EL GALLO DE CANTA CLARO

Cale Agundis

Siempre había sido el más orgulloso del corral. Su canto despertaba al sol —o eso le gustaba creer— y su pecho rojo brillaba como si guardara fuego adentro. Pero aquella mañana, algo era distinto.

Había llovido apenas lo suficiente para dejar pequeños charcos en el patio. Nada serio, pensaría cualquiera. Uno de ellos, justo al lado del bebedero, no medía más de un centímetro de profundidad. Un espejo diminuto donde el cielo se miraba sin importancia.

El gallo, curioso y algo vanidoso, se acercó al charquito. Vio su reflejo ondulante, deformado por una brisa ligera. “¿Ese soy yo?”, pensó, inclinando la cabeza. Pero al acercarse más, resbaló. Fue un movimiento torpe, inesperado. Sus patas perdieron firmeza y su pico tocó el agua.

No era nada. Un roce. Un accidente mínimo.

Pero algo en su pecho se tensó.

Intentó incorporarse, pero volvió a resbalar. El agua, aunque escasa, se sentía fría. Su respiración se aceleró. “No puedo respirar”, pensó, aunque el aire seguía allí, amplio y libre. El miedo empezó a crecer, inflándose dentro de él como un globo invisible.

Aleteó. El charco salpicó apenas, pero para él fue un océano. Sintió que se hundía, que el mundo se inclinaba hacia ese pequeño abismo. Sus ojos se abrieron con terror. El reflejo ya no era él: era una figura distorsionada, atrapada.

—¡Canto! ¡Canto! —intentó gritar, pero solo salió un sonido quebrado.

Desde el corral, una gallina lo observaba. Caminó despacio hacia él, ladeando la cabeza.

—¿Qué haces? —preguntó con calma.

El gallo no respondió. Seguía agitado, atrapado en su propia sensación de ahogo. La gallina dio un paso más y, con suavidad, lo empujó con el pico fuera del charco.

El gallo quedó de pie, temblando. Miró el suelo. El agua apenas cubría la tierra. Ni siquiera mojaba por completo sus patas.

Respiró. Una vez. Dos.

El aire entró sin dificultad.

—Era… profundo —murmuró, aún confundido.

La gallina soltó un pequeño cacareo, casi una risa.

—No todo lo que asusta ahoga —dijo—. A veces, solo olvidamos cómo pararnos.

El gallo miró otra vez el charco. Seguía siendo pequeño. Inofensivo. Pero dentro de él, algo había cambiado. Su canto esa mañana no despertó al sol. Pero sí a sí mismo.

La moraleja es que el miedo puede hacernos sentir en peligro incluso cuando la situación es pequeña o manejable. A veces no es la realidad lo que nos ahoga, sino la forma en que la percibimos. Si logramos detenernos, recuperar la calma y ver las cosas con claridad, descubrimos que muchos de nuestros temores no eran tan profundos como parecían.