Las plantas marchitas de nuestro jardín nos recordaban el verdor que había habido en cada una de nuestras vidas y provocaban suspiros.
No era solo el jardín. Éramos nosotros. Cada maceta seca era un espejo. La del pasillo, la que nadie regaba porque todos pensábamos que otro lo haría. La de la esquina, la que recibió demasiado sol. La del centro, la que se ahogó por demasiada agua.
Y a pesar de la impaciencia de verlas verdes otra vez, todos sabíamos que era cuestión de tiempo y de dedicación. Como en la vida, si quieres ver florecer, debes cuidar.
La abuela Carmelina decía que era cuestión de decirles a las plantas pequeñas palabras de amor. Y les hablaba. Les decía “bonita, tú puedes”. Mi padre les ponía abono, en silencio, sin mucho discurso, pero constante. Mi madre las regaba y las ponía al sol, todos los días a la misma hora, como quien cumple una promesa. Mi otra abuela les podaba las hojitas secas, sin lástima.
Decía que lo seco le roba fuerza a lo nuevo.
Palabras, agua, sol, abono, poda.
Nadie hizo un milagro solo. Todos hicimos un poco. Y en poco tiempo ya olía a tierra mojada y aquellos helechos, y aquellas violetas... renacían bajo la luz del sol ante la mirada de todos los crédulos.
Nos quedamos viéndolas, callados. Porque entendimos.
No se murió el jardín. Solo se nos olvidó cuidarlo. Como se nos olvida cuidarnos entre nosotros. Como se nos olvida llamarnos, preguntarnos cómo estamos, decirnos que nos queremos a tiempo.
“Se invierte el tiempo y los cuidados a los motivos que nos acatan, a lo que nos emociona y a lo que nos da fuerza...” eso también lo decía papá.
Y ese domingo de agosto, el jardín volvió a estar verde. Y nosotros también, felices.
*D. R © Cale Agundis