¿A ti también te pasa que ya no recuerdas tantos números de teléfono, fechas o direcciones como antes? Quizá todavía tengas en la memoria el número de tu casa de la infancia, pero te cueste trabajo recordar el de una persona cercana.
Para llegar a un lugar ya no necesitas saber las calles, basta con abrir el GPS. Si surge una duda, tampoco hace falta recordar la respuesta, una búsqueda en internet puede resolverla en segundos. Y ahora, si necesitas redactar un texto, resumir información o incluso comparar opciones de compra, puedes pedírselo directamente a una inteligencia artificial.
Ante esto, la pregunta es inevitable: ¿la tecnología está haciendo que nuestra memoria y nuestra cognición se relajen? ¿Estamos perdiendo algunas habilidades o simplemente estamos aprendiendo a delegar determinadas tareas en dispositivos, internet y algoritmos?
La respuesta, al menos por ahora, no es tan sencilla. La tecnología puede disminuir el esfuerzo necesario para realizar algunas actividades, pero también abrir nuevas posibilidades y modificar las capacidades que practicamos con mayor frecuencia. Más que volvernos menos inteligentes, la transformación podría estar en otro sitio, Estamos cambiando la manera en que utilizamos nuestra mente.
Desde hace mucho tiempo utilizamos herramientas para hacer más sencillo nuestro trabajo mental. Una calculadora evita realizar operaciones largas, un mapa permite encontrar una dirección y una agenda ayuda a recordar una cita. La diferencia es que ahora estas herramientas están presentes prácticamente todo el tiempo y pueden asumir tareas cada vez más complejas.
Durante años, la tecnología ha funcionado como una especie de memoria y procesador externos. Guardamos números telefónicos en el celular, consultamos sistema de navegación por satélite para llegar a un lugar o recurrimos a la IA para tomar ciertas decisiones. Esto se conoce como descarga cognitiva: el acto de trasladar el esfuerzo mental a una herramienta externa para reducir la carga que tendría que realizar nuestro cerebro.
Parte de esta facilidad para delegar tareas tiene una explicación en el propio funcionamiento del cerebro. Paola Hernández Chávez, profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de Metropolitana (UAM), lo resume de una manera sencilla: "El cerebro humano es flojo". No se trata de falta de capacidad, sino de una tendencia a ahorrar energía y recurrir a rutas conocidas en lugar de resolver cada problema desde cero.
Cuando un dispositivo guarda nuestros contactos, calcula una ruta o encuentra una respuesta, el cerebro puede dejar de invertir esfuerzo en una tarea que sabe que puede resolver de otra manera.
"Hoy lo que ha cambiado es que la tecnología está cada vez más mezclada con la experiencia humana", explica en entrevista Enrique Soto Astorga, profesor del Departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la UNAM y especialista en computación y ciencias cognitivas.
El investigador considera que los dispositivos dejaron de sentirse únicamente como herramientas externas para convertirse en una especie de extensión de nuestra experiencia cotidiana. Están presentes desde que despertamos hasta que nos dormimos y atraviesan actividades personales, académicas y profesionales.
Un ejemplo sencillo está en la memoria. Antes de que los teléfonos incorporaran agendas digitales, era común memorizar varios números de familiares y amigos. Hoy basta con buscar un nombre entre los contactos.
Para Soto Astorga, esto no necesariamente significa que nos estemos "atontando". También puede representar un cambio cultural: si sabemos que un número está almacenado y podemos recuperarlo cuando queramos, memorizarlo pierde parte de su utilidad.
"El mundo cambió sus significados, nosotros estamos cambiando con el mundo y estamos sustituyendo esos hábitos por otros", señala.
La relación entre memoria y tecnología no es nueva. Un estudio de Kaspersky, realizado en 2015, ya advertía que la posibilidad de consultar información en internet y almacenarla en dispositivos estaba modificando la manera en que las personas recordaban datos cotidianos.
La investigación encontró que una parte de los usuarios recurría primero a internet para recuperar información que antes habría intentado recordar por sí misma. El fenómeno fue descrito como una especie de "amnesia digital": no porque la memoria desapareciera, sino porque las personas sabían que podían recuperar determinados datos cuando los necesitaran.
El teléfono se convirtió así en una memoria externa capaz de almacenar números, direcciones y otra información cotidiana. Más que olvidar por completo, comenzamos a decidir qué vale la pena recordar y qué podemos dejarle a la tecnología.
Marcos Rosetti Sciutto, investigador del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM y especialista en procesos cognitivos e inteligencia artificial, coincide en que una pérdida aparente no necesariamente implica un deterioro de las capacidades mentales.
"Hoy en día sería un poco necio aprenderse todos los números de teléfono de memoria cuando tienes una enorme lista de teléfonos interminable en tu teléfono", plantea.
