato de conversación ambos hubieran caído en un abrazo de índole claramente pasional sobre el sillón grande de la sala. En ese ardiente trance erótico se hallaban cuando se abrió la puerta de la calle y entró el marido de la pecatriz. El visitante, cosa explicable, se asustó sobremanera. “No te preocupes -lo tranquilizó la mujer-. Es árbitro de futbol. No ve nada”. FIN.

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