NO ME DIGAS

Que lo que siento son pequeñeces. Hay emociones que parecen diminutas cuando se miran desde lejos, pero que, al acercarse, revelan un universo entero. Una palabra puede cambiar el rumbo de un día, una mirada puede quedarse viviendo en la memoria durante años y un abrazo puede reconstruir lo que el tiempo parecía haber destruido. La intensidad de un sentimiento nunca se mide por su tamaño aparente, sino por la huella que deja en el corazón.

     Dicen que debemos aprender a ser fuertes, a ocultar lo que sentimos para no parecer vulnerables. Sin embargo, la verdadera fortaleza consiste en reconocer aquello que nos conmueve y darle el valor que merece. No hay emoción insignificante cuando nace de la sinceridad. Incluso los gestos más sencillos tienen el poder de transformar una vida.

     Si en una caja de fósforos caben sesenta incendios, también en un corazón pueden convivir la esperanza, el miedo, la alegría, la nostalgia y el amor. Cada experiencia deja una chispa, y cada chispa tiene la capacidad de iluminar o de consumirnos, dependiendo de cómo decidamos vivirla. Por eso no minimices lo que alguien siente. Lo que para unos puede parecer un detalle sin importancia, para otros representa un recuerdo imborrable o un motivo para seguir adelante.

     Las emociones no entienden de medidas exactas ni de explicaciones lógicas. Llegan sin permiso, crecen en silencio y encuentran su lugar donde menos se espera. Aceptarlas es una forma de honrar nuestra humanidad. Porque sentir profundamente no es una debilidad, sino una muestra de que todavía somos capaces de asombrarnos, de amar y de creer que, incluso en los días más difíciles, siempre existe una pequeña chispa capaz de encender la esperanza.

Cale Agundis