racias a las personas que me quieren tal y como soy.
Hay un tipo de amor que no hace ruido pero sostiene el mundo. Es el amor que no pide que cambies, que no te exige una versión más bonita, más exitosa o más callada de ti. Es el amor que llega, se sienta a tu lado en los días grises y se queda también en los días de sol.
Gracias a las personas que me quieren tal y como soy. Gracias por no pedirme que me ponga máscaras para entrar a su vida. Por no medir mi valor en logros, por no contar mis errores como si fueran deudas. Por verme completa: con mis manías, mis miedos, mi risa escandalosa, mis silencios largos y mis ganas de comerme el mundo a veces.
Son pocas. Lo sé. En un mundo que premia las apariencias y castiga lo auténtico, encontrar miradas que no juzgan es un milagro. Ustedes son ese milagro. No necesito una multitud aplaudiendo desde lejos si tengo sus manos cerca cuando tiemblo. No necesito mil mensajes vacíos si tengo su “aquí estoy” real, sin condiciones.
Ustedes me han enseñado que el cariño verdadero no intenta podar las ramas que no entiende. Las riega. Me han dejado ser tormenta y calma, duda y certeza, sin soltarme. Me conocen sin disfraz y, aun así, eligen quedarse. Eso no tiene precio.
Son pocas, sí. Pero para mí, son las mejores. Son mi lugar seguro, mi tregua, mi casa. Son la prueba de que no tengo que encajar en todos lados para pertenecer a un sitio importante: al corazón de alguien.
Y si algún día dudan de lo que significan para mí, lean esto otra vez. Porque sin ustedes, yo sería solo un borrador de mí misma. Con ustedes, soy yo. Completa. Libre. En paz.
Gracias por quererme así. Sin editarme.