Su ejemplo resulta revelador. Si antes una persona podía memorizar decenas de números, hoy quizá recuerde los nombres de usuario de sus cuentas favoritas, perfiles, conversaciones o información que considera relevante para desenvolverse en el entorno digital.
"La pérdida o ganancia de funciones cognitivas van muy asociadas a cosas muy específicas", explica Rosetti. "Muchas veces vemos como una pérdida lo que en realidad sólo es un cambio de foco".
La tecnología, entonces, no elimina automáticamente una capacidad. Pero sí puede hacer que dejemos de practicarla.
La doctora Hernández Chávez señala que los procesos de aprendizaje y memoria dependen de la práctica y el reforzamiento. Cuando una capacidad deja de utilizarse, puede modificarse su funcionamiento.
Esto resulta especialmente evidente en la navegación. Antes, desplazarse por una ciudad exigía observar mapas, recordar calles, identificar referencias y construir una representación mental del espacio. Hoy, buena parte de ese trabajo puede trasladarse a una aplicación.
"Esas son capacidades que hemos ido perdiendo", sostiene Hernández Chávez al referirse a la memoria topográfica y espacial que antes se ejercitaba con mapas y recorridos.
El propio Rosetti pone el ejemplo de los conductores. Un taxista de hace décadas necesitaba conocer una parte importante de la ciudad para llevar a un pasajero a su destino. Hoy un conductor de plataforma puede apoyarse en el GPS.
¿Eso significa que es peor conductor? No necesariamente. La herramienta reduce una exigencia cognitiva específica y permite dedicar atención a otras tareas. Pero el costo puede ser que su mapa mental de la ciudad sea mucho más limitado.
"Más que una pérdida es una división", explica Rosetti. El problema aparece cuando la atención que debería concentrarse en una actividad se reparte entre varias, como ocurre cuando alguien intenta manejar mientras consulta el teléfono.
La diferencia es importante. No todo lo que dejamos de hacer mentalmente desaparece de nuestro cerebro de inmediato. Algunas capacidades simplemente dejan de ser necesarias con la misma frecuencia.
Y eso abre una pregunta más compleja: ¿qué sucede cuando la tecnología ya no sólo recuerda o calcula por nosotros, sino que empieza a participar en la forma en que resolvemos problemas?
El siguiente salto ocurrió con los buscadores y ahora se acelera con la inteligencia artificial.
Durante años, Google funcionó principalmente como una puerta de entrada a información que el usuario debía encontrar, seleccionar, leer y procesar. Hoy las herramientas de IA pueden recibir una pregunta completa, interpretar su contexto y entregar una respuesta sintetizada.
El cambio parece pequeño, pero cognitivamente plantea una diferencia. "Cuando nosotros damos una respuesta que no buscamos activamente, se reduce la demanda cognitiva sobre nuestro cerebro", explica Rosetti.
Buscar información requiere leer, comparar, identificar qué es relevante, sintetizar y evaluar. Cuando una IA devuelve una respuesta lista para usar, parte de ese proceso puede desaparecer.
Eso no significa que la herramienta necesariamente perjudique al usuario. El problema aparece cuando la respuesta sustituye por completo el proceso de razonamiento.
Rosetti señala que aquí entra en juego la metacognición, es decir, la capacidad de reconocer qué sabemos, qué no sabemos y qué tan confiable puede ser una respuesta.
Si una persona no cuestiona la información que recibe de una IA, puede aceptar como verdadera una respuesta incorrecta simplemente porque la máquina la presentó con seguridad.
"Hay cierta autoridad en que una IA nos devuelva información", advierte.
En otras palabras, el desafío ya no consiste únicamente en encontrar información, sino en saber qué hacer con ella.
La transformación también puede observarse en las búsquedas tradicionales. Durante el encuentro de Think with Google, Carolina Avella, directora de marketing de la compañía en México señaló que las consultas están cambiando. Ahora los usuarios formulan preguntas más largas y específicas, incorporando directamente sus necesidades y contexto.
Guías y diarios de viaje
Una búsqueda como "hotel cinco estrellas", dijo, puede transformarse en una petición mucho más precisa sobre hoteles en Mérida, para una familia con niños y una mascota. La búsqueda deja de ser sólo recuperación de información y se convierte en una conversación con la tecnología.
Para Enrique Soto Astorga, esto forma parte de una transformación más amplia. Las herramientas digitales se han diseñado para sentirse cada vez más cercanas a las personas.
"Por fin se ha logrado que esta tecnología se sienta como una verdadera extensión cibernética de la experiencia humana", afirma.
