EL AGUA QUE NO ESTÁ

Ulises Solano y la escultura como memoria del movimiento

En la obra de Ulises Solano el agua no se ve, pero insiste. No está presente como materia, pero atraviesa cada pieza como una idea, como un gesto detenido, como una memoria que toma forma en acero. Su exposición “Agua, metal” presentada actualmente en el Museo Federico Silva, parte de una paradoja al representar aquello que, por naturaleza, no puede fijarse.

MIRAR EL AGUA

Lejos de surgir como un proyecto planeado, la serie comenzó desde la contemplación. “No es que yo haya dicho: voy a hacer esculturas del agua”, explica el artista. “Me percaté de sus cualidades estéticas… el movimiento, el sonido de la ola”. Esa primera intuición derivó en su primera pieza, La ola, y con ella apareció también el problema central: cómo traducir lo inasible en un objeto finito.

“El agua no tiene forma, se adapta a sus contenedores momentáneamente. Entonces, ¿cómo hacer una forma que pueda ser finita?”, plantea. La respuesta no fue inmediata, sino el inicio de un proceso que, más que resolverse, se fue abriendo. Cada obra dio paso a la siguiente, no como una serie cerrada, sino como una investigación en curso.

EL METAL COMO LENGUAJE

En ese tránsito, el material dejó de ser un medio para convertirse en parte del sentido. A diferencia de otras esculturas donde el acero funciona como soporte invisible, en su trabajo el metal se asume y se exhibe. “No es un material de resistencia nada más, se volvió parte del concepto”, dice. Las superficies pulidas, por ejemplo, no buscan ocultar el acero, sino evocar “esas formas cristalinas que tiene el agua”.

Así, el movimiento se sugiere mediante curvas, tensiones y ritmos en la materia. “No hay movimiento físico, pero yo aludo a él”, explica. El resultado son piezas que no imitan al agua, sino que construyen una percepción de lo acuoso desde lo sólido.

DE LA FORMA A LA MEMORIA

Con el paso del tiempo, la investigación se volvió más compleja. Lo que inició como una observación formal derivó en una reflexión más amplia sobre la experiencia del agua en la vida cotidiana. “Empecé a darme cuenta de que generaba una memoria a través del agua”, señala. No se trata solo de mares o ríos, sino de gestos mínimos: el rastro de un vaso, la marca circular sobre una superficie, los charcos en la ciudad.

Esa transición también implicó un cambio en las formas. Las piezas más recientes ya no buscan únicamente representar el movimiento, sino evidenciar los “contenedores” que lo hacen visible. En algunos casos, incluso, el artista traslada directamente esas huellas al espacio expositivo, revelando estructuras que normalmente pasan desapercibidas.

A la par, su relación con el material se volvió más consciente. “Empecé a respetar el metal como llega a mí: láminas, tubos, varillas”, explica. En lugar de forzarlo siempre hacia lo orgánico, permite que su condición industrial dialogue con la idea del agua. A veces, un gesto mínimo basta para transformar una superficie rígida en algo que remite a lo líquido.

CONTRA LA NARRATIVA DE LA CATÁSTROFE

Pero si hay una decisión que atraviesa todo el proyecto es su rechazo a una narrativa catastrófica. En un contexto donde el agua suele abordarse desde la crisis, la escasez o la violencia ambiental, Solano opta por otro camino. “Quería abordarlo desde lo positivo, no desde lo negativo”, afirma.

La postura no evade el problema, pero sí cuestiona la forma en que se comunica. Frente a las imágenes alarmistas, propone una relación más íntima, basada en la memoria y la experiencia. “Estamos tan bombardeados de imágenes trágicas que a veces nos dejan devastados”, dice. En contraste, su trabajo busca activar una conciencia más sutil, menos impositiva.

En ese sentido, sus esculturas no dictan una lectura única. Más que ofrecer respuestas, abren preguntas. “Yo no tengo una verdad absoluta sobre el agua”, reconoce. De ahí que su práctica se sostenga en la duda: interrogar en lugar de definir, sugerir en lugar de afirmar.

LA ESCULTURA COMO ESPACIO

Esa apertura también se refleja en la manera en que piensa el espacio. La exposición no se limita a objetos aislados, sino que plantea relaciones: piezas en el suelo, volúmenes que se expanden, elementos suspendidos. “Los objetos resignifican el espacio”, explica, y en esa resignificación aparece otra capa del agua: no solo como forma, sino como experiencia.

UN PROYECTO EN FLUJO

Después de más de quince años trabajando el tema, Solano no habla de conclusiones, sino de desplazamientos. Su interés actual apunta hacia la instalación y la inmersión, hacia una escultura que se desborda y se vuelve habitable. “Me gustaría que las piezas se puedan vivir, recorrer”, dice. “El agua está en todo, modela el mundo”.

En ese tránsito, el proyecto se mantiene abierto, como un campo de exploración donde cada pieza es, todavía, una prueba. “Es prueba y error todo el tiempo”, admite. Y quizá ahí radica su potencia: en asumir que el agua, incluso cuando se vuelve metal, sigue siendo inasible.