No. Y no es casualidad. El gusano busca lo dulce, lo blando, lo que no ofrece resistencia. La manzana madura, el mango jugoso, la fruta que se deshace al morderla. Jamás se atrevería con un limón. Porque el limón arde, pone límites, es ácido e incómodo para quien solo quiere aprovecharse.
Así es la gente.
Nos enseñaron que ser bueno es ser dulce con todos. Sonreír siempre, decir que sí a todo, perdonar todo, estar disponible aunque por dentro estés podrido de cansancio. Nos vendieron que mientras más dulce seas, más te van a querer. Mentira.
Cuando eres dulce con todos, atraes gusanos. Atraes al que solo te busca cuando necesita algo. Al que se come tu tiempo, tu energía, tu dinero y tu paz, y cuando ya no le sirves te deja hueco y lleno de agujeros.
Al amigo que solo aparece para pedir favores. A la pareja que confunde tu bondad con permiso para hacer lo que quiera. Al jefe que sabe que no sabes decir que no.
No seas dulce con todos. No es tu obligación.
Ser buena persona no significa dejar que te coman vivo. Significa tener el valor de ser limón cuando hace falta. De ser ácido. De decir: hasta aquí. De poner esa cara de “conmigo no”. Eso no te hace malo, te hace inteligente. Te hace sobreviviente.
Los limones no se pudren rápido. Duran. Nadie se los come a escondidas.
Aprende a ser selectivo. Dulce con quien vale la pena, con quien te cuida y te riega.
Y limón, bien ácido y con cáscara gruesa, con los gusanos que andan afuera esperando tu temporada de ser demasiado bueno.
Porque afuera hay muchos gusanos esperando chuparte el alma, la psiquis y hasta el corazón. Si te dejas.
Recuerda: mientras más dulce eres, más te comen vivo. Mientras más ácido eres, más pones límites y más te respetan.
*D. R © Cale Agundis