La facultad sensorial que tenemos como seres humanos nos presenta la posibilidad de sentir tres clases de sensaciones: agradables, desagradables y neutras. Es decir, dolor, placer y ausencia. La semana pasada reflexionamos sobre la tendencia a lo doloroso y la forma en que al querer escapar de él generamos sufrimiento. Existe, no obstante, una construcción constante de sufrimiento al desear tener aquello placentero, cayendo en una de las caras del deseo que es el apego. Éste es la creencia de que necesitamos de algo o de alguien para sentirnos felices (o al menos alegres) y por ello empezamos a perseguir sensaciones agradables o personas que nos llevan a sentir dichas sensaciones. Cuando logramos obtener esos momentos, la mente empieza a llenarse de aflicción, incluso mayor que cuando buscaba a los objetos de placer, cuando se da cuenta que su existencia no es permanente. Es decir, cuando observamos que la tendencia a lo placentero es temporal, es decir ilusoria, nos resistimos a la posibilidad de dejarla ir y empezamos a sufrir. Pueden recordar en este instante lo bien que se sienten cuando están con un ser querido y ahora lleven a su mente la pesadez cuando tuvieron que despedirse de él. O cuando están disfrutando un helado o su postre favorito y se dan cuenta de que se está disolviendo sin que puedan hacer nada. Esto puede llevarse a cualquier actividad placentera, tiempo de descanso o esparcimiento. El problema no es sentir placer, de hecho es recomendable estar totalmente conscientes y presentes en el placer. La recomendación para que éste no sea fuente de sufrimiento es poder reconocer su impermanencia y su dejarlo ir sin mayor aflicción mental.
Al poder practicar el dejar ir el deseo de que lo impermanente sea permanente, lo cual es la lucha mental más aflictiva, podremos vivir con mayor libertad, gozo y confianza. El miedo a la muerte, a los cambios, a los finales, a lo desagradable empezará a disolverse con la luz de la plena conciencia de la misma forma en que los rayos del sol disuelven la escarcha y el rocío: sin pelea, sin violencia, sin sufrimiento, simplemente fluyendo en la verdadera naturaleza de las cosas.