Cuentología

Cale Agundis

¡Ay la vida, la vida!

No es posible hacerlo todo, por nosotros mismos. Es verdad, a veces necesitamos de otras personas, para que complementen nuestras vidas y también es verdad que necesitamos de Dios.

Pues la fe es una extraña fuerza que mueve, ciertamente, no solo montañas, sino que también corazones y esperanzas.

A veces, la mente oscila con el miedo a que se vaya de nuestro lado la gente que amamos, los hijos, por ejemplo.

Y te vas llenando de un sentimiento poco saludable llamado ansiedad, y de otro llamado tristeza. Dicen por ahí, que la felicidad no se encuentra en otras personas, sino que está dentro de uno mismo. Eso es mentira, mentira.

Un corazón que no se comparte, es un corazón insaboro y sin motivos.

Con la compañía de otras personas, nace un corazón para repartir, mientras que, con el corazón vacío, muere un corazón sin recolectar.

Todos somos parte de unos, unos somos parte de todos. Amarnos, protegernos, procurarnos, ayudarnos, es la expresión más auténtica de felicidad y de excelencia que podemos dar y recibir.

Siempre falta algo y ese algo usualmente depende de otros.

El día en que mi hijo se fue, hice un esfuerzo inmenso por simular alegría, porque al ver su carita tan feliz, era lo que yo debería de sentir: su felicidad.

Pero soy madre, era normal que su ausencia me afligiera, es egoísta pensar que no partiera porque sacrifiqué mi vida por él, estaba de acuerdo con todos, no podía negarle la oportunidad de volar solo.

Pero entonces también comprendí, y lo vuelvo a afirmar, que la felicidad sí está también en los demás, pues el hombre más feliz, es el que es capaz de ser feliz, con las alegrías de los demás.

¿No, creen ustedes?