Fundador:
Miguel R. Valladares García

sábado 20 octubre 2018

Plaza de almas

Catón
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He vivido con intensidad esa forma de teatro que es la vida, y con la misma intensidad viví en un tiempo esa forma de vida que el teatro es. Aprendí entonces que en el teatro hay mucha seriedad, no así en la vida. La vida no es seria, me apena decirlo. El teatro sí. A veces, sin embargo, el teatro y la vida se confunden. Quiero decir que en el curso de una función teatral puede bajar del escenario el teatro para irrumpir en la vida, o subir la vida al foro para irrumpir en el teatro. Haz de cuenta la ópera “Pagliacci”. En el anecdotario teatral de mi ciudad está inscrita con caracteres indelebles una regocijada historia. Isela Vega actuaba en el Teatro del Seguro. La señora estaba entonces en el culmen de sus atractivos físicos, y por eso escogía obras en las cuales encontraba pretextos para lucirse al natural, quiero decir sin nada encima, confiada tanto en su belleza como en la calefacción del teatro. Pues bien: aquella noche había teatro lleno. Entre el público se hallaban dos matrimonios de buena sociedad, que por lo mismo no sabían nada de teatro y desconocían la vocación nudista de la estupenda actriz. Empezó la representación. No habían pasado tres minutos cuando Isela empezó a aventar ropa a diestra y a siniestra. En menos tiempo del que tarda en persignarse un cura loco quedó la bella mujer monda y lironda, en cuero de rana, como decía Borola en “La Familia Burrón”. Lejos de ver con naturalidad tanta naturaleza las señoras bien les dieron con el codo a sus maridos, y uniendo la acción a los codazos se levantaron para salir. Los esposos las siguieron, dóciles, aunque con lentitud y sin apartar los ojos de la escena, por respeto a la artista. Al ver esa emigración Isela interrumpió la obra e increpó a los que se iban: “¿A dónde van, pedorros? -les gritó-. ¿A mear?”. En cierto pueblo fronterizo un grupo de cómicos de la legua presentó su personalísima versión de “Romeo y Julieta”. En una de las escenas la doncella le decía al doncel: “Romeo: te he dado mi amor; te he dado mi vida; te he dado mi corazón. ¿Qué más quieres que te dé?”. Un pelado gritó desde la galería: “¡Dale las nalgas!”. Tan razonable sugerencia fue saludada por un coro de carcajadas, gritos intencionados y silbidos. Se armó tal zurriburri, por no decir desmadre, que la función no pudo continuar. Al día siguiente el director del grupo fue a quejarse con el alcalde. El munícipe, celoso de la buena fama de su pueblo, le ofreció que esa noche asistiría él al teatro. Y en persona, prometió. Su sola presencia, dijo, bastaría para evitar otro desafuero. Acudió, en efecto, y ocupó un asiento en la primera fila teniendo de un lado al juez de letras y del otro al inspector de Policía. Julieta sintió el apoyo de la autoridad y declamó, vehemente, su parlamento cumbre: “Romeo: te he dado mi amor; te he dado mi vida; te he dado mi corazón. ¿Qué más quieres que te dé?”. Se puso en pie el alcalde y encarando a los presentes les advirtió solemne: “Al que diga que le dé las nalgas se lo va a llevar su rechingada madre”. Otra historia de teatro anda por ahí. Llegó a una pequeña población una compañía dramática y llevó al palco escénico -así se decía- la gran tragedia “Otelo”. Todo iba bien. Llegó el momento en que Desdémona se dispone a entrar en el lecho donde poco después su celoso marido le quitará la vida. La actriz que representaba el papel de la inocente víctima peinó su larga cabellera frente al espejo, se arrodilló después para rezar sus oraciones, y luego se metió en la cama. En eso un lépero le preguntó a voz en cuello: “¡Desdémona! ¿Qué no vas a mear?”. Lo dicho: el teatro es cosa seria. La vida lo debería imitar. FIN.

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