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Miguel R. Valladares García

viernes 19 octubre 2018

Tierra de locos

Yolanda Camacho Zapata
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Desde ahorita le aviso, lectora, lector querido, que a mí, me va a dar algo, porque ya todos nos volvimos locos. De otra manera no puedo explícame qué fregados nos pasa.

Verá usted, tengo un muy buen amigo que es profe de Ciencias Políticas en la Universidad de Western Ontario. Yo fui su profesor asistente cuando viví en esos rumbos y es un cuate que además de ser a todo dar, disfruta enormidades enseñando su materia. Aprendí mucho de él. El domingo, entre risa y llanto, estuvimos platicando (maravillas de la tecnología moderna), pues resulta que acaban de elegir en Ontario al líder del partido Progresive Conservative, que es el partido de derecha en Canadá. Allá, elegir al líder, significa escoger automáticamente al candidato que representará a la agrupación en las siguientes elecciones; en este caso, para Premier de esa provincia, que es el equivalente a gobernador. Pues bueno, resulta que el PC va por arriba de las encuestas y con esta elección se ha decidido que Doug Ford sea quien los represente. El hombre ya fue regidor en Toronto, mientras que su hermano era el presidente municipal. El hermano, Rob Ford, fue un funcionario envuelto en el escándalo: fue grabado en varios videos fumando crack, usando cocaína y además acusado por varios miembros de su equipo de pedirles sexo oral. Aun así, no renunció y se postuló para un segundo término, pero en eso le detectaron un agresivo cáncer y murió. Mientras tanto, su hermano, Doug, que era regidor y ahora es el mero mero petatero del PC, fue su más férreo defensor, primero sosteniendo que las grabaciones eran montajes (imposible) y que su hermano era poco menos que la encarnación de una madre de la caridad. Doug tampoco es una blanca paloma: en los ochentas se dedicó a vender hashish y se volvió famoso por “arreglar problemas” saltándose los canales institucionales y haciendo uso de su parentesco para obtener para él y sus conocidos, ventajas que cualquier mortal no hubiera tenido. El cuate también ha usado un lenguaje tremendamente populista, haciendo promesas que significan todo o nada, como “acabar con las élites” (¿qué élites? ¿a criterio de quién?¿cómo?) y volver la grandeza a Ontario (¿les suena?) A ese ejemplar escogieron como líder los conservadores. Ahí nomás. ¡Y uno que pensaba que la locura que se manifestó a lo bestia cuando los estadounidenses eligieron a Trump no era contagiosa! Los canadienses, que son tan mesurados, que te invitan a una fiesta y desde el principio te dicen “de cinco a ocho” y a las ocho todos se paran y se van; que parecían ser el último bastión de sensatez, nos salen con esto.

Ahora bien, según Parametría, únicamente dos de cada diez mexicanos saben la fecha en que se celebrarán las elecciones. Con tan bajo porcentaje sabiendo un dato que se antoja tan obvio, mucho menos podemos esperar que la mayoría de nosotros esté enterado de los contenidos que manejan las plataformas de los candidatos presidenciales. Aun así, cuando preguntaron que en una escala del 1 al 10 qué tan posible era que acudieran a votar, el promedio fue 8; es decir, la gente tiene la intención de votar casi por inercia.

Maruan Soto Antaki reflexionaba que en México la narrativa, es decir, la manera en que contamos las cosas, se ha vuelto una especie de sustituto de los hechos. Damos más importancia a lo que se dice que a la veracidad de lo que se cuenta. De hecho, si escuchamos cierta historia catalogada como noticia en x medio, podemos descartarla, aunque si la encontramos lo mismo en otro medio, casi sin cuestionarla, la damos por cierta. En otras palabras, el dato verificable no cuenta, sino quién cuenta y cómo lo cuenta. Depositamos en alguien más lo que en teoría debe ser un trabajo propio: obtener la información y analizarla. En lugar de eso, comemos lo que nos dan peladito y en la boca. Así, uno vota por cualquiera.

Me preocupa mucho que caigamos en el fenómeno que aturdió a los conservadores en Canadá y votemos por candidatos que sean determinantes no por ofrecer plataformas sensatas, sino por ser los que mejor digan lo que el público quiere escuchar. Así, podemos acabar votando por un ex narcotraficante, o por alguien simpaticón que haga reír o por cualquiera que amenace más fuerte a los lobos que ha criado este país, aunque la amenaza sea únicamente un grito para llamar la atención y no una seria intención por matar a la manada.

Creo que me va a dar algo porque ahora que llevo meses fuera de ese pequeño círculo que mueve a la esfera pública, me doy cuenta que por lo que apostábamos hace quince años, el crecimiento de la vida ciudadana comprometida va aún mucho más lento de lo que cualquiera pudo haber supuesto. Los gobiernos no han crecido tampoco con la seriedad que se esperaba y hemos visto que las brechas del conocimiento que debió de ser parejo gracias a la red, se volvió en un círculo donde cada quien escucha selectivamente, gracias a un algoritmo que decide mostrar sólo nuestras tendencias. Hay entonces parcialidad absoluta por parte de gobiernos que escuchan únicamente lo que les place, y ciudadanos que, en su gran mayoría, se van únicamente sobre aquello que cualquiera les da.

No quiero creer que esta ola de insensatez, aparentemente mundial, se vuelva una constante y esto se transforme en una tierra de locos guiados por el desquiciado que aparente ser más cuerdo.

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