CRECER CANTANDO

ROBERTO AMIR Y LA FORMACIÓN DE UNA VOZ INFANTIL

Antes de aprender a leer, Roberto Amir “El Charrito” ya memorizaba canciones completas para cantarlas en casa. La música llegó a su vida antes que las palabras escritas y el oído fue su primer instrumento. A los 11 años, ese aprendizaje temprano se ha transformado en un proceso de formación que lo ha llevado a escenarios, ferias y recintos culturales de San Luis Potosí.

Cuando no canta, Roberto se describe como un niño que intenta ayudar a quienes lo rodean. En el escenario, en cambio, observa al público y se alimenta de su reacción. Recuerda con especial cariño una presentación improvisada en el centro histórico, cuando disfrazado de un personaje popular interpretó canciones y sorprendió a los transeúntes.

Subir a cantar no siempre es sencillo. Antes de salir, reconoce sentir nervios y miedo a equivocarse. “Cuando estoy abajo tengo muchos nervios, pero ya arriba respiro y me relajo”, explica en una entrevista para Pulso Diario de San Luis. Si la memoria falla, improvisa e invita al público a cantar con él, convirtiendo el error en aprendizaje.

LA MÚSICA REGIONAL COMO HERENCIA

El interés de Roberto por la música regional mexicana nació en casa, escuchando radio. Para él, este género forma parte de la cultura y la identidad del país. Mientras sus compañeros de escuela siguen tendencias actuales, él encuentra referentes en Pedro Infante, Jorge Negrete, Antonio Aguilar y, de manera especial, en Pedro Fernández.

Más allá de cantar, Roberto se interesa por conocer de dónde viene la música que interpreta. En conversaciones con otros artistas y a partir de las historias que escucha, ha aprendido que muchos de sus referentes comenzaron sin formación musical formal y construyeron su camino desde la experiencia y la constancia. Esa conciencia histórica, saber que el género se ha transmitido de generación en generación y que cada intérprete suma a ese legado, continuar una tradición que se aprende escuchando, observando y respetando a quienes la han sostenido antes.

DISCIPLINA 

Y ACOMPAÑAMIENTO

La Escuela Municipal de Música ha sido fundamental en su desarrollo. Ahí ha aprendido técnica vocal, movimiento escénico, lectura musical y a tocar guitarra y piano, además de integrarse a clases de coro. “Antes no sabía mucho de ritmos ni de notas; ahora lo entiendo”, dice.

Su familia y sus maestros han marcado límites claros: el canto requiere constancia y responsabilidad. “Si no le echas ganas, el canto se va”, recuerda como una de las reglas que guían su formación.

Para Amir, cantar no es una actividad ocasional ni un pasatiempo que se activa solo cuando hay escenario. Ese compromiso se manifiesta en la rutina, en la disciplina y en la responsabilidad de cumplir tanto con la escuela como con la formación musical.

El confinamiento de 2020 fue el punto de partida para tomarse el canto en serio. De cantar en casa pasó a presentarse en restaurantes, plazas y foros culturales. En ese recorrido aprendió a aceptar tanto el “sí” como el “no” de cada escenario.

UN SUEÑO CUMPLIDO

Uno de los momentos más significativos fue compartir escenario con Pedro Fernández en el palenque de la Feria Nacional Potosina, donde interpretó La mochila azul. Para Roberto, fue la confirmación de que el esfuerzo puede abrir oportunidades.

Su participación en concursos y un reality show infantil de talentos le enseñó a enfrentar la competencia sin frustración. “Si te dicen que no, no pasa nada”, afirma, consciente de que cada experiencia suma.

ESCUELA Y MÚSICA: UN EQUILIBRIO CONSTANTE

Combinar la vida escolar con presentaciones y entrevistas ha sido uno de sus mayores retos. Aun así, Roberto insiste en cumplir con ambas responsabilidades como parte de su compromiso personal.

Roberto Amir sueña con cantar algún día en el Auditorio Nacional o en la Monumental Plaza de Toros México. Por ahora, continúa formándose, aprendiendo y creciendo con la música, construyendo su voz paso a paso.

Uno de los retos más visibles ha sido equilibrar la vida escolar con entrevistas, presentaciones y traslados. Roberto habla de horarios ajustados, de salir de la escuela para ir directo a clases de música y regresar a casa para repetir la rutina. El compromiso, en su caso, no se mide por la cantidad de escenarios, sino por la capacidad de cumplir con ambos mundos.