“La vida un suspiro”, de Ramón Vázquez, parte de una idea directa: la existencia transcurre en un instante. El artista español concibe la exposición que presenta como un recorrido por las etapas que conforman ese tránsito, desde la infancia hasta la vejez, enlazadas como un mismo aliento.
La muestra se encuentra en el Museo Federico Silva, Escultura Contemporánea y no propone una narración fragmentada ni simbólica en exceso, sino una secuencia de experiencias compartidas que el espectador reconoce sin necesidad de intermediarios.
EL TIEMPO COMO EXPERIENCIA COMPARTIDA
Las primeras piezas articulan una constelación familiar: abuelos, madre embarazada, padre con hijo, niño y niña. Vázquez las concibe como figuras que no requieren explicación. En ellas deposita vivencias propias y escenas observadas a lo largo del tiempo.
A sus 54 años, el escultor habla del paso de la vida como un chasquido, una percepción que atraviesa toda la muestra y da sentido al título: la vida entendida no como acumulación, sino como un suspiro que se encadena entre generaciones.
El conjunto, integrado por 14 piezas desarrolladas a lo largo de dos años y medio, se construyó de manera paulatina. Algunas obras fueron mostradas previamente en ferias y exposiciones parciales, hasta conformar este cuerpo completo.
Esa condición abierta refuerza la idea de que la vida no se presenta como un relato cerrado. En ese recorrido aparecen también otras realidades: la pobreza, la enfermedad, la adicción y la vida en la calle.
La pieza Sin techo, condensa esta mirada que surge de la experiencia personal del artista y de los contrastes que ha observado entre España y México.
LA MADERA PARTE DE LA MEMORIA
La materia es un eje central de la exposición. Vázquez Amor trabaja con madera de mezquite, un material de gran dureza que obtiene en Aguascalientes bajo condiciones restrictivas.
En lugar de ocultar sus marcas, conserva vetas, grietas y cicatrices. Para el escultor, esas huellas forman parte del sentido de la obra: la vida como una suma de caídas y resistencias. La madera, pensada para perdurar durante generaciones, sostiene una reflexión sobre la fragilidad del tiempo humano.
El proceso de tallado implica un trabajo físico constante.
El artista habla de la relación directa entre su cuerpo y la materia, una tensión que se traslada a la experiencia del espectador.
En sala, las esculturas demandan una cercanía corporal.
El escultor considera que, una vez que el público entra en el clima emocional de las piezas, no hace falta explicar cada una. La identificación ocurre cuando el espectador se reconoce en ellas y se “mete” en la experiencia que proponen.
CUERPO MATERIA Y EXPERIENCIA
La trayectoria del escultor también atraviesa la lectura de la muestra. Sin formación académica en escultura, Vázquez Amor talla desde la infancia y trabajó durante años en la construcción y la pintura de oficio.
Su incursión en el circuito expositivo comenzó de manera fortuita, cuando alguien señaló que su trabajo permanecía oculto. Desde entonces, su práctica se ha sostenido a base de constancia y búsqueda de espacios para mostrar su obra.
“La vida un suspiro”, representa para el artista un punto de inflexión.
Más allá del recinto, la exposición funciona como una síntesis de su experiencia vital y creativa.
En este conjunto, la biografía, la materia y el tiempo confluyen en una afirmación sobria: “la vida pasa rápido, pero deja marcas que permanecen”.