Develación

¿Tengo la certeza de saber quién soy? ¿estoy perdido por creer que soy lo que otras personas quieren que sea? ¿soy yo mismo o estoy lidiando con la sombra de lo que soy? ¿hago lo que quiero o lo que debo según el rol que me he creído que soy? Estos y muchos otros cuestionamientos afloran naturalmente cuando estamos en una constate búsqueda por reconocer nuestra verdadera naturaleza. Es un impulso de incertidumbre similar al que experimenta el bebé cuando transita hacia su niñez temprana, o el que impacta al adolescente cuando se siente perdido, enojado, ansioso o frustrado sin razón aparente. La diferencia es que en la edad adulta se abre la puerta hacia una madurez real en donde el yo construido en la mente adolescente (ego) ya no sirve para entender la vida, al entorno y mucho menos a uno mismo. La dependencia hacia otras personas, hacia la fama, éxito, prestigio y poder es una de las características de la mente adolescente la cual, como lo establece su nombre, ‘adolece’ en este caso de la plena conciencia. Y es por ello que todavía encontramos gente adulta con una mente que adolece de saber quién es y espera llenar ese vacío de identidad con ‘algo’ que otros puedan ver y así presumir lo que supuestamente es. Es por ello que la metáfora de ‘develación’ nos permite identificar de cómo las disciplinas espirituales nos ayudan primero a identificar los velos que nublan la conciencia—esta entendida como el Ser que somos y no como una entidad moralista que juzga el mundo—de reconocer su verdadera naturaleza. El gran velo de la ignorancia está representado con fuerza a través del miedo y se expresa a través del deseo como apego, aversión o ira. Estos venenos sirven como filtros mediante los cuales interpretamos lo que percibimos a través de los órganos sensoriales hacia el exterior y a través de las ideas que reafirmamos diariamente en el interior. La develación es ir retirando cada uno de esos velos hasta que naturalmente nos encontremos con la naturaleza luminosa que somos y que simplemente estaba cubierta. No se trata entonces de llegar a la felicidad, construir el gozo o ir en busca de la paz que no tenemos. La práctica espiritual responsable nos invita a des-cubrir la paz, la felicidad y el gozo que en realidad nunca hemos perdido.