ME VI REFLEJADA

Me vi en su mirada. A sus 80 años no pierde el toque. Siempre altiva, elegante, coqueta, educada y a la altura de todo. ¿Qué habría pensado Dios cuando la creó? Pensaría en un ángel en la tierra, en un espíritu guerrero, en una flor inmarchitable.

Era tan pequeña cuando llegó a la tierra, que parecía una estrellita, un cúmulo de partículas brillantes, una gran rosa rosa. Su mirada cristalina no ha envejecido, a comparación de su andar lento y pausado, su mirada me sigue buscando entre la gente, en los tumultos, y me distingue a lo lejos y me sonríe. Levanta su mano y me dice “hola” ... 

¿Cómo no la voy a ver? Sí desde que la conozco no la he perdido de vista, así como ella a mí jamás me perdió de su vista.

Envejeció mi madre y así con su pelo blanco y sus manos arrugadas, sigue siendo una reina. Esplendida en todo lo que hace, majestuosa en lo horizontal y vertical de su existencia, el orbe de energía más grande, el universo más espectacular en sus pupilas, torrente sanguíneo contenido en su sonrisa. 

Me vi reflejada en su mirada: me encontré despreocupada, sonriente, pausada, sin conflictos ni enemigos. “Ya perdoné a todos los que un día me hicieron daño” me dijo. “Ya no busco amores ni ocupo espacios” “ya no necesito la aprobación de nadie” me volvió a decir.

La admiré más, la amé al tope, volví a aprender de ella. Dios no se equivocó al ponerle ese espíritu guerrero.

Pero cuando veo que mi mejor soldado comienza a perder la memoria... Se me llenan los ojos de lágrimas y no sé, en verdad no sé, cómo agradece al cielo que me haya dejado estar tantos años con ella, y traerla ahora de la manita, despacio por las calles, escuchando otra vez las mismas historias, y preguntándome: ¿Mija pero tú estás bien? Creo, que hasta en el día de su muerte se va estar preocupado de que no llore, de que si ya comí. De que si traigo un suéter. 

¡Ay mi mami! ¡Que premiesote me ha dado el cielo! Porque el amor de una madre nunca se va con ella. Se queda viviendo en cada gesto que repetimos sin darnos cuenta, en cada “abrígate” que nos decimos a nosotros mismos cuando hace frío, en cada abrazo que damos para cuidar a otros como ella nos cuidó.

Y aunque se que algún día ya no va a estar, su voz seguirá siendo ese suéter invisible que me calienta el alma cuando el mundo aprieta.