ALGUNA VEZ PAPÁ

Ese grande de mi historia, me dijo que cualquiera que aliente nuestro crecimiento intelectual, emocional, artístico, profesional o espiritual, valía la pena tenerlo en nuestra vida. 

--¿Sabes por qué? -- Me preguntaba mientras remojaba un polvorón de chocolate en su café americano… --Porque la vida a veces resulta tan pesada y complicada, que ¡imagínate! No tener apoyo ni aliados en nuestros proyectos, ¡o peor aún! Rodearnos de gente ruidosa…-- Papá refería a los ruidosos como toda aquella gente-basura que solamente son un fastidio para la existencia: los envidiosos, lo metiches, los pediches, los gorrones, los mentirosos, los viciosos, los manipuladores y un etc., infinito. 

--Cúchale y que tal esos que no ayudan en nada y solo opinan… Fastidiosos, ¿verdad? -- Me decía mientras volvía a meter su polvorón en café.

Con el tiempo entendí que rodearnos de esas personas no es casualidad: es una forma de honrar quiénes somos y en quiénes queremos convertirnos. Son quienes nos desafían sin imponerse, quienes celebran nuestros logros y también sostienen nuestros silencios. Estar cerca de personas que suman, nos recuerda que crecer no siempre es fácil, pero sí necesario, y que el camino se vuelve más auténtico cuando alguien camina a nuestro lado impulsándonos a ser mejores, sin dejar de ser nosotros mismos. Recuerdo a papá como un señor muy amiguero. Tenía amigos que lo secundaban en su tema de astronomía, unos más, con los que compartía el quirófano, otros con los que se juntaba el café de las doce del día… los historiadores, los de los viajes… en fin, que siempre rodeado de personas lindas que siempre rodeado de personas lindas que llegan para abrazar los procesos, que celebran las pequeñas victorias y sostienen en los días difíciles. Personas que inspiran desde el ejemplo, que cuidan las palabras y los silencios, y que nos enseñan que la vida se vive mejor cuando el corazón está bien acompañado.