Durante siglos, la palabra “bárbaro” fue utilizada para nombrar, desde la mirada del conquistador, a los pueblos indígenas que habitaban el norte de México y resistieron la expansión colonial.
Emilio Borjas decidió no esquivar ese término ni suavizarlo; por el contrario, lo convirtió en el punto de partida de Los Bárbaros, una exposición integrada por veinte esculturas en bronce que propone una nueva lectura sobre la cultura guachichila y la forma en que ha sido representada a lo largo de la historia, que puede ser visitada en el Museo Federico Silva, Escultura Contemporánea.
Para el escultor e historiador, la elección del título responde a la intención de enfrentar directamente esa carga histórica. Explica que la muestra aborda temas duros y que el nombre debía estar a la altura de esa confrontación. Más que desprenderse de un calificativo impuesto durante siglos, busca resignificarlo y convertirlo en un símbolo de resistencia.
“Sí eran bárbaros”, afirma en entrevista, pero no desde la descalificación con la que fueron nombrados, sino desde la rebeldía de quienes nunca se sometieron. Esa reinterpretación atraviesa toda la exposición y plantea una reflexión sobre quién ha construido los relatos históricos que prevalecen hasta hoy.
LA HISTORIA QUE NUNCA LLEGÓ
A LOS MONUMENTOS
Si el título desafía una idea heredada, el material elegido para las esculturas también cuestiona otra tradición. Borjas recurrió al bronce, un material asociado desde hace siglos a monumentos dedicados a héroes nacionales y personajes de la historia oficial.
Al preguntarle qué significado adquiere utilizar ese material para representar a pueblos que históricamente permanecieron al margen de esos relatos, el artista responde que, en cierta forma, se trata de “llevar al nivel del bronce la historia de los vencidos”.
La elección también responde a un interés plástico. Más allá de su peso simbólico, explica que el verdadero reto consiste en conseguir que un material rígido conserve la sensación de movimiento. Esa búsqueda lo ha llevado incluso a alejarse de los acabados tradicionales de los monumentos oficiales y experimentar con distintas pátinas y colores que permitan otra lectura de la escultura contemporánea.
ENTRE LA INVESTIGACIÓN
Y LA INTUICIÓN
La doble formación de Borjas como historiador y escultor atraviesa todo el proyecto. Aunque parte de una investigación sobre los pueblos guachichiles, asegura que el arte le permite expresar ciertas ideas con mayor libertad que la escritura académica.
“Cada generación tiene que interpretar la historia”, sostiene. Desde esa perspectiva, Los Bárbaros no pretende reconstruir fielmente el pasado, sino abrir nuevas posibilidades para comprenderlo desde el presente.
Esa libertad también aparece en el proceso creativo. Algunas de las piezas más simbólicas de la muestra surgieron sin bocetos previos ni ensayos. El escultor reconoce que, en ocasiones, fueron las propias obras las que encontraron su lenguaje mientras avanzaba el trabajo, especialmente aquellas relacionadas con las visiones oníricas y los elementos más primitivos de la cultura guachichila.
RECUPERAR UNA MEMORIA OLVIDADA
Más allá de la exposición, Borjas espera que la muestra contribuya a abrir una conversación sobre una parte de la identidad potosina que considera poco explorada. Señala que, a diferencia de otras culturas prehispánicas, los pueblos chichimecas no dejaron grandes construcciones monumentales que hoy alimenten el imaginario turístico o histórico del país, lo que ha contribuido a mantenerlos en un segundo plano.
Aunque reconoce que desde la investigación académica, el teatro y otras disciplinas han surgido esfuerzos por recuperar esa memoria, considera que aún hace falta que ese interés llegue al público en general.
En ese sentido, explica que las esculturas son solamente el vehículo, el objetivo final no es que el visitante admire las piezas por sí mismas, sino que salga del museo con preguntas sobre los pueblos originarios, sobre las narraciones heredadas y sobre las voces que permanecieron fuera de la historia oficial.
Así Bárbaros propone una revisión crítica de la memoria colectiva, a través del bronce, Emilio Borjas lleva al espacio museístico una historia que pocas veces ha ocupado un pedestal y plantea que, quizá, ha llegado el momento de volver a mirar a quienes durante siglos fueron definidos únicamente desde la mirada de otros.