“Amigo sabio ¿sentías momentos de tristeza y desánimo antes de alcanzar la iluminación? Sí, a menudo. Y ahora, después de alcanzar la iluminación ¿sigues viviendo momentos de tristeza y desánimo? Sí, también, pero ahora, no me importa”.
Esta breve enseñanza tradicional Budista encierra el secreto para saber estar en una paz verdadera. El problema que se puede observar para estar en paz, es el concepto mismo de la paz, la cual se considera como algo ajeno a la experiencia del día y a día. Esto la hace cada vez más lejana y a lo mucho podemos escaparnos con alguna adicción en este mundo frenético. Sin embargo, la enseñanza aquí expresada es que el problema no es lo acelerado del mundo sino nuestro descontrol mental basado en una idea egocéntrica de uno mismo.
Cuando exageramos nuestra importancia como ‘ego’, necesitamos defender nuestra ilusión cueste lo que cueste, incluso nuestra salud. El protegerlo a partir de mostrar una ‘vida de ensueño’ en redes sociales, llenarnos de actividades, luchar por tener el cuerpo ‘perfecto’, o ser ‘los más cultos’, nos lleva a un nivel de confusión mental que provoca un desequilibrio tal que no podemos estar en paz. Y en lugar de crear conciencia plena en nuestra vida y simplificarla, la complicamos más tomando medicamentos prescritos de por vida, condenándonos a una vida de incapacidad mental con respecto a nuestro aferramiento a lo ilusorio.
El antídoto a una mente confusa y estresada es simplificar nuestra vida, encontrar y hacer aquello que sintamos más honesto en nuestra conciencia y contribuir al bienestar común. De esta manera estamos utilizando nuestra vida individual para un bien colectivo, y podemos honrar nuestra paz que siempre ha estado ahí pero que hemos cubierto con los deseos egoístas. Nisargadatta lo expresa así: “en lugar de buscar la paz que no tiene, encuentre aquella que nunca perdió.”