Ese diseño también facilita que les confiemos más responsabilidades. Una calculadora hace una operación. Un GPS propone una ruta. Un buscador encuentra información. Una plataforma recomienda una película. Una aplicación compara precios. Una IA redacta un texto o propone una solución.
La progresión aumenta: primero delegamos tareas mecánicas; después, memoria y búsqueda; ahora comenzamos a delegar partes de procesos que antes requerían interpretación y criterio.
Pero hay una precisión importante. Aunque hablemos de que un algoritmo "decide" por nosotros, las máquinas no tienen necesariamente una voluntad propia.
"Hay que separar a la máquina de la decisión como si la máquina tuviese la capacidad de decidir por sí sola", explica Soto Astorga.
En esto coincide Pablo Castellanos, responsable de estudios e investigación para Hispanoamérica en Google, ya que indicó que según un estudio realizado por Ipsos en México en donde se consultó a mil personas de entre 18 y 64 años, sólo el 5% estaría dispuesto a delegar completamente sus decisiones de compra a la IA cada vez que hace una consulta.
Detrás de una recomendación existen datos, modelos, parámetros, objetivos y decisiones de diseño. Lo que percibimos como una respuesta de una entidad inteligente es, en realidad, el resultado de un sistema tecnológico construido por personas.
Para Soto Astorga, entenderlo es fundamental para quitarle a la IA parte del aura de misterio que la rodea.
"Es un espejismo", dice al referirse a la sensación de que detrás de una respuesta existe un agente con mente propia. El problema es que, cuanto más natural resulta la interacción, más fácil es confiarle tareas.
Y aquí aparece la pregunta que probablemente sea más importante para el futuro de nuestra relación con estas herramientas: ¿qué tanto queremos delegar?
¿Estamos perdiendo habilidades?
Si la tecnología nos permite recordar menos números, orientarnos sin conocer las calles o recibir respuestas sin buscar durante minutos, ¿estamos perdiendo capacidades?
La respuesta de los especialistas es más cautelosa: "Hay un montón de estudios que se contradicen unos a otros", señala Soto Astorga. Existen investigaciones que encuentran modificaciones relacionadas con atención, aprendizaje o toma de decisiones, pero todavía no está claro que esas modificaciones signifiquen una pérdida permanente de capacidad cognitiva.
Rosetti coincide en que la evidencia todavía tiene límites. La inteligencia artificial es demasiado reciente para conocer con precisión sus efectos a largo plazo: "La tecnología ha avanzado mucho más rápido que la investigación", apunta.
Por eso conviene diferenciar entre los efectos inmediatos de utilizar una herramienta y los cambios que podrían producirse después de años de práctica.
La cognición, además, no funciona de manera tan simple. Dejar de practicar una habilidad no significa necesariamente perder capacidades. La práctica cambia al cerebro y cada actividad puede fortalecer determinados procesos mientras otros se ejercitan menos.
Rosetti lo resume así: "Cada uno tiene la capacidad de elegir qué actividad hace y esa actividad va a tener una consecuencia positiva y otros costos".
Esto ayuda a explicar por qué la misma tecnología puede tener efectos diferentes dependiendo de la edad y de la manera en que se utiliza.
Para un niño que todavía está desarrollando determinadas habilidades, delegar demasiado pronto algunos procesos puede ser diferente que para un adulto que ya los tiene consolidados. En las personas mayores, en cambio, determinadas tecnologías pueden incluso ofrecer beneficios al facilitar la comunicación, la interacción social y algunas actividades cognitivas.
"Depende mucho de la etapa en la que estés el efecto que puede causar", explica Rosetti.
La atención es otro ejemplo. Paola Hernández Chávez advierte que la exposición constante a estímulos digitales puede favorecer una dinámica de interrupciones y sobreestimulación. El problema no sería únicamente cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino la cantidad de veces que nuestra atención cambia de objetivo.
Una notificación, un mensaje, un video y una nueva ventana pueden interrumpir continuamente una tarea: "Se va diluyendo este control de la atención", sostiene la investigadora.
Eso tiene consecuencias particularmente importantes cuando se trata de aprender. Leer una respuesta, copiarla o recibirla no equivale necesariamente a construir el conocimiento que hay detrás.
En el caso de los estudiantes, Rosetti considera que la llegada de la IA representa un desafío para las instituciones educativas, pero no necesariamente un motivo para prohibirla.
La escuela ya tuvo que adaptarse a la calculadora, internet y Wikipedia. Ahora debe encontrar nuevas formas de evaluar lo que realmente sabe hacer un estudiante: "El desafío va a ser para los profesores", señala.
En lugar de pedir únicamente productos terminados, las evaluaciones podrían dar mayor peso al pensamiento crítico, la capacidad de síntesis, la argumentación y la expresión de ideas: habilidades que permiten saber si el estudiante comprendió aquello que produjo.
