En un contexto donde la violencia atraviesa la vida cotidiana, la escritura —lejos de ser un gesto neutral— implica decisiones éticas constantes. Para Cristina Rivera Garza, narrar no es solo una cuestión estética o formal, sino una práctica que exige cuidado, conciencia y una revisión crítica de sus propios límites.
“Siempre hay que tener mucho cuidado cuando se escribe acerca de cualquier hecho violento”, advierte en una entrevista para Pulso Diario de San Luis. El riesgo, dice, es claro: “el gran peligro es ejercer una violencia de tipo singular”. En ese sentido, la pregunta por cómo narrar no puede desligarse de su dimensión ética.
Lejos de buscar fórmulas, la autora descarta la existencia de una manera correcta de contar la violencia. “Yo no creo que haya una forma correcta”, afirma. En cambio, propone pensar la escritura como un espacio en tensión, donde cada decisión implica un posicionamiento frente a aquello que se narra.
ESCRIBIR CON, NO SOBRE
Uno de los ejes centrales de su trabajo ha sido desmontar la idea de una voz autoral vertical. En libros como El invencible verano de Liliana, la autora ha buscado construir estructuras que rompan con esa lógica.
“Me ha importado mucho crear estructuras que no sean verticales dentro de la narración, sino que sean horizontales”, explica. Esto implica, entre otras cosas, desplazar la figura del autor como única autoridad y abrir el texto a otras presencias.
“Que inviten no solo al escribir sobre, sino al escribir con”, dice. La diferencia no es menor: mientras lo primero puede implicar apropiación, lo segundo sugiere una práctica compartida, donde otras voces participan activamente.
Desde esa perspectiva, incluso expresiones aparentemente bien intencionadas como “dar voz a” resultan problemáticas. “Me parece igualmente imperialista y vertical”, señala.
En su lugar, propone procesos de coescritura y coautoría, donde las colaboraciones sean visibles y acreditadas. Más que representar a otros, se trata de construir con ellos.
ARCHIVO, CUIDADO Y DECISIONES
Esa ética también atraviesa su relación con los materiales personales y los archivos, elementos recurrentes en su obra. Lejos de ser un recurso meramente documental, la investigación se convierte en una forma de responsabilidad.
“La investigación es, de hecho, esa forma de cuidado que se necesita”, afirma. No se trata solo de reunir información, sino de aproximarse a ella con atención y respeto, especialmente cuando se trabaja con historias marcadas por la violencia.
Las decisiones sobre qué narrar y qué callar, entonces, no se toman desde fuera del proceso creativo. “Escribo mucho por funciones que voy reconociendo en el camino de la escritura”, explica. Es en ese recorrido donde se definen los límites, las omisiones y las formas.
TODA ESCRITURA ES POLÍTICA
Para Rivera Garza, la dimensión política de la escritura no depende del tema, sino de su propia condición como práctica. “Todo tema es político”, afirma, incluso aquellos que se presentan como neutrales.
En ese sentido, la literatura no solo refleja el mundo, sino que puede cuestionarlo. “El hecho de imaginar otro mundo es una posición crítica respecto al que estamos ahora”, señala.
Esa capacidad de imaginar alternativas es, en sí misma, una forma de intervención. “Una posición crítica respecto al mundo en el que vivimos ahora es una posición crítica respecto al poder”, añade.
FEMINISMOS, PERIODISMO Y DESACUERDO
Al abordar el contexto actual, marcado por tensiones incluso dentro de los movimientos sociales, la autora reconoce la complejidad del desacuerdo, también para quienes ejercen el periodismo en estos espacios.
“Ejercer un periodismo con perspectiva de género es indispensable, es fundamental en este momento”, afirma, subrayando que el activismo no ocurre únicamente en las calles, sino también en la manera en que se practican los oficios.
Lejos de buscar una unidad forzada, destaca la diversidad como una de las características del feminismo. “Una de las grandes virtudes de los feminismos ha sido la disidencia”, señala. La imposibilidad de coincidir en todo no es una debilidad, sino una condición que obliga a repensar constantemente el diálogo.
En ese escenario, insiste en la necesidad de sostener espacios de encuentro, incluso en medio de la diferencia. “Me gustaría pensar que somos capaces de dialogar”, dice, en un contexto que describe como profundamente polarizado.
Más allá de las tensiones —incluidas aquellas entre cobertura periodística y acción en las calles—, su apuesta se mantiene: insistir en el lenguaje, en el espacio público y en la posibilidad de construir en común. Porque, al final, escribir —como narrar la realidad desde el periodismo— también es una forma de disputar el mundo.