Había algo sagrado en aquellas tardes de los años ochenta en San Luis Potosí. El tiempo parecía caminar más despacio, como si la ciudad entera supiera que la infancia dura apenas un suspiro y hubiera decidido regalarnos eternidades pequeñas. A casi todos los niños nos fascinaba “ir en familia” a dar la vuelta por la avenida más hermosa y entrañable de nuestra ciudad, pero en diciembre… en diciembre aquello se convertía en un ritual luminoso, en una ceremonia de amor sencillo que todavía hoy me arde dulcemente en la memoria.
El recorrido comenzaba desde el Club Deportivo Potosino hasta la Plaza de Fundadores y de regreso. Bastaba con que papá —ese héroe invencible de mi infancia— pronunciara la frase mágica: “¿Quién quiere ir a dar una vuelta?”, para que el mundo se pusiera en movimiento. En segundos, los tres hermanos y mi bella madre, estábamos ya en la puerta, ansiosos, listos para subirnos a aquel carro azul marino cuya cajuela alfombrada olía a nuevo y a felicidad. Ahí viajábamos acostados, inventando juegos imposibles, riendo como si la vida jamás fuera a dolernos.
Papá tomaba rumbo al centro. Desde nuestra casa en Fernando Torres, apenas cruzábamos Himno Nacional y Cuauhtémoc cuando aparecía aquella avenida majestuosa, vestida de luces y nostalgia.
Lo primero que atrapaba nuestras pupilas eran las enormes palmeras del camellón, adornadas con focos navideños que titilaban como estrellas bajitas, puestas ahí solamente para nosotros.
Después venía la Casa de la Cultura, con ese césped perfecto que parecía una alfombra salida de otro mundo. Papá nos contaba fragmentos de su historia mientras nosotros escuchábamos a medias, porque la infancia siempre cree que los padres serán eternos y habrá tiempo infinito para volver a preguntar.
Pasábamos frente a la casa de los Vilet, la de los Rangel… y luego, la más importante de todas: la casa de los abuelos. Si alguno aparecía afuera regando las flores, enseguida se unía al paseo y entonces aquella pequeña vuelta dominical se volvía todavía más cálida, más viva, más nuestra.
También cruzábamos frente a Villa Colomba, aquel restaurante donde montaban un nacimiento de tamaño real.
Desde el coche, los tres niños pegábamos las narices al vidrio para contemplar a San José, a la Virgen María y al pequeño pesebre iluminado. Mientras tanto, en la radio comenzaba a sonar aquel anuncio que aún vive intacto en algún rincón de mi alma:
“Radio Variedades les desea… les desea… una feliz Navidad.”
Y entonces todo cobraba sentido: la cena familiar, los regalos sencillos, las vacaciones, el olor a chocolate caliente, la certeza de que Dios habitaba en las cosas pequeñas y en los abrazos largos.
Al llegar a Fundadores nos quedábamos extasiados mirando el gran pino navideño que colocaba el gobernador en turno. Tal vez no era extraordinario para nadie más, pero para nosotros simbolizaba algo inmenso: el amor, la unión, la tibieza de pertenecer a una familia.
Después venía la parada obligatoria en Costanzo para recoger la dotación semanal de chocolates. Y ya de regreso, mientras papá cargaba gasolina con “Duque” en Santos Degollado, el sueño comenzaba a vencernos poco a poco. Terminábamos dormidos dentro del carro, rendidos de felicidad. Entonces papá nos cargaba uno por uno hasta la cama.
Años después, ya adulta, le pregunté si no le pesábamos demasiado.
Sonrió con esa ternura que sólo tienen los padres buenos y respondió:
—Al contrario… ustedes eran lo más bello y frágil que mis brazos sostenían.
Desde entonces entendí que hay recuerdos que no envejecen: solamente aprenden a estar más bonito.
Un beso al cielo para papá… y para aquella infancia feliz que, sin saberlo, era el paraíso.
Cale Agundis