La cuestión, entonces, no es si debemos usar o no tecnología, sino para qué la usamos.
Utilizar una calculadora para comprobar un resultado no es lo mismo que dejar que resuelva todo el problema sin comprenderlo. Consultar un GPS para llegar a una dirección no implica necesariamente dejar de observar dónde estamos. Pedir a una IA que ayude a mejorar un texto es distinto de entregarle por completo la responsabilidad de construir nuestras ideas.
"En la dosis está el secreto", resume Rosetti. La tecnología puede ser una extensión de nuestras capacidades, pero también puede convertirse en un sustituto cuando dejamos de realizar por nosotros mismos procesos que todavía necesitamos desarrollar.
Y quizá esa sea la distinción más importante: no toda delegación es mala, pero no toda delegación es gratuita.
El reto: saber qué delegar
México forma parte de esta transformación. El acceso a internet y a dispositivos digitales se ha extendido hasta convertirlos en herramientas habituales para estudiar, trabajar, comunicarnos, movernos y consumir información.
Al mismo tiempo, la manera de interactuar con estas herramientas está cambiando. Las búsquedas son más conversacionales, los algoritmos participan en recomendaciones y las herramientas de IA pueden intervenir en tareas que antes exigían una participación humana mucho mayor.
El reto, por tanto, no es regresar a un mundo sin tecnología. Enrique Soto Astorga plantea que una de las primeras tareas es entender que los algoritmos no son neutrales.
Esa alfabetización tecnológica, dice Soto Astorga, permitiría mirar las herramientas con menos fascinación y más criterio. Entender que una IA no tiene necesariamente conciencia, que una recomendación responde a determinados parámetros y que una respuesta automática puede contener errores cambia la manera en que interactuamos con ella.
También obliga a reconocer nuestra responsabilidad. Soto Astorga considera que las personas deben conservar lo que llama su "soberanía" frente a las máquinas: la capacidad de decidir cuándo utilizarlas y cuándo no: "No es la máquina que me dice qué hacer", sostiene. "Ponernos en ese lugar es muy importante".
Para Paola Hernández Chávez, conservar determinadas capacidades requiere seguir ejercitándolas. La memoria, por ejemplo, no se mantiene únicamente por almacenar información, sino mediante procesos de aprendizaje y repetición.
Las recomendaciones tradicionales para mantener una reserva cognitiva (aprender un idioma, tocar un instrumento, realizar actividad física y mantener la mente activa) siguen teniendo sentido, independientemente de que existan herramientas capaces de resolver muchas tareas cotidianas.
Pero Rosetti introduce un matiz: la tecnología también puede abrir oportunidades que antes no existían.
Los videojuegos, por ejemplo, pueden modificar determinados procesos cognitivos mediante la práctica. Las herramientas digitales pueden facilitar la comunicación y el acceso a información, mientras que algunas tecnologías pueden ayudar a personas que enfrentan limitaciones físicas o cognitivas.
Paola Hernández Chávez también destaca los beneficios de la tecnología en campos como la medicina y la investigación. La inteligencia artificial puede acelerar tareas que antes requerían largos procesos de análisis, como la búsqueda de candidatos para medicamentos o el procesamiento de grandes cantidades de información: "No hay que tener una tecnofobia ni una tecnofilia", señala.
No se trata de pensar que cada avance tecnológico nos hace perder una parte de nuestra humanidad. Tampoco de asumir que todo lo que hace una máquina representa progreso.
La pregunta es qué capacidades estamos dispuestos a delegar y cuáles queremos conservar activas. Porque el problema no es que el teléfono recuerde los números que nosotros olvidamos. Ni que el GPS conozca una ruta que nosotros no memorizamos. Ni siquiera que una IA pueda ayudarnos a escribir o buscar información.
El verdadero riesgo aparece cuando dejamos de saber por qué necesitamos una respuesta, cómo comprobarla o cuándo conviene cuestionarla.
La tecnología puede hacer que pensemos menos en algunas cosas para permitirnos pensar más en otras. Puede liberar tiempo y esfuerzo, pero también puede reducir la práctica de determinadas habilidades. Puede ampliar nuestras capacidades, siempre que no confundamos la ayuda con la sustitución.
"Defender nuestra creatividad" es, para Enrique Soto Astorga, una de las responsabilidades que debemos conservar frente a las máquinas.
Quizá ahí esté el reto de esta nueva relación entre cerebro y tecnología. En un mundo donde una aplicación puede recordar por nosotros, un GPS puede orientarnos, un buscador puede encontrar información y una inteligencia artificial puede proponer respuestas, la habilidad más importante es saber qué queremos delegar y qué todavía queremos seguir haciendo nosotros mismos.