Según unos, el corazón pesa al rededor de 300 gramos y según otros el alma pesa al rededor de 21 gramos. Si nos vamos por peso, todos preferiríamos que nos quisieran con el corazón por porcentaje. Más sin embargo el corazón es mortal. Muriendo el corazón habrá muerto el amor. ¿Y el alma? Ella no morirá. Ella, desde dónde esté seguirá amándote. Mi abuela Carmelina contaba una historia de un alma que se había enamorado en vida, de un ser divino. Y que cuando los cuerpos había muerto, siguió buscándolo siempre en todos los mundos, en cada vida, en cada estado. ¿Y el corazón? Ese había quedado petrificado bajo tierra quizás o convertido un puño de cenizas.
Pienso que querer es temporal y pasajero. Superfluo y universal. Un tonto que conocí alguna vez decía que era mejor decir te quiero a decir te amo, que porque amar era una palabra que encerraba muchas cosas como amor, y que para él, eso no existía. Tonto, si porque a medida que de, le van a dar. Si es poquitero en sus sentimientos, que Dios le bendiga en sus miserias.
A diferencia de otra persona que conozco que desde un principio soltó un “te amo” espléndido conjugado con el verbo amor, con todo la expresión que al amor refiere. Ahora, existen las personas completas, íntegras, perfectas que, saben querer con ambas cosas. Con el corazón en su paso por este mundo material y con el alma cuando su existencia por aquí termine.
No hay muchos ejemplares de oro. Si te toca que te amen así, o te toca amar a alguien así, amigo: déjame decirte que estás en la lista VIP de favoritos de Dios.
Siendo así, no te queda más que voltear tu cara al cielo y dar gracias porque has conocido un sentimiento sempiterno que te hará vibrar “hasta el infinito y más allá”. 321 gramos de amor total, será suficiente para que alguien te inmortalice...
¡Ay qué bonito!
*D. R © Cale Agundis