Llevo un tiempo hablando de casas. De cómo mi cuerpo es una en la que las ventanas se encuentran cerradas para visitantes foráneos. De cómo la alarma de incendios se averió de tantos simulacros en los que el humo era solamente un aviso de lo que vendría después. De cómo el buzón está lleno de quejas propias, ajenas e incluso colectivas. No puedo dejar de hacerlo, es un símil que encaja perfecto conmigo; cimientos, arena, grava, concreto, puerta, ventana, cuartos, cuartos en remodelación, pintura desgastada, azulejos rotos. Nacer, crecer, caer, huir, correr, llorar, quebrarse, destruir, remendar, volver.
Puede que no entiendan el sentimiento que nace con el paso/peso de los años al verme desde fuera, ya sea desde una banqueta o un balcón y no encontrarle forma a lo que otros dicen que soy. Han pasado por mi vida múltiples expertos en deterioro estructural, emociones en demolición, un grupo privado de analistas de la tristeza, hasta un chamán intérprete de las energías que no hallan su lugar. El resultado: el mismo. No hay explicación lógica para el problema que me aqueja. La electricidad no vuelve aunque pague los recibos. El agua solo brota por mis ojos cada día, más cuando es de noche. Las hormigas del jardín huyeron hartas de escucharme deambular en busca del descanso.
Yo tampoco entiendo, si les soy sincero, pero soy un hombre que busca soluciones y aquí dejo una: SE VENDE CASA POR MUDANZA. TRATO DIRECTO